Peñafiel

7 Oct

En “la peña más fiel de Castilla”, como la llamara el conde Sancho García, aprendí a beber vino este septiembre. Fue la botadura de lo que, espero, sea una fecunda y alegre travesía, y tuvo lugar en ese barco petreo que se alza sobre la línea festoneada del Duero.

Bajo la estrecha proa, a la sombra de la torre del homenaje, alzamos nuestras copas, una tras otra: vino blanco, rosado y dos tintos, todos de la tierra, más otros dos que la enóloga nos regaló para ampliar conocimientos, uno argentino que sabía a flores y otro un poco pasado. 

Habíamos llegado a media tarde. Para cuando bajamos al museo y a la sala de catas ya andábamos embriagadas con la vista del señorío de Fernando III el Santo. No era la primera vez que me aproximaba al vino profesionalmente pero hay una gran diferencia entre una degustación y una cata.

Una cata es una oda al vino, donde el color de la herradura; los aromas a madera, a lluvia, a humo, el sabor a frutas del bosque en la punta de la lengua; la sequedad de los taninos en las encías y el ardor en la garganta te transportan a un fragor de espadas sobre almenas y de rumores de amor en las alcobas. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: