Éskahtos

21 Sep

El tono de las últimas entradas pretendía rebajar la gravedad de la materia que me ocupa en estos penúltimos días. A saber, las verdades relativas a la ultratumba, cuestiones escatológicas, en su primera acepción del DRAE, por favor…

Decir materia es impropio, al menos en el estado actual de las cosas del mas allá, pero confío en que el hecho de hablar desde las coordenadas espaciotemporales de acá sea un eximente en mi juicio.

De forma carnal y descarnada al tiempo reza el refrán: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Puesto que el segundo se me niega por causas ya mencionadas, y la metodología tumbativa de la asignatura amenaza con arruinar hasta la esperanza en una resurrección futura, el único alimento que me queda es el humor.

Resulta inquietante este afán nuestro por la delgadez cuando lo que hay que hacer para conseguirla es esperar a que pase el tiempo suficiente, y una vez que resuciten los cuerpos lo harán en el estado más perfecto que cabe. ¡Lástima de energía mal empleada y cuánto purgatorio nos aguarda por culpa de las faltas de de caridad cometidas en periodo de régimen alimenticio!

La Divina Providencia, cuyo rostro anhelo contemplar el postrer día, ha tenido a bien endulzarme el mal trago de la Escatología con la lectura de Sir Tomás Moro, una estupenda biografía de Andrés Vázquez de Prada que recomiendo vivamente. El santo inglés supo conciliar sabiamente el bollo y el hoyo, y afronto la muerte en la Torre de Londres con buen ánimo y el estomago lleno.

Prueba de su humor para con las cosas del más allá es el epitafio que puede leerse en la tumba familiar de la parroquia de Chelsea -de la que he sabido demasiado tarde- y que concluye así:

Aquí yace Juana, querida mujercita de Tomás Moro;

sepulcro destinado también para Alicia y para mí. 

En los años de mi mocedad estuve unido a la primera:

gracias a ella me llaman padre un chico y tres chicas.

La otra fue para con ellos -cosa rara entre madrastras-

madre cariñosa, como si de hijos propios se tratara.

De igual modo vivo con ella como viví con la anterior:

difícil es decir cuál de las dos me es más querida.

¡Ay, qué gran suerte sería estar juntos los tres!

¡Ay, qué dicha si lo permitieran la religión y el destino!

Y por eso pido al cielo que esta tumba nos cobije unidos,

concediéndonos así la muerte lo que no pudo dar la vida.”

La tierra no supo dar cumplimiento a esta última voluntad de Moro. Sabemos que sólo su cuerpo anda repartido entre San Dunstan de Canterbury y la Torre de Londres.

Así pues, con el eco de los apocalípticos truenos de anoche resonando en mis oídos, como trompetas de Jericó, supongo que el feliz encuentro se habrá producido en la otra vida, con la limitación del estado de las almas separadas de sus cuerpos respectivos, e imagino -ni ojo vio ni oído oyó- los gozos que nos deparan los nuevos cielos y la nueva tierra al final de los tiempos, donde no habrá liras ni nubes de algodón ni mariconadas contemplativas semejantes, sino verdes valles iluminados por el Sol de Justicia, Caridad y Misericordia y las más gratas compañías que alegraron nuestros días en la tierra.

Si es que llegamos. Amén.

Una respuesta to “Éskahtos”

Trackbacks/Pingbacks

  1. Debe y haber « batiscafo - diciembre 31, 2007

    […] piedras (primer poemario de Mª Eugenia Reyes y muy bueno); Sol de noviembre, de Miguel d’Ors; Sir Tomas Moro, de Vázquez de Prada, y Spe Salvi, de Benedicto XVI. Suerte que en este terreno no hay amores […]

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