Ver volver

13 Mar

Ahora que soy mayor descubro que no creo en todo lo que dijeron mis poetas venerados. Aquel “Vivir es ver volver” de Rosales se me antoja engañoso. Morir –si acaso- es ver volver. Morir en infinitivo.

No hay amargura en mis palabras sino el realismo que me otorga volver a la ciudad vivida. Cinco horas bastan para una agonía. Regresar a una ciudad es asomarse al borde de la muerte, reencontrarse con un viejo amor. En las vísceras se hincha la nostalgia y no sabe uno qué dolerá más si descubrir que la vida se detuvo al marchar o comprobar que continuó su progreso inalterable.

Señala uno a su acompañante los lugares que amó y evoca la calle que fue suya, pero lo hace con entusiasmo fingido porque las palabras se deshacen, impotentes para rescatar aquel instante del pozo del tiempo. Después vuelve uno a la que fue su casa donde otras personas usan sus objetos cotidianos, se sientan a su mesa, se acuestan en su cama, y finge que se alegra. Se encuentra con los vecinos en la escalera y “estás igual, por ti no pasa el tiempo” suena a pacto tácito, a fórmula para conjurar el miedo.

Es posible que no muera uno del todo, para qué dramatizar, pero los nómadas, desde nuestra experiencia contingente, sabemos que hay partes del corazón que se necrosan. Son microinfartos afectivos. Y desde ese rigor mortis es posible contemplar lo que otros no ven: el ensanche de la calle, los comercios nuevos, las arrugas aradas a fuerza de hosquedades, el aumento de estatura. Los demás no lo ven, pero nosotros sí: nosotros, con la lucidez de los que mueren.

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4 comentarios to “Ver volver”

  1. adaldrida marzo 14, 2008 a 14:00 #

    en París lloré al ver la fachada de mi casa, en la que había vivido un año entero, y darme cuenta de que… ¡no podía entrar…! Y en Pampaluna al principio seguían mis compis en el piso, era una gozada ir y cenar en “mi” casa con el mantel azul que era de mi madre y aporté yo. De pronto me dijeron que dejaban el piso. Huy qué boquete se me hizo en el estómago… así que te comprendo mu bien.

  2. batiscafo marzo 14, 2008 a 14:00 #

    Es curioso. De mis primeros gateos madrileños no tengo ningún recuerdo y sin embargo, después de mi periplo peninsular, mucha gente -mi propia madre y yo misma- me identifica más con la capital de España que con Andalucía, que es donde hasta ahora he pasado más tiempo. Valencia es el marco de mi niñez; Cádiz, de mi adolescencia rebelde; Pamplona (¡ay, Pamplona!, mi etapa más fecunda, donde más consciencia he tenido de ser feliz; Huelva es el trasfondo de mis balbuceos radiofónicos y periodísticos, y Sevilla… Sevilla es una ciudad extraña para mí. Es tan perfecta y tan hermosa que no acaba de cautivarme.

  3. Jose Luis González marzo 15, 2008 a 14:00 #

    Lo que va de lo propio a lo ajeno. Lo que va del pasado al presente. ¿No os pasa por la cabeza alguna vez, sin ser comunistas, que deberían diluirse las barreras de lo suyo y lo propio, para poder volver a la que fue nuestra casa? Ahora que eso no soluciona el paso del tiempo. Mi padre sigue conservando, porque se lo pedí yo, la casa desde la que nos mudamos desde hace ocho años, y, estando a una manzana de la mía, debo decir que sólo he vuelto a entrar una vez, no quería más que salir y no tengo ganas de volver.

  4. batiscafo marzo 15, 2008 a 14:00 #

    Pues sí, así andamos nosotros con la casa de Cádiz, de la que nos fuimos hace ocho años también, ¡y nos da una pena venderla!…

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