Prueba de vida

16 Jul

Si todavía alguien se mantiene fiel a este blog, le perdono de corazón la insensatez. Porque su autora es descuidada, irresponsable y un poco ingrata.

¿Qué puedo contar de este silencio sepulcral? En lo que va de verano tengo acumuladas unas vacaciones en el Norte, cerca de Bilbao, donde he dedicado el tiempo libre a resollar por agrestes acantilados,  leer bajo la lluvia, y secarme, por fin, al sol tímido de finales de junio en la playa y en la piscina. Tiempo de pinchos, txacolí, risas y deporte con amigas de distintos lugares. 

Estuve en Cantabria, en Castro Urdiales, el pueblo de mi abuelo materno, paseé por playas y bosques del norte de España y sur de Francia. Hice una visita breve e imprescindible a Pamplona, donde pasé un rato feliz con Anacó, Javier y Sonsoles, primero en NT y luego en el Faustino, el ínclito bar de El Central de la Universidad de Navarra, saboreando mi nº 5, un poco maltrecho esta vez, porque le faltó la chistorra. Y también, en Bilbao, me encontré con Concha, muy amiga mía de la carrera, y su recién estrenado marido.

 Leí bastante en esos días tormentosos. Saldé una deuda de más de quince años al aventurarme con El Señor de los Anillos (si todavía no lo habéis leído no cometáis el error de empezar por El Hobbit), y me lo bebí a grandes tragos y a pequeños sorbos, como una buena cerveza de la Comarca, ilustrando los pasajes con la imaginación y algunos parajes que visitaba.  

Podría ser algún lugar de Minas Tirith pero es parte de la Ruta de los Faros en Santoña, 700 escalones para bajar... ¡y para subir!

Más escalones, esta vez 200, y en San Juan de Gazteluatxe.

Más que una capa élfica, era la caperucita roja, pero sirvió.

Defraudaba un poco el Bosque Pintado. No era Fangorn, desde luego, ni se veía a Bárbol por ninguna parte.

En Biarritz, con Teresa...y la rana Gustavo.

No es Hobbiton, aunque por el tamaño de algunas casitas lo parezca. Es el Puerto Viejo de Algorta, con Concha.

 Otros libros que llevo leídos desde comienzos de junio: El desierto de los Tartaros (Buzzati); Diálogo de carmelitas (Bernanos), La importancia de las cosas (Marta Rivera de la Cruz); Tres rosas amarillas (Carver), Ataduras (Carmen Martín Gaite), El viaje de Jonás (Jiménez Lozano), Me llamo Aram (Saroyan) y Pnin (Navokov). Hoy no opino sobre ellos. Espero hacerlo próximamente en otras entradas más concretas que esta prueba de que sigo viva.

Ya estoy de vuelta, sentada en la mesa de mi despacho. Y se hace raro llegar cuando todo el mundo está a punto de marcharse. 

Afuera sopla tórrido el levante y el sol no da tregua. Siento que tengo la piel y el corazón resecos, aunque en determinados momentos late con pequeñas alegrías que no duran demasiado ni llegan a colmarme: unas compras muy productivas con Adaldrida, conversaciones amistosas, los éxitos futbolísticos del momento. He vuelto de unos días apacibles, llenos, serenos, incluso dichosos, pero estoy cansada, un poco triste por varios pesares y duermo mal.

 Lo único que me conforta, de puro real, este fragmento del final de “El Retorno del Rey”:

 —¿Te duele algo, Frodo? —le preguntó en voz baja Gandalf que cabalgaba junto a él. —Bueno, sí —dijo Frodo—. Es el hombro. Me duele la herida, y me pesa el recuerdo de la oscuridad. Hoy se cumple un año. —¡Ay! —dijo Gandalf—. Ciertas heridas nunca curan del todo. —Temo que la mía sea una de ellas —dijo Frodo—. No hay un verdadero regreso. Aunque vuelva a la Comarca, no me parecerá la misma; porque yo no seré el mismo. Llevo en mí la herida de un puñal, la de un aguijón y la de unos dientes; y la de una larga y pesada carga. ¿Dónde encontraré reposo? Gandalf no respondió. Al final del día siguiente el dolor y el desasosiego habían desaparecido, y Frodo estaba contento otra vez, alegre como si no recordase las tinieblas de la víspera. A partir de entonces el viaje prosiguió sin tropiezos, y los días fueron pasando pues cabalgaban sin prisa y a menudo se demoraban en los hermosos bosques, donde las hojas eran rojas y amarillas al sol del otoño.

 En ocasiones a mí también me duele el hombro. Supongo que no se puede esperar otra cosa de la vida.

2 comentarios to “Prueba de vida”

  1. Bego desde Wien julio 16, 2010 a 14:00 #

    espero que los pesares desaparezcan gracias a la estrella blanca de Arwen la Bella, u otro don aún mejor. Te escribo desde la ciudad Imperial, rincones de historia, belleya y…bier. un abrazo

    • batiscafo julio 16, 2010 a 14:00 #

      No, estos son de los que hay que llevar, aunque pesen, como el anillo único.

      ¡Viena! Me alegro muchísimo.

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