La corrala

5 Sep

Vuelven los vecinos a la corrala. Con lo tranquila que andaba en estos días de mañanas cortas y largas tardes lejos de las estridencias del mentidero… Pero el verano llega a su fin y yo a la piel de toro, que ya se sabe que es telúrico y de sangre caliente.

Ardua está resultando la tarea de mantenerse al buen recaudo de un sano relativismo. Abro el periódico y la desazón me embarga el sosiego. Dosis de adrenalina, según algunos, para afrontar la mañana: la crisis del PP, el partido de Rosa Díez, las réplicas y contrarréplicas de los obispos a cuenta de la FERE…

La visceralidad mediterránea tira, y más a una hija de Tauro, y no es fácil conservar la distancia sin arrimarse a uno u otro bando en esta pelea de comadres.

Aun así, renuevo el propósito formulado este verano en los museos y calles londinenses de aprender de la historia, de no hablar sin saber, de distinguir el grano de la paja, de amar lo distinto tanto como lo propio y de correr el riesgo de la libertad huyendo de la falsa prudencia.

Y de reírme más de las contingencias, que es una buena medida para abolir la ley del péndulo y sus dos extremos: la flema paralizante y el ardor destructivo.

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