Cóncavo y convexo

27 Mar

 

Salgo esta tarde del interior de una caracola donde quedé atrapada de vuelta del Rocío a la altura de Sanlúcar la Mayor. Allí he pasado día y medio, como un cangrejo ermitaño, ajena al parloteo político sin más ruido que la conversación amistosa y el eco de las olas de la playa del Coto. 

De vuelta leo el correo, borro spam, echo un ojo a la prensa digital y llamo a las puertas de los blogs amigos, ese soporte vital.

Me topo así con una ráfaga de letras de Alejandro Llano que dejó AnaCó y con la noticia de que Batasuna ha inscrito en el Ministerio de Interior un nuevo partido con el nombre de ‘Abertzale Sozialista Batasuna’.  

Resbalo por la espiral de la caracola a velocidad de vértigo. Ahora estoy fuera. Por un momento, creo que no seré capaz de conservarme en estado de indignación y cruzaré la raya de la crispación que detesto:  esa reacción visceral tan nuestra que consiste en responder al pensamiento único desde la trinchera común y dogmática: un solo partido, un solo medio de comunicación, una sola fe.  

¡Ay, me duele la libertad!, pero cae en mis manos un lenitivo: el artículo audaz de un santo contemporáneo publicado en ABC en 1969, cuando reclamar nuestra condición de seres libres todavía resultaba sospechoso.

Dejo un párrafo de aperitivo y un enlace al texto completo:

“Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego. Cada hombre ha de hacer la experiencia de su personal autonomía, con lo que eso supone de azar, de tanteo y, en ocasiones, de incertidumbre. No olvidemos que Dios, que nos da la seguridad de la fe, no nos ha revelado el sentido de todos los acontecimientos humanos. Junto con las cosas que para el cristiano están totalmente claras y seguras, hay otras –muchísimas- en las que sólo cabe la opinión: es decir, un cierto conocimiento de lo que puede ser verdadero y oportuno, pero que no se puede afirmar de un modo incontrovertible. Porque no sólo es posible que yo me equivoque, sino que -teniendo yo razón- es posible que la tengan también los demás. Un objeto que a uno le parece cóncavo, parecerá convexo a los que estén situados en una perspectiva distinta”.

… por ejemplo, la caracola.

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