Dame algo

4 Ago

No siempre una “buena acción” deja la conciencia tranquila.

Ayer tarde volvíamos mis padres y yo de hacer el agosto en la Fnac –el método Assimil de inglés, varios clásicos de cine, dos reediciones muy perseguidas: Esculpir el tiempo, de Tarkovski, y ¿Qué es el cine?, de André Bazin- y paramos en el Café de Indias para comprar un helado de chocolate blanco que nos devolviera al estado sólido.

Tomamos asiento en una mesa próxima a la que hace meses ocupamos Rocío, Carlos RM y yo. Nuestras risas aún flotaban en el reflejo de un corazón ambarino.

Junto a nosotros, en otra mesa, una pareja se requebraba en inglés. Puse la oreja por practicar el idioma, no más. De pronto, en la quietud vespertina, “¡Que no quiero dinero, coño, que lo que quiero es comer! Si tuvieras el hambre que yo tengo no estarías tan gorda”.

Reí la ocurrencia que se desprendió como un andrajo de una mendiga flaquísima que acababa de entrar en el salón. La empleada rolliza gritaba demasiado destemplada para los 40º grados reinantes que se fuera, que no molestara a la clientela. Todos permanecíamos ausentes, o sea, sin perder detalle.

La mujer levantó la cabeza con desafío. “Vale, no me des nada, pero y si alguien quiere ayudarme, ¿qué? Señora, ¿me puede dar algo que estoy muerta de hambre”.

La gente había dejado de disimular y yo también convertida en objeto de un coro de miradas suplicantes, vergonzosas y carroñeras. “¡Que dejes a los clientes en paz!” Las empleadas graznaban y mi padre sentenció: “No le des nada. Hay un comedor en Pagés del Corro”. A mí nadie me preguntaba si yo quería o no ser molestada.

La situación se puso un poco tensa. Yo me sentaba y me levantaba sin saber cómo concluir dignamente el episodio.

Una camarera algo más cálida que la anterior condujo a la pobre fuera del establecimiento. Aún tuve tiempo de decirle: “¿Qué te gustaría comer?”. “Lo que quiera. Me da igual”. “Vale, pero dime algo”. “Lo que sea… ¡un helado como ése!”.

La pobre se fue y yo, desconcertada por la respuesta y un tanto prejuiciosa, me acerqué a la barra para comprarle algo más adecuado a su condición de pobre: un bocadillo, un donut, quizá.

Cuando salí, la mujer me esperaba ansiosa. “Toma, te he comprado un donut que te llenará más que un helado”.

Me miró con estupor, desilusionada y desdeñosa: “Pues vaya, yo hubiera preferido un helado”.

Y se marchó sin darme las gracias.

Me quedé en la puerta con la conciencia depauperada, más pobre si cabe que la mendiga, sin saber qué será más ultrajante: la indiferencia o la falsa compasión; pensando que también los desarrapados tienen derecho a darse alguna vez un capricho.

Que quizá también en eso resida la humanidad.

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4 comentarios to “Dame algo”

  1. Enrique agosto 5, 2007 a 14:00 #

    Muy bonita entrada y muy honda.

  2. Ro agosto 6, 2007 a 14:00 #

    qué bueno! Ya te contaré optra con final feliz… en Pampaluna…

  3. adaldrida agosto 6, 2007 a 14:00 #

    Jooooo a nosotros un drogao nos intentó vender una china ¡a las diez de la mañana! Pero en Pampaluna me pasó algo parecido y con final feliz, ya te contaré.

  4. Terzio agosto 6, 2007 a 14:00 #

    Es dificil la caridad de verdad, ¿verdad?

    Y, hagas lo que hagas, como tengas por algún archivo de la conciencia la Charitas esa que urget nos, te quedas desasosegadamente insatisfecho…como la pobre con el donut.

    Pero con el helado, hubiera pasado igual: Quejosa ella y ansisosa tú.

    Pero tú le compraste el donut, ¿no?

    Pués eso: Progresas adecuadamente.

    +T.

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