Setenta veces siete

26 Feb

“Para poder querer a alguien es necesario antes haberle perdonado”.

Rechazo la afirmación con un golpe de intuición: “Sin amor es imposible un perdón sincero”.

La réplica viene agria: “No, primero es el perdón y luego el amor. Y dejemos las disquisiciones teológicas para otro momento”.

“Está bien”, hago como aquel del chiste: -¿Qué gordo estás, Fulano? -Sí, ya ves, es de no discutir. -¡Anda ya, cómo va a ser de eso! -Ah, pues no será.  

Me callo por dos motivos fundamentales: porque no siempre el presente es el mejor momento para decir lo que uno piensa por nítido que le parezca –lo tengo bien experimentado- y porque el desplante me da la ocasión de ejemplificar con hechos lo que trato de explicar con palabras.  

Pero la pregunta sobre qué fue antes si el huevo y la gallina planea sobre mi conciencia hasta que Mateo 18,21-35 sale a mi encuentro esta mañana temprano. El número del perdón no es 1, ni 2, ni 3, el número del perdón es setenta veces siete y eso no es una cuestión cerebral, de rompecocos. 

Sólo el amor es capaz de hacer tan rematadamente mal las cuentas. Sólo la misericordia infinita que clama clavada en una cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.  

La discusión abortada es un problema de temporalidad, de saber si estamos hablando en clave de Antiguo o de Nuevo Testamento. Como éste es mi lugar favorito para las disquisiciones teológicas, abundaré en la cuestión lo que no pude en su momento, y no por revancha.

Los antecesores de Cristo no podían entenderle. Su vara de medir era la justicia tanto para el castigo como para el perdón, y eso ya era un avance sobre sus contemporáneos: 1×1, 2×2, matemática pura. Pero el corazón de Cristo tiene una capacidad infinita de albergar las miserias del prójimo. Por eso puede perdonar setenta veces siete y las que haga falta. Sin amar no es posible perdonar indefinidamente, y un perdón sin totalidad no es perdón. 

Seguramente quien ayer decía la frase inicial no pensaba en clave veterotestamentaria, pero me preocupa ligeramente porque denota cierta superficialidad de prontuario. En cuestiones humanas, casi siempre, la línea más compleja para llegar a la meta es la línea recta y la fórmula para que no cuadren los resultados 2+2=4.  

Hay cuestiones que no se resuelven con un acto del intelecto ni de la voluntad, sino que requieren un golpe de gracia al que obviamente deberán responder las potencias humanas. San Josemaría Escrivá añade una clave: “Yo no he necesitado aprender a perdonar porque el Señor me ha enseñado a querer”.  

O sea, que antes del huevo fue la gallina. Pero en esa cita mencionada hay algo implícito. Antes de la gallina fue Dios, que hizo la gallina y que la hizo capaz de poner huevos. El ejemplo es chusco pero útil. El camino no es perdonar para querer, ni siquiera querer para perdonar. Antes es preciso saberse uno querido absolutamente y perdonado de una deuda insaldable, como el empleado de la parábola, para luego encontrar las fuerzas para querer y perdonar, hasta setenta veces siete si fuera necesario.

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11 comentarios to “Setenta veces siete”

  1. Passy febrero 26, 2008 a 14:00 #

    Estimada Cristina:

    ¿Como está el patio? ¿Ha llovido o el polvo de este seco invierno le obliga a barrer con más frecuencia que de costumbre? Aquí me tiene, sin postre. como prometí, pero no he podido resistirme. El motivo es éste:

    “Antes es preciso saberse uno querido absolutamente y perdonado de una deuda insaldable”

    Tardé veinte año en comprender que tal deuda no existe ( aún me quedan cicatrices) y que es un estigma perfecto para los intereses de otros.

    Querida Cristina ¡Cuánta razón tiene en las palabras de su entrada! ¡Cuánta necesidad de perdón en cuanto a los actos concretos! y q

  2. Passy febrero 26, 2008 a 14:00 #

    (lo siento: pulsé send inadvertidamente)

    Pero no en cuanto a ese abstracto deseo de ser perdonado por algo que jamás se cometió, (Qué delito cometí…) porque esto hace del hombre un ser sometido, sucio que nada más nacer necesita del agua bendita sin ni siquiera haber llegado al uso de razón. ¿No podría haber sido de otra forma? ¿No podría haberse asociado el bautismo simplemente a la alegría de recibir (aún sin consentimiento) a un nuevo miembro en la familia cristiana?

    El “Perdónales porque no saben lo que hacen” ha sido utilizado desde siempre de forma sesgada , de manera que el que perdona se coloca en un plano superior haciendo del acto supremo del perdón un ejercicio de soberbia.

    Excepto en contadas ocasiones, el perdón es un asunto privado del que no debe alardearse so pena de caer en este problema del que le hablo.

    No considere estas humildes reflexiones como una “diatriba”, sino como el deseo de alguien que gusta de leer a quienes no piensan como él en busca de ideas diferentes.

    Atentamente,

  3. batiscafo febrero 26, 2008 a 14:00 #

    ¡Hola, Passy! El final de su comentario se ha cortado, así que no estoy segura de entenderlo bien.

    Uff, yo sí creo en esa deuda, una deuda condonada. El agradecimiento a Quien la ha saldado es lo que impulsa a perdonar. El pasaje evangélico es revelador.

    En el patio inglés ha llovido y además en lo más crudo del crudo invierno había menos hojas que en otoño. No hay mal que por bien no venga.

  4. batiscafo febrero 26, 2008 a 14:00 #

    Ya veo el final del comentario. En cuanto tenga un ratito contestaré. ¡El deber me llama!

  5. embajador febrero 26, 2008 a 14:00 #

    Antes del amar está el “querer amar”. El verdadero amor como la humildad o la sabiduría es permanentemente (y hasta dolorosamente, con un dolor que es fructífero) consciente de lo poco que ha amado. Esa es la piedra de toque para identificarlo. Lo demás es enamoriscamiento.

  6. LARA CRAFT febrero 26, 2008 a 14:00 #

    Amor, Amor y Amor y oceanos de la Misericordía infinita de Dios. Esto es lo necesario a diario para seguir adelante, en este mar de la vida. Lo tendré en cuenta todo, para los proximos días.

  7. batiscafo febrero 26, 2008 a 14:00 #

    Estimado Passy, hace referencia a un punto fundamental de la doctrina judeocristiana: el pecado original.

    Realmente es éste un misterio que conocemos por Revelación divina. Es cierto, no se trata de un pecado cometido sino contraído, y su propagación a todos los hombres es algo que escapa a nuestro entendimiento.

    Ahora bien, resulta razonable desde la experiencia. ¿No tiene Ud. experiencia de que el hombre tiene ansias de perfección y sin embargo muchas veces no es bueno?, ¿que su razón tiende a la verdad y su voluntad al bien y sin embargo ambas potencias persiguen en ocasiones la mentira y el mal que no desean en el fondo?

    Basta observar a un niño pequeño. En su infancia más temprana, cuando su voluntad y su entendimiento aún no están desarrollados, es posible ver su bondad natural y sin embargo, en cuanto despiertan, ¡qué fácilmente se deja atraer por el mal!

    Y sin embargo, no podemos decir que el hombre sea malo por naturaleza. No, el mismo ejemplo del niño cuando es pequeño, nos demuestra que el hombre es bueno en su origen. Luego es plausible que se haya malogrado y que esa inclinación al mal se muestre al poner en ejercicio su libertad.

    El cuerpo es una máquina perfecta pero el desorden ha hecho mella en él y enferma. El alma, la parte espiritual donde residen esas potencias, está llamada a la trascendencia, y el desorden también se introduce en ella.

    Lo que la Revelación nos dice es que nuestros primeros padres pecaron por soberbia, porque quisieron ser como Dios. Es justo que el castigo de la criatura fuera la pérdida de los dones sobrenaturales, algo extra que Dios les había concedido: una condición de imagen de Dios con un destino eterno. Después de pecar quedaron sometidos a las leyes de la naturaleza, como seres racionales. Y ese pecado alteró las leyes de su naturaleza elevada.

    Eso no significa una condena, pero su destino no iba a ser el gozo de la presencia de Dios cuando lo habían rechazado. ¿No es justo, acaso? A mí me parece que sí.

    A partir de ahí, todas las promesas de salvación, todas las alianzas renovadas, el envío de su Hijo, el regalo de los sacramentos, todo, es un don inmerecido.

    No, no me parece traumático el Bautismo, sino un regalo. Recibir este sacramento en la infancia sólo contribuye a sanar y fortalecer las potencias del niño, a permitir que la gracia le acompañe cuando aún no tiene libertad y le vaya dando forma. Además significa, por supuesto, el ingreso en la comunidad cristiana. Ser hijo de Dios comporta ser hermano de los demás.

    En cuanto al “Perdónales porque no saben lo que hacen” lo dijo Cristo desde una posición de superioridad desde luego, la del madero de la cruz…

  8. batiscafo febrero 27, 2008 a 14:00 #

    Continuo apuntando algunas ideas deslavazadas:

    La idea de que la naturaleza humana está corrompida tras el pecado original no es católica, es protestante. El hombre no está corrompido sino que sus potencias están debilitadas y encuentra dificultades para alcanzar la verdad y el bien sin la ayuda divina, pero puede llegar a Dios de manera natural.

    Por no recibir el sacramento del Bautismo un hombre no es condenado al infierno. La Iglesia nunca ha dicho eso. El hombre voluntariamente se separa de Dios -eso es el infierno- por sus pecados, pero no por la “herencia” recibida de Adán y Eva. Lo que la doctrina católica sostiene es que el único medio para llegar al Cielo es el Bautismo, porque así lo ha recibido como garantía del propio Jesucristo.

    Con el Bautismo, el hombre alcanza un estado nuevo, superior al de nuestros primeros padres. Ya no es sólo imagen y semejanza de Dios sino hijo de Dios, hijo en el Hijo, en Jesucristo, y por ello hermano de los demás hombres. Salimos ganando después de todo, ¿no?

    El Bautismo es un regalo. Parece un poco desagradecido por nuestra parte rechazarlo o considerarlo traumático.

    Cuando se produce una ofensa, es preciso tener en cuenta la magnitud de ésta y también quién es el ofendido y quién el que ofende. El pecado original, en un estado de lucidez perfecta como el que tenían Adán y Eva, según sabemos por el Génesis, es tan contranatura para una criatura que no es de extrañar que cause daños estructurales. No estamos corrompidos, pero si dañados seriamente. El hombre deja de ser imagen de Dios y eso no se recompone tan fácilmente. Eso sólo lo puede arreglar Dios.

    ¿Vamos a echarle la culpa por salir a nuestro encuentro una y otra vez y darnos los medios necesarios, no sólo para recomponer esa imagen, sino para elevarnos a la categoría de hijos?

  9. Passy febrero 27, 2008 a 14:00 #

    Gracias Cristina. Difícil acuerdo, pero un placer leerle.

  10. batiscafo febrero 27, 2008 a 14:00 #

    Efectivamente, Passy. Difícil acuerdo. El terreno que pisamos no es el de las opiniones sino el de las creencias y las creencias se refieren a asuntos que o son o no lo son con independencia de lo que Ud. y yo pensemos acerca de ellos. Son trascedentes, no inmanentes.

    Lo único que yo puedo hacer es aclararle lo que dice la doctrina católica en puntos que Ud. plantea como objeciones intelectuales, y mostrarle la vía que me lleva a mí a conocer y a profundizar con la razón en esas verdades a las que asiento con la fe, junto a otras para las que no necesito la fe sino sólo la razón porque son evidentes o deducibles.

    Aún no me he encontrado con una verdad de fe que repugne a mi razón. No es irracional la fe, digamos que es suprarracional. No podemos llegar a un acuerdo sobre Dios a menos que consideremos a Dios una idea, una idea recomendable y necesaria en el mejor de los casos. Y ocurre que yo no creo en un Dios Idea sino en un Dios Padre.

    Aun así, quiero decirle que yo también disfruto hablando con Ud. de estas cosas. Gracias.

  11. rocío arana febrero 27, 2008 a 14:00 #

    Algo de razón tiene tu interlocutor: amar es la mejor forma de conocer, y para conocer de verdad a alguien tienes que haber visto a “Mr. Hyde” y que no te importe. No que no lo sepas, no mirar para otro lado: saberlo y que no te importe, eso es perdonar. Conocer, perdonar, querer: ese es el orden, pero la pescadilla se muerde la cola…
    Ay la lógica divina. Para Dios, dos más dos nunca serán cuatro, afortunadamente…

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