Despropósito

3 Feb

Susanna Tamaro presentaba ayer en Sevilla “Escucha mi voz”. La escritora de Trieste no goza de mi adhesión incondicional, pero leí algunos de sus libros con gusto, así que me hice el propósito de ocupar la última hora de la tarde del viernes mustio y llorón en escucharla, pasase lo que pasase y cayese quien cayese.

La tarde se fue complicando, la lluvia arreciaba, mi acompañante se rajó, sólo disponía de una hora para disfrutar del acto, pero el deseo –el apetito irascible en este caso- cobraba en mí perfiles de terquedad. Allá que me fui desafiando a los elementos y la lógica.

A la hora prevista, el salón del Alfonso XIII lucía magnífico y deshabitado -medio vacío o medio lleno, según el color del estado de ánimo con que se mire. Tomé asiento en las filas de atrás por el clásico complejo que tenemos las personas altas, pero luego pasé adelante, dejando en el suelo, olvidado, mi gorro de angora negro.

La escritora se retrasaba diez, quince minutos… Al cabo apareció acompañada de Fernando Iwasaki, anfitrión del Aula de Cultura del periódico que organizaba el encuentro. Lanzó una mirada desvalida de cría de gorrión aterido y desplumado y tomó asiento en el estrado habilitado como cuarto de estar ocasional.

A las 8.20 comenzó el amago de entrevista. Primero me desazonó el contraste entre la italiana y el peruano; después me percaté de la pérdida de mi gorro –el segundo que extravío en dos semanas- y me invadió la zozobra.

Iwasaki principió una hermosa introducción de quince minutos en habla demorada, como escuchándose a sí mismo. No llegaba el fin del comienzo y ya estábamos en el comienzo del fin. Eran las 8.35 y, a pesar de las promesas del título del libro, yo aún desconocía el timbre de voz de la Tamaro.

Pero lo que anuló por completo mis buenos propósitos, fue la traducción simultánea. Para cuando decidí prescindir de ella, era demasiado tarde. El peruano desgranaba sus acertadísimas e interminables preguntas, la italiana se embalaba en sus respuestas y la experta traductora tropezaba con ambos y con su propia incapacidad, entre vacilaciones, silencios y tartamudeos imposibles.

Gestos de desconcierto entre el respetable y alguna risa ahogada. Creo que, en total, no escuché a la escritora más de diez minutos. Tuve que salir antes de tiempo y, ya en la calle –con el gorro bien calado que logré recuperar- intenté arrebatar alguna idea antes de que resbalara por mis circunvoluciones cerebrales, como la lluvia por mi paraguas.

Resumiendo, creo que habló de su libro, continuación de “Donde el corazón te lleve”, de su compromiso cristiano-existencialista, de la falta de imaginación en el ejercicio del poder, del reclamo de una ética de lo razonable, de la necesidad de transgredir el pensamiento único, del ostracismo al que la somete el stablishment intelectualoide occidental.

Resultado: hilvanes imprecisos, torpes balbuceos, silencios monacales, como la eminente traductora. Total: un despropósito.

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2 comentarios to “Despropósito”

  1. Terzio febrero 3, 2007 a 14:00 #

    Pero despropósito general (autora/obra/presentador/montaje y ambiente de la presentación) o parcial (circustancial/medio-ambiental) ???

    Desde luego que con el peruano-japonés-abecedeño de introfuctor de embajadores, se asegura cierta imprecisa y sincrética indefinición, comprensible.

    En fin…

    +T.

    P.s. El “stablishmen intelectualoide occidental” es eso que prentenden el presentador y la autora, ¿no?.

  2. batiscafo febrero 4, 2007 a 14:00 #

    Difícil me lo pones. Quizá la culpa de todo la tuvo la pérdida del gorro o la escasez de tiempo, no sé… De todas formas, la protagonista y su acompañante tampoco estuvieron finos.

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