La segunda corná

24 May

Vivimos una realidad tan aparente, tan cinematográfica, tan espectacularizada, hemos convertido en show tantas veces la vida íntima y privada, propia y ajena, estamos tan saturados de violencia real y ficticia, que ante una tragedia pública no nos planteamos la compasión. Hemos perdido la capacidad de hilar fino.

¿Todo suceso público es publicable? Casi todos los medios abrieron el sábado con la imagen escalofriante, dramática, sobrecogedora de la cogida del torero Julio Aparicio. Las televisiones después de apercibir paternalmente a los telespectadores; los periódicos, sin compasión, asestando la corná al lector en pleno desayuno de sábado y dejándolo para el arrastre toda la mañana.

Hería la sensibilidad, desde luego. Pero sobre todo no la del lector, ni la del espectador, sino la del torero y su familia. “Que no repitan más por televisión las imágenes de la cogida, por favor”, pedía el padre y también torero. Y le faltaba añadir: “que con una cornada ya tenemos de sobra”.

Parece un milagro que el diestro esté fuera de peligro. Me alegro pero eso no me alivia en lo más íntimo. Lo que está en peligro es la maestría de quienes lidian en la arena mediática. ¿Hay límites para informar de un hecho público? ¿y si los hay dónde se encuentran?

En su día me enseñaron que todo hecho público es publicable siempre que tenga interés informativo, no ponga en peligro el bien común ni la paz social, y respete la dignidad de las personas. Según las combinaciones, permutaciones y variaciones de estos elementos, lo profesional será informar, no informar, no informar ahora pero informar en el momento oportuno, informar con la palabra pero no con la imagen, informar con ambas pero cuidar el tamaño de la fotografía o el encuadre de la toma televisiva. Salvando las distancias, ya pasó con el atentado terrorista de Irene Villa.

La imagen de la corná de Julio Aparicio hace daño al torero, a su familia y a la sociedad. Y también al arte de la lidia, porque refuerza la tesis antitaurina en su doble vertiente: que el espectáculo es salvaje y ancestral y que del toro no se apiada nadie.

Al fin la máquina sirve al hombre. Hay objetivos de cámara compasivos y objetivos inmisericordes. Estos son los que despiertan en el lector o en el telespectador sentimientos de morbosidad o repulsión, que, al cabo, los alejan de lo importante: la tragedia humana que pretenden mostrar. Sucede cuando la realidad remite a la ficción, cuando uno piensa que la desgracia que ve parece una secuencia gore y la víctima, de mentirijillas.

Si no somos capaces de transmitir la realidad y de generar los sentimientos adecuados en el público es que los periodistas hemos perdido casta y trapío.

5 comentarios to “La segunda corná”

  1. Rosario mayo 24, 2010 a 14:00 #

    Un post redondo, como una plaza. Y muy necesario

  2. batiscafo mayo 24, 2010 a 14:00 #

    Cuánto tiempo y qué pena no estar tantas veces a la altura de los lectores del blog. Gracias, Rosario.

  3. bego mayo 25, 2010 a 14:00 #

    ole y ole!

  4. Carlos mayo 25, 2010 a 14:00 #

    Ummm, no sé si estoy de acuerdo contigo. Comprendo que hay que valorar si las imágenes hacen daño al torero y a su familia, pero no al arte de la lidia; salvo que la Lidia sea una persona, que no lo es… Por otra parte, si estas imágenes hieren a quien las ve es precisamente porque sabemos que son reales, estremece imaginar ese cuerno. A mí lo que me cuesta es pensar que esa foto no es noticia. Otra cosa es que sea noticia de portada, es decir, que cualquiera pueda tropezársela sin querer.

  5. batiscafo mayo 26, 2010 a 14:00 #

    Querido Carlos, gracias por las observaciones.

    No me planteo que la cornada no sea noticia (estoy convencida de que lo es) sino que sea o no publicable tal y como se ha publicado. Si te fijas bien no he resuelto la cuestión, aunque si me preguntas, habría dado la noticia con imágenes, incluso en portada, pero desde un ángulo menos agresivo.

    A mí me impactó muchísimo y me dejó un mal cuerpo horroroso precisamente porque son imágenes reales. Pero imágenes tan duras pueden provocar dos reacciones: espanto (que aparta del sufrimiento de la víctima) o una especie de atracción fatal de la mirada morbosa que también separa del dolor real.

    En cuanto a si sufre la lidia (con minúscula) date cuenta de que en un párrafo anterior me refiero únicamente al torero y su familia. Sólo hago una reflexión al final porque pienso que imágenes así hacen más daño que favor al arte taurino. Pero no es lo fundamental para valorar la ética, desde luego.

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