Flores para el invierno

26 Nov

-Ese es el sitio de mi tío Jorge.

-¿Qué? -la que me habla con ese aplomo es una niña rubia de unos cinco años.

-Que te vas a sentar en el asiento de mi tío Jorge.

A su lado, la hermana más pequeña asiente. Seguro que son hermanas porque las dos visten pantalón y jersey rojo rematados por un lazo también colorado en la cabeza.

-¿Ah, sí?, ¿y quién te dice a ti que tu tío Jorge no se ha equivocado?

Las dos niegan con la cabeza al unísono y añaden con un punto de irritación –Mi tío Jorge no se equivoca.

Miro mis billetes y compruebo que ese no es el sitio que me corresponde en el vagón. Los niños siempre tienen la razón. A mi lado un señor joven mira divertido.

-Disculpe, Ud. debe ser el tío Jorge.

-No se preocupe. Desde aquí veo a las niñas mejor. Así pueden ocupar Uds. asientos contiguos.

Inma y yo nos sentamos. Las niñas juegan a las palabras encadenadas detrás de nosotras. Pienso que son muy despiertas para su edad. De cuando en cuando el tío les llama la atención sobre todo si alzan la voz razonándoles como si fueran mayores. Inma y yo charlamos, dormitamos. Ella lee y yo veo una peli un poco mala que trata sobre las industrias tabaqueras: “Gracias por fumar”.

Las niñas callan tanto que me olvido de que están ahí.

A las dos horas, ya en Tudela, las oigo de nuevo. Colorean un cuaderno de dibujos, juegan a las casitas…

Asomo la cabeza entre los dos asientos.

-Hola. Se me había olvidado que estabais detrás.

Interviene la pequeña. -¿Sabes por qué no nos oías? Porque estábamos durmiendo la siesssta.

Luego dice la mayor: -Cierra los ojos y pon la mano aquí.

-Uy, qué miedo.

-¡Que nooooo!

Jugamos a adivinar quién de las dos es la que me golpea con el lápiz.

-Cómo os llamáis?

-Ella, Alejandra y yo, Carlota.

-Tenéis nombre de princesa.

-Y tú?

-Yo, Cristina.

-Ese no es nombre de princesa.

-¿Cómo que no? -Ahora la que protesta soy yo.

En mi mano derecha llevo el anillo negro de cristal con dos flores blancas dentro a modo de ilusión óptica que compré por dos duros este verano en Algeciras.

Alejandra hace la pregunta esencial: -¿Por qué tienes esas flores encerradas ahí dentro?

Me indigno: -No están encerradas, están protegidas. ¿No ves que estamos en invierno? Si estuvieran fuera se habrían muerto, como las demás flores del campo. No tienes más que mirar por la ventanilla.

Carlota me contempla incrédula e Inma mira por la ventana con un poco de vergüenza. El tío Jorge disimula pero no pierde ripio. Las niñas han salido al pasillo y ahora están a mi lado.

-¿A ver? -me cogen la mano. -No es verdad. Nos estás engañando.

-Que no. Están ahí dentro hasta que llegue la primavera. Entonces saldrán. ¿Tú no tienes frío y estás calentita en este vagón? Pues ellas también tienen sus derechos.

-Diles que salgan. Si no, no te creemos -me chantajean.

No puedo. Se morirían.

-¡Porfaaaaa!

-No puedo, de verdad.

-¡Inténtalo! –suplican.

-Bueeeno, pero no garantizo nada.

Hago como que les hablo a las flores en secreto. Espero un poco: –Nada, no quieren salir.

-Déjame a mí -dice Carlota: –¡Salid, florecitas!

Así no te harán caso. Les tienes que hablar en idioma floril.

-A ver. Flo,flo,flo,flo…

Inma ha adquirido un tono similar al de la indumentaria de las niñas. Creo que todos los vecinos de vagón nos miran. Estamos llegando a Pamplona, a la misma estación decrépita de mis años mozos.

-¿Me regalas el anillo?

-Te queda grande.

-No. -Se lo prueba y le está inmenso.

-Te doy el anillo si me das tu lazo rojo.

Duda. El tío Jorge interviene un poco abochornado y aprovecho para despedirme amistosamente de las dos pequeñas.

No vuelvo a pensar en el anillo hasta el sábado en el tren de vuelta a Sevilla. Ha pasado casi una semana desde el episodio anterior. En ese tiempo he acumulado vivencias felices, conceptos filosóficos, paisajes otoñales; he puesto a prueba mi inglés, he visto a colegas de trabajo y he compartido muchas horas de intensa amistad con profesores y amigos queridos de Pamplona y de Madrid. 

Miro el anillo de cristal. Doy gracias a Dios por el regalo de estas flores que abren sus pétalos fragantes, tan blancas, sobre el fondo negro, como la rosa que el Principito guardaba en un fanal en la superficie del asteroide B612.

Flores blancas para contemplar “in the bleak midwinter”.

Una respuesta to “Flores para el invierno”

  1. rocío arana noviembre 28, 2007 a 14:00 #

    Es una historia preciosa!!! Cómo son los niños!!!

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