Encender la chimenea

29 Dic

 

Poner calor de hogar. Lograr que la chispa del fósforo anime las ramas muertas, las transfigure con su fulgor y las haga bailar rojas y salvajes, como danzarines de Matisse.

Hay algo primigenio, litúrgico, misterioso y comunicativo en prender la lumbre, en lograr que se conserve, y que haga su lecho de brasas donde luego puedan ofrecerse los troncos más robustos. Sin química, sin electricidad, casi como la primera vez que el hombre sometió al fuego.

Asciende el humo sacrificial por la chimenea y canta su salmo el crepitar de la corteza del desamor mientras se consume y se consuma la oblación. Y todos se sienten atraídos hacia ese latido que bombea en el centro y ante el que el rubí más grande y mejor tallado agoniza. Se dejan envolver por ese abrazo que da vida y duele hasta morir y comprenden qué es preciso que exista la purificación.

Porque, ¿no es verdad que al contemplar a la mañana siguiente las cenizas blancas y aún tibias, como una sábana prematuramente abandonada, queda el eco de un aleteo de fénix, la sospecha de una resurrección?

2 comentarios to “Encender la chimenea”

  1. Enrique diciembre 30, 2009 a 14:00 #

    ¡Es verdad! Grandioso final de entrada. De diez.

  2. batiscafo diciembre 30, 2009 a 14:00 #

    Una vez más, mil gracias.

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