Fátima

4 Jun

Fátima. El corazón de Portugal tiene nombre de princesa mora. En él se alza un metro del muro de Berlín y un calvario regalo de los húngaros. En la antesala del santuario predomina el portugués, pero también otras lenguas en una confusión de babel redimida. Rostros autóctonos roturados por la canícula se mezclan con  el negro colonial y las cabezas rubicundas y arreboladas del Este.

Por todos los caminos posibles, un reguero de peregrinos parecen llegar a pie o de rodillas de tierras lejanas. Anida la paradoja en la intersección de estas dos líneas: la que abarca la explanada y la que traza el santuario, como si fuera una cruz o una ballesta que dispara su saeta al cielo. La flecha parte del lado izquierdo, impulsada desde el epicentro del corazón que es María en su columna y la casita que contiene al Rey de reyes. No puedo evitar acordarme de la cruz y la esfera de Chesterton.

En Cova da Iria se detuvo el tiempo a principios del siglo XX. Se congeló la fotografía de los tres pastorcitos, con su ceño fruncido y el fondo pétreo de la mísera fachada. Con la excepción del santuario, todo permanece congelado, incluso los lugareños.

Apenas existe estética ni lugar para el disfrute turístico, no hay agrado para la vista o el olfato. Los cantos resultan previsibles y cansinos y el tacto de las encinas y cabezos araña las manos y los ojos. Ni siquiera la talla de la Virgen vale gran cosa. La embellece el amor filial de los peregrinos, el desprendimiento de todas las mujeres portuguesas fraguado en su corona y el martirio papal engastado entre sus piedras preciosas, y, por encima de todo, la certeza de que en este exacto lugar estuvo Ella.

No cabe interés alguno, ni intelectual ni estético. Quien venga buscando eso volverá frustrado. La única actividad posible aquí es la oración en medio de una mezcla de sensaciones contradictorias. Cabe decir que las cosas que uno ve moverían a perder la fe si no fuera porque uno acaba concluyendo que sólo Dios puede ser responsable de la belleza de este lugar que espantaría de otra forma.

Todo en Fátima está orientado a la conversión pero no se obtiene a cambio de ofrendas ni oraciones. Antes hay que despojarse. Es preciso comprender la extrañeza paradoja del proceder divino sólo accesible por su reiteración: Fátima, Lourdes, Nazareth; pastores -siempre pastores-, una virgen sencilla. Pueblos recónditos, seres míseros, antítesis del poderío humano. Desprecio para los judíos y locura para los gentiles. Pero con estos panes y peces, cuando Dios lo quiere, cambia la Historia.

Es el poder de los sin poder hecho milagro. La clara manifestación de que Dios no necesita nuestra estética, ni nuestro saber, ni nuestro dinero, aunque lo necesitemos nosotros para comprender a quien es toda la sabiduría, toda la belleza y toda la bondad, y para ofrecerle los mejores frutos del campo y los más hermosos ejemplares del ganado, como se espera de una criatura agradecida.

Sólo entonces es posible comprender que los muros de Jericó europeos caigan estrepitosamente como un castillo de naipes o como las fichas del dominó, y que naciones enteras vuelvan a respirar aliviadas del yugo, que cambien las trayectorias de las balas y que Alí Agca se pregunte quién es esa Fátima: que sea posible liberarse de todas las propias miserias.

Leo hoy a Alessandra Borguese en un remake de Pascal: “Con la razón se entienden muchas cosas, pero sin el corazón no se comprende nada”.

Fátima imprime carácter si hay fe, pero si además alguien te explica las cosas ocurridas aquí y desde aquí, la razón y el corazón caminan de la mano y sin tropiezos. Amanda, que es conversa, me pregunta a propósito de las sucesivas y fallidas consagraciones del mundo al Corazón Inmaculado de María: ¿cómo es posible que fracase una consagración? En el fondo me está diciendo: ¿no es Dios superior?, ¿cómo va a someterse al error humano? Le contestó un poco al tuntún y me achaco a mí misma: sólo es posible que fracase por la falta de fe que supone hacer las cosas al modo humano y no al divino, sin superar la prudencia y los respetos, sin llegar a entregarlo todo en un holocausto de humildad.

Nos cuentan, “La primera vez, no se mencionó a Rusia, como quería la Virgen; la segunda faltó la comunión con todo el orbe. Y una y otra vez, la Señora decía a Lucia: no ha valido. Hasta que Juan Pablo II mandó traer a la Virgen de Fátima a Roma y convocó a todos los obispos del mundo y consagró la Europa del Este a María. A partir de aquel momento comenzó la Perestroika y la derrota del régimen comunista”.

Se entiende entonces que la talla de la Virgen de Fátima haya sufrido atentados sucesivos y que necesite la protección de un cristal antibalas. “De todas formas, aún no se ha cumplido la conversión de Rusia. La Virgen ha salido de Cova da Iría dos veces: a Roma. Falta una tercera y su destino no será Roma: será Moscú”. Es la opinión de un personaje que transita por la explanada, pero es significativa.

Decía que la conversión no se obtiene automáticamente a cambio de unas velas, de unas peticiones introducidas en la ranura del pedestal de la Virgen, o de unas oraciones –aunque yo lo haya hecho. Es preciso despojarse.

Siento que regreso igual, pero con este nuevo enfoque que me abre nuevos horizontes. Hoy, de camino al trabajo, no fui capaz de desgranar las avemarías del Rosario sencillamente, andaba enredada en estas intelectualidades. Hasta que me dolí de mi incapacidad y de momento me topé con el regalo de un azulejo sevillano que rezaba “Ave María”, como si me espetara: no te preocupes, si no hablan los hombres, hablarán las piedras.

Un consuelo de la Virgen. Quizá haya que despojarse también de la prisa por ser bueno. Quizá sea mejor limitarse a convivir serenamente con las propias paradojas y dar forma al anhelo de que sea Dios quien nos cambie.

En el viaje leí unos textos de Ortodoxia, de Chesterton, muy acordes con estos pensamientos. Os los dejo:

“El optimismo cristiano se funda en el hecho reconocido de que no somos adaptables al mundo. Había yo procurado ser feliz repitiéndome que el hombre es un animal, como todo ser creado por Dios. Pero ahora, al descubrir que el hombre es, en cierta manera, una monstruosidad, pude sentirme verdaderamente feliz. Había yo tenido razón en ver extravagancia en todas las cosas, puesto que yo mismo era, a un tiempo, la peor y la mejor de todas. El placer del optimista era enteramente prosaico, por fundarse en la naturalidad de las cosas; pero la alegría cristiana es poética porque procede de la innaturalidad de las cosas a la luz de lo sobrenatural. El filósofo se cansaba de repetirme que yo estaba en mi verdadero sitio, y a mí hasta esas aprobaciones me resultaban depresivas. Pero averigüé al final que estaba yo en el sitio equivocado, y entonces mi alma cantó sus regocijos como pájaro en primavera. Y el conocimiento descubrió y alumbró recónditos y olvidados recintos en la penumbrosa morada de mi infancia. Y entonces sí que pude entender porqué las humildes hierbas del suelo me habían parecido siempre tan cómicas como las barbazas verdes del gigante, y por qué, aun estando en casa, venía a visitarme la nostalgia”.

“Y esto es precisamente lo que, en mi opinión, acontece con el Cristianismo; porque el Cristianismo no sólo es capaz de inferir las verdades lógicas, sino que, cuando sobreviene el absurdo, sabe acertar –digámoslo así- con las verdades ilógicas. No sólo va derecho sobre las cosas, sino que, si cabe, va torcido, cuando también van torcidas las cosas. Su plan se adapta a las irregularidades secretas y sabe esperar lo inesperado. Es fácil para con las verdades sencillas, y porfiado para con las sutiles. Admite las dos manos del hombre, pero (aunque todos los modernistas aúllen) no admite la obvia deducción de que el hombre tiene dos corazones. Y esto es lo que quiero hacer ver en este capítulo demostrando cómo siempre que en la teología cristiana sentimos alguna irregularidad, es porque también la verdad por descubrir presenta una irregularidad semejante”.

“De apologías del Cristianismo nunca leí una sola línea, y aun ahora procuro leerlas lo menos posible. Quienes me volvieron a la teología ortodoxa fueron Huxley, Herbert Spencer y Bradlaugh, como que suscitaron en mí las primeras dudas sobre la duda. Tenían mucha razón nuestras abuelitas al asegurar que Tom Paine y los librepensadores perturbaban el alma humana. Así es: la mía la perturbaron de un modo horrible. El racionalista me obligó a preguntarme si la razón no serviría para nada, y al acabar con  Herbert Spencer, concebí, por primera vez una duda sobre la evolución. Al doblar la última hoja de as lecturas ateas del coronel Ingersoll, cruzó por mi mente la idea terrible: ‘Casi me estáis persuadiendo al Cristianismo’. Yo estaba desesperado”.  

9 comentarios to “Fátima”

  1. Á.Matía junio 4, 2007 a 14:00 #

    Me gusta tu blog. Mucho

  2. jmn junio 4, 2007 a 14:00 #

    Bufff. Pues muchísimo mejor lo tuyo, con mis respetos a Gilberto. Mi pequeña aportación es que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos. Felicidades por tu entrada.

  3. Carlos RM junio 4, 2007 a 14:00 #

    Siento nula atracción por estos santuarios marianos contemporáneos y también por sus supuestos prodigios. Sin embargo, tu texto, tan “equilibrado” (no sé si es la palabra) me ha resultado muy amable de leer, tanto como un libro de milagros barrocos, increíbles pero ciertos…

  4. batiscafo junio 5, 2007 a 14:00 #

    Bienvenido Á Matía. Me alegro de que te guste el blog. Estás en tu casa.
    Jmn te agradezco tus palabras aunque discrepo. Ojalá fuera yo capaz de sostener los argumentos con la brillantez y altura intelectual de Gilbert.
    Y Carlos, digamos que Fátima no me pareció un santuario hermoso aunque sí digno y lleno del afecto del pueblo portugués. Lo que se percibe de manera casi física es la presencia maternal de la Virgen, y eso es lo más importante. Además, la fe aquí se ve acompañada por el cumplimiento exacto de los mensajes o profecías. Aparte de esto, los prodigios son más bien de tipo espiritual.

    En todo caso, no es necesario creer en las apariciones . No aportan un ápice al contenido de la Revelación.

  5. adaldrida junio 5, 2007 a 14:00 #

    Pues a mí no me gustaba Fátima, ni Lourdes, era un poco como Carlos, hasta que estuve allí. Allí estaba la Virgen, y mira que yo no soy mucho de apariciones, ni santos, ni vírgenes ni nada. Pero allí creí. Gracias por esta entrada, y por echarme de menos.

  6. Agus junio 5, 2007 a 14:00 #

    Larga, pero fecunda.

    Yo soy muy poco de procesiones, de masas enfervorizadas, de macroencuentros y de saetas. Me exaspera el canto de coro viejuno a destiempo. Y, sin embargo, el cristianismo no sería lo mismo sin todo eso. Yo moriría por defenderlo. También las masas desafinadas y minusválidas forman parte del Evangelio. Son ello.

    Cada cual tiene su voz para el amor. Y, desde luego, el que de antemano se sabe dependiente… ¡Tiene tanto ganado!

  7. Agus junio 5, 2007 a 14:00 #

    He dicho “yo moriría por”, y supongo que sería más ajustado decir “yo querría morir por”. En lo que se refiere al myself, estamos aprendiendo a ser dubitativos.

  8. batiscafo junio 6, 2007 a 14:00 #

    Todo eso es lo que hace accesible la fe. Darse de vez en cuando un baño de multitudes fervorosas dejando a un lado las exquisiteces espirituales tiene también su encanto. Le permite a uno sentirse criatura necesitada.

    A fin de cuentas el hombre es un ser contingente. Y el amor necesidad es el primero que surge, aunque uno aspire al amor de benevolencia.

  9. Jesusantonio julio 17, 2007 a 14:00 #

    María de Nazaret, acompañanos en el día a día de nuestras “hazañas” y miserias, en el seguimiento de las enseñanzas de tu Hijo.

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