Mutaciones

12 Nov

En la calle Valparaíso vuelven a pasar cosas a las que me estaba desacostumbrando la locura de buscar la causa de todo. Por ejemplo, mutaciones.

-¡Espera, Javi, no corras tanto!

Me aparto para no tropezar con el niño y pasa, primero un cocker spaniel negro, con el cuello tirante y la lengua fuera, y detrás, una correa extensible seguida de una señora tensa con collar pero sin correa.

Algo más adelante, el niño mutado en perro se detiene a olisquear una inmundicia en un parterre. La dueña le reprende, mientras hala con asco de la correa.

-¡Javi, deja ‘eso’ ahora mismo! ¡Guarro, cochino!

El ‘niñoperro’, cerdo ahora, y su ama -que ya no hay duda de que es hechicera (perdón, prometí no pensar)- doblan la esquina.

No me da tiempo a ver más. Pero no puedo quejarme. Dos mutaciones en menos de un minuto no están mal para una mañana laborable de otoño.

 

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