El revés del tapiz

6 Feb

Sobre el oficio de escribir, habla un maestro:

“¿Por qué se escribe? Probablemente porque no se sabe y no se puede hacer otra cosa; porque desde pequeño comenzaste a frecuentar el mundo que está en los libros, te encontrabas a gusto con él, te parecía más verdadero que el mundo real y, un día, de repente tú también echaste a andar por ese camino y ese oficio hasta que te decidiste a hacer un libro y decir: ‘esa es la clase de sillas o de zapatos que salen de mi obrador’. Y la narración o el ensayo que ofreces es el resultado de una frecuentación de años en los grandes talleres y conversando con los grandes; porque ciertamente desde siempre te sentías su pariente, su hermano, aunque también sólo como el chico de los recados. Es como un instinto aristocrático que tienes muy pronto: el de no tener no ya confianzas, sino ni siquiera conversación con otros espíritus que con esos grandes, con los muertos cuyos ojos aprenden a mirar el mundo, y vives en la compañía de los seres y aconteceres de sus libros”.(…) “El escribir, el narrar, es esencialmente un asunto de complicidad con esa tu larga, compleja y contradictoria familia: Pascal, Voltaire, Cervantes, Bocaccio, Shakespeare, Qohelet y Dostoievsky y Giovanni Verga, y sobre todo los personajes y las historias de docenas de narraciones o dramas que se han hecho más amigos tuyos, más hermanos, se han desposado contigo y tú con ellos u os habéis herido y devorado mutuamente”.

(…) “¿Y cómo se hace uno con esa familia? ¿Cómo me encontré con ella, y nací, y crecí, y vivo con ella? Probablemente hay algo congénito, que está en la psique, en el modo de ser de uno, y hace que se lea porque se busca más vida u otra vida que tu propia vida y la vida que te rodea. Quizás es un instinto que te arrastra, o una pasión irreprimible, o un amor profundo del que no puedes librarte. O la pervivencia de las inquietantes preguntas de la infancia: ¿y por qué?, que no mueren con ella y buscan respuesta hasta poner todo patas arriba, rebuscar en los laberintos de las personas y de las historias, y mirar por detrás a ver cómo está hecho el tapiz de la vida. Y lo decisivo fue que, un día, te percataste de que los libros hablaban de estas cosas”.

(José Jiménez Lozano. Por qué se escribe. Anthropos, nº 200, 2003).

Discrepo del desapego del escritor abulense hacia el mundo de lo real, o más exactamente de lo físico, inmediato y tangible.

En su descargo, dejo una cita de una carta escrita hace más de diez años a una estudiante de Periodismo que se debatía entre la Comunicación y la Literatura a la que estas palabras le duelen hoy como un propósito incumplido. Quizá aún no sea demasiado tarde:

“A mí me parece bien que usted estudie Humanidades: cuanto más estudie, mejor. Cuanto más lea, mejor. Y lo que hay que leer –unos cuantos libros esenciales-cuanto antes. Si le apasiona la literatura, tiene que chapuzarse en ella. A escribir se aprende leyendo, viviendo, mirando el mundo y dándole la vuelta como a un tapiz o un calcetín”.

Dos enlaces de interés: uno y dos

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