Per víscera misericórdiae Dei nostri

29 Dic

Quinto día de la infraoctava de Navidad. Como en Pascua, es tal la bulla en el Cielo que la tierra se contagia de eternidad y los días en vez de tener 24 horas tienen 192. Y por ponerle un tope y no perder el carácter histórico de la Encarnación del Verbo, que si no estaríamos cantando villancicos todos los días del año, porque a ver si no nace Dios cada día en cada misa, en cada alma que se abre a la gracia, en cada niño que se bautiza, en cada obra bien hecha.

“Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos ha visitado el Sol que nace de lo alto” reza la antífona de Comunión de hoy. Es bonito, pero en latín es mucho más impresionante, más carnal, diría: “Per víscera misericórdiae Dei nostri, visitávit nos Oriens ex alto”.

Cuando Dios habla de su Amor por el hombre habla desde el corazón, las vísceras, los riñones. Al traducir, lo englobamos en el término entrañable y nos quedamos tan contentos con ese tono menor y sentimental. Pero el texto habla de las entrañas de Dios, del Logos, de la Palabra de Dios, de su Inteligencia creadora. Y eso es revolucionario y escandaloso.

“Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios”. Palabras de San Agustín que recordaba ayer el comentarista en la Misa de las familias de Colón. Qué distinto de aquel “Seréis como dioses” que sigue siendo la tentación del hombre moderno ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, ante el árbol de la vida.

 

Javier Prades en Dios salve la razón dice:

 “la razón no puede reflexionar si no descubre su relación necesaria con la unidad e integridad de la experiencia humana. Existe un vínculo insoluble entre el orden de la razón, expresado en el lenguaje racional, y el orden del deseo que impulsa y provoca a la razón a su apertura a la realidad. Aquí aparecería el camino de reconciliación de la esfera de la razón, la esfera afectiva-volitiva (deseo) y la corporalidad, como primera instancia para salvar una verdadera reflexividad de la razón y una verdadera apertura de sus preguntas, más allá del encerramiento de la razón sobre sí misma. Si queremos salvar la razón lo primero que hay que recuperar es la unidad de la experiencia humana en todas sus dimensiones”.  

Ahí es todo. Ante la razón pura, encerrada en sí misma, consumida y ahogada, la Razón encarnada en un niño necesitado de cariño que tirita entre las pajas de un pesebre.

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