El honor de Dios

30 Dic

 

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La gran entrada de Terzio me recuerda que ayer era la fiesta de Santo Tomás Becket y que ya el año pasado por estas fechas olvidé contar la impresión que nos produjo a un grupo de peregrinos contemporáneos de un día preotoñal de 2007 ver llegar al pórtico de la catedral anglicana de Canterbury a una doncella vestida con túnica medieval azul y el pelo recogido con cintas de oro.

Viajaba a lomos de cabalgadura guiada por un criado que dirigía las bridas del corcel, y sostenía en sus manos una corona de flores.

Vendría sin duda de Southwark después de sortear innumerables asechanzas y peligros. Al llegar a la portada ojival de la fachada, descendió de sus caballo y entró en el atrio, avanzó por la nave principal, descendió a la cripta y depositó las flores en aquel mismo lugar donde en 1170 unos nobles normandos asesinaron por orden de Enrique II a Becket, el honor de Dios, una tarde de martes de la Octava de Navidad como hoy.

De aquella dama escapada de los cuentos de Geofrey Chaucer no guardo documento fotográfico, pero sí de la guirnalda, que quedó a los pies del santo arzobispo y de la que dejo testimonio, así como de mi visita.

 

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