“Paulo Apostolo Mart”

25 Ene

San Pablo Extramuros me acoge en su cuadripórtico. La basílica apenas constantina alza su fachada y me cubre con su sombra un poco menos poderosa que la sombra curativa de San Pedro.

Bajo el altar mayor descansa el sarcófago de Paulo de Tarso recién autentificado por la Iglesia. Muchos siglos han pasado desde que el último peregrino rozó con fe sus reliquias para obtener el milagro. Hoy desciendo por el húmedo corredor para estrenar con mi mano el agujero de la losa del sepulcro.

“Paulo Apostolo Mart”. Pablo apóstol y mártir. Pero también Pablo fariseo, helenista y romano; Pablo perseguidor despiadado y celoso; Pablo derribado y ciego; Pablo viajero y predicador; Pablo desdichado y encadenado a sus miserias.

Pablo, al fin, columna de la Iglesia. Extraño gusto el de Dios. A mí también me atraen los santos defectuosos.

“Tengo en mí esta ley: que, queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega; porque me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros. ¡Desdichado de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom 7, 14-15. 17-24).

Sería más fácil no andar atrapado entre el yo racionalista, voluntarista y sentimental. No estar sujeto al tiempo y al espacio. Determinar la voluntad por siempre. Sería más fácil ser ángel.

A través del tiempo me llega la sentencia de Nerón y el rumor del agua de Tre Fontana trae las palabras de Cristo Dios y Hombre verdadero susurradas a Pablo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2Co 12, 9)

Poco antes de rodar la cabeza, aún tengo tiempo de escuchar el eco del testamento del apóstol de las gentes: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” (II Timoteo 4,7).

Una respuesta to ““Paulo Apostolo Mart””

  1. Terzio enero 25, 2007 a 14:00 #

    San Paolo fuori le Mura es una de las visitas con las que me marco un farol cuando hago de cicerone por Roma, con mis amigos. Siempre impresiona.

    Alguna vez me planté en la Abadía de San Paolo alle Tre Fontane, pero confieso que eso es para adictos y estrambóticos como yo, no para el común.

    Mi sitio paulino en Roma, sin embargo, era la Iglesia de San Paolo alla Régola, en la esquina del barrio judío, donde se conserva la memoria de la casa que habitó durante su estancia y cautiverio mitigado en la Urbe. Allí, en un rincón de la Régola, leyendo las Cartas de la Cautividad y rezando, me sentía más cerca del Apóstol que en ningún otro sitio de Roma.

    +T.

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