El libro de los muertos

18 Mar

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De cuerpo presente, los difuntos nos dan su lección magistral: el sudario por guardapolvo, la boca sellada, el pecho quietísimo. Parecen una casa deshabitada tras la mudanza de su dueño, aunque esto suena demasiado platónico ahora que lo pienso. Son raros estos muertos. Callan pero su silencio grita: Vita mutatur!  

La gente que pasa por el tanatorio a estas horas menea la cabeza: “No somos nadie”. Por eso precisamente me he dormido después de rezar y de escuchar elogios de la difunta: su amor a Dios y al trabajo bien hecho, su puntualidad, el humor inteligente, la vasta cultura, el afecto de sus discípulos, amigos, familiares… y de sus gatos, los vivos y los de porcelana.  

La conocía poco pero me era cercana por eso estoy aquí. Desde el nuevo destino, más viva que ninguno de los presentes, velará su cuerpo cubierto por la sábana, sus labios sellados, nuestra mezcla de melancolía y esperanza.

Estamos tan poco acostumbrados a los muertos que al mirarlos mucho tiempo seguido parece como si fueran a estirar los labios, como si el pecho quietísimo se moviera de manera casi imperceptible. O quizá sea una broma del difunto para que no creamos que está tan muerto como parece. 

Me avergüenza mi debilidad, como a los tres apóstoles les remordería no haber sabido velar ni una hora. ¿Es posible dormir frente al descanso eterno de los muertos, gastar una broma, salir a estirar las piernas, charlar con las visitas, recordar que mañana? 

“No somos nadie”, nosotros menos que ellos. Esa es su lección. Aguantamos tan poco asomados a la eternidad que en seguida viene la referencia espaciotemporal: mañana, qué hambre, qué sueño. 

Pasa el tiempo y J. y yo empezamos una discusión etimológica. El periódico de ayer, ahora que pasó la medianoche, parece otro difunto. Lo ojeo pero me acusa de superficialidad: “Mira que es feo el término obituario”, dice ella. “¡Pues anda que necrológica!”. Obituario debe venir del latín y necrológica, del griego. Sí. 

A los gatos les debe pasar algo parecido. No a los de porcelana, esos ni se inmutan, sino a los vivos. Allá en la casa deshabitada maullaban melancólicos estos días en busca del contorno físico del ama hasta que alguien decidió llevárselos a otra parte para que no extrañen tanto.  

Me recuerdan a un par de gatos muy especiales que vigilan quietos los papiros del Libro de los Muertos desde la vitrina del British Museum. Seguro que a Dña. Lourdes –que era catedrática de Historia- le gustaban. Ahora, de pronto me da mucha pena no haber tenido ocasión de preguntárselo y de regalarle esta foto que les hice.

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