¡Más difícil todavía!

31 Mar

Mi oficina se abre a El Porvenir a través de una ventana por la que entra muy puntual y educado el sol a eso de la una.

La ventana es discreta, como el barrio. Jamás les hubiera servido a James Stewart y a Grace Kelly para espiar a sus vecinos, por muy potente que fuera el teleobjetivo. Pero a Mª Luz y a mí -que no sentimos ninguna inclinación por el voyeurismo– nos basta para menizar las mañanas de trabajo.

Nuestra ventana es la envidia del edificio. Desde ella puede verse la pérgola del aparcamiento, una gigantesca araucaria, que cada día está más torcida, la calle desierta y una casa que estos días luce espléndida una guirnalda de glicinias que en Navidad se trocan en pascueros.

Durante el invierno, la ventana es un ojo fijo y melancólico atento sólo a las inclemencias del tiempo, pero en primavera cobra dinamismo, cuando todos los seres vivientes salen del letargo: las trompetas amarillas del jardín de al lado, la anciana de la casa de enfrente… y los gatos.

Mª Luz y yo llevamos ocho años trabajando juntas, tenemos visiones complementarias, gustos parecidos y a veces hasta nos vestimos igual, pero en esto de la ventana disentimos radicalmente: ella es la primera en descubrir a la señora mayor del pelo blanco y yo siento una atracción irresistible por los gatos.

Un buen día, cuando el sol baña el porche, la anciana sale renqueando apoyada en su bastón y se sienta en la silla huérfana. -¡Mira, ya ha salido la vieja!-. Yo la miro de soslayo y busco ansiosa a los gatos en la pérgola desnuda por si han salido ya a templarse los huesos al calor del astro rey, como la dueña del caserón vecino.

Cada día son más listos estos felinos. El año pasado en otoño la retirada de la lona que les servía de hamaca los dejó en la cuerda floja. A eso de la una teníamos sesión circense: los gatos se encaramaban al árbol más próximo y saltaban como expertos funambulistas a la estructura metálica en busca del cálido balneario donde recostarse y dedicarse a su sesión matinal de higiene, pero en lugar de la tela hallaban el vacío sideral.

A mí me divertía mucho descubrir el terror en sus miradas verticales, los encontronazos de los que emergían unos bufidos y maullidos espantosos -aquí no hay sitio para dos, forastero-, los giros inverosímiles sin pértiga y sin malla, desafiando las leyes de la gravedad. ¡Más difícil todavía!, aplaudía yo entusiasmada.

Como aún no hemos echado la lona en el trabajo, los gatos han debido aprender la lección y renuncian por el momento al dolce far niente, y yo, por ende, al espectáculo gratis de equilibrismo.

Así que, hasta que no lleguen los gatos, mi entretenimiento se reduce a contemplar a la vieja de enfrente. Ayer la vi por primera vez, un poco más encorvada que el pasado año, pero descarté la compasión cuando la vi restregar con frenesí la fregona sobre la silla blanca de plástico. Recuerdo que el año pasado Mª Luz y yo nos reíamos al verla levantarse temblorosa para atizarle acto seguido un bastonazo al limonero.

Este año han podado el limonero, y aunque la espío a una respetable distancia, me ha parecido descubrir en la anciana una mirada de gatuna desconfianza.

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5 comentarios to “¡Más difícil todavía!”

  1. AnaCó marzo 31, 2007 a 14:00 #

    Me he quedado con las ganas de ver ese gatuno espectáculo, y por encima de todo, el espectáculo mayor de verte mirar a los gatos.

  2. Terzio marzo 31, 2007 a 14:00 #

    “Dueto para dos gatos”, de Gioacchino Rossini: Búscalo y ponlo de banda sonora a la escena de los mininos del balcón.

    Para la vieja, no sé: Depende mucho del “perfil”.

    +T.

  3. batiscafo abril 1, 2007 a 14:00 #

    Lo buscaré y en cuanto salgan los primeros mininos colgaré el vídeo de sus andanzas con banda sonora.

  4. Peter abril 1, 2007 a 14:00 #

    Me acuerdo ahora de aquella frase perfecta, sin comas ni nada, de Rafael Sánchez Ferlosio:

    “Por la alta tapia adornada de cascotes de botella venía caminando esta tarde un gatito sin cortarse”

  5. batiscafo abril 1, 2007 a 14:00 #

    Realmente es perfecta, no sé si por la sintaxis, por el contraste entre los términos escogidos o por las dos cosas. Ese ‘venía caminando’ y el ‘sin cortarse’ final son una genialidad. Y no menos el ‘gatito’. Ya lo estoy viendo con sus andares elegantes, como quien no quiere la cosa.

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