Sobredosis de horror

14 Sep

La tragedia griega sometía al espectador a un cóctel de pasiones que le dejaban como resaca una provechosa catarsis.

Desde sus orígenes, el hombre encuentra en las historias que suscitan piedad y terror una fuente de entretenimiento a la par que sabias lecciones de humanidad. Pero, como todo, también la catársis debe suministrarse en su justa medida para no provocar sobredosis o adicción en lugar de la purgación deseada.

Los medios de comunicación cumplían antaño una función catártica, que tenía mucho que ver con su dimensión formativa, pero hace tiempo que los periodistas abdicamos de ella y decidimos reducirnos a cronistas de la cámara de los horrores so capa del derecho de la información. 

Olvidamos que este derecho no reside en nosotros -meros responsables del deber de informar- sino en la ciudadanía, y que, como todo derecho, debe ejercerse dentro de los márgenes de otros fundamentales, como el derecho a la vida, a la honra, a la fama, a la presunción de inocencia y al normal desarrollo de la justicia.

Dicho de otro modo, los comunicadores hemos dejado el tablero del periodismo tambaleándose peligrosamente sobre el inestable apoyo de dos únicas patas: la información y el entretenimiento.

Y a la postre no hemos logrado tampoco abdicar de la función formadora. La cámara de los horrores sabe dar sus lecciones y otorgar sus licenciaturas a quienes la frecuentan.

Lo que ocurre en estos días con el caso Madeleine es un penoso ejemplo.  

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