El regreso del hijo pródigo

23 Ene

Vuelvo al claroscuro de Rembrandt en estos días. En particular al cuadro “El regreso del hijo pródigo” que descansa en el Hermitage y que tan bien glosó Henry Nowmen en la reflexión contemplativa que lleva ese mismo título.

Recomiendo volver a él para profundizar en conceptos tan humanos como el pecado, la culpa y la redención. Como recomiendo volver a Dostoievski, Tolstoi, Evelyn Waugh o Sigrid Undset, y, por supuesto, al Evangelio y a los salmos del rey David, según venimos hablando en la “blogstelación” durante los últimos días.

De alguna manera todos adoptamos a lo largo de nuestra vida el papel del hijo pródigo y del hermano mayor. Incluso puede suceder que el hermano mayor, rencoroso y rebelde ante los excesos del pequeño, pida la parte de la herencia que le corresponde y abandone el hogar paterno. Todo es posible. Pero nuestro reto final es llegar a ser el padre.

Así lo descubre Henry Nouwen, después de reconocer facetas y aspectos de su vida propios de los dos hermanos:

“Todavía, después de una larga vida como hijo, tengo la completa seguridad de que la verdadera vocación es la de llegar a ser un padre que sólo bendice en una compasión sin límites, sin preguntar nada, siempre dando y perdonando, sin esperar nunca nada (…)

Nuestra comunidad está llena de hijos caprichosos y rencorosos, y estar rodeado de iguales da un sentimiento de solidaridad. Así, cuanto más formo parte de la comunidad, más queda demostrado que esa solidaridad es sólo una estación en el camino hacia un destino mucho más solitario: la soledad del Padre, la soledad de Dios, la soledad última de la misericordia. A la comunidad no le hace falta otro hijo menor o mayor, sino un padre que viva con las manos abiertas, siempre deseoso de apoyarlas sobre los hombros de sus hijos recién llegados. Todo en mí se resiste a esa vocación. Sigo inclinándome por el hijo que hay en mí. (…)

Veo mi vocación de padre con toda claridad al mismo tiempo que me parece imposible seguir esa vocación. No quiero quedarme en casa mientras todos se marchan, llevados por sus deseos o por su ira. ¡Yo siento los mismos impulsos y quiero correr como los demás! ¿Pero quién estará en casa cuando vuelvan, cansados, exhaustos, inquietos, desilusionados, culpables o avergonzados? ¿Quién les convencerá de que después de todo lo dicho y hecho, hay un lugar seguro donde ir y donde ser abrazados? Si no soy yo, ¿quién será el que permanezca en casa? La alegría de la paternidad es muy diferente del placer del hijo caprichoso. Es una alegría que va más allá del rechazo y de la soledad; sí, más allá de la afirmación y de la comunidad. Es la alegría de una paternidad que toma su nombre del Padre celestial (Ef 3,14) y participa de su soledad divina (…)

No me sorprende que pocas personas reclamen para sí la paternidad. El dolor es tan evidente, las alegrías están tan escondidas. Pero no reclamándola, eludo mi responsabilidad de ser una persona espiritualmente adulta. Sí, traiciono mi vocación. ¡Nada menos que eso! (…)

Rembrandt retrata al padre como el hombre que ha transcendido los caminos de sus hijos. Su soledad y su ira podían haber estado allí, pero han sido transformadas por el sufrimiento y las lágrimas. Su soledad se ha convertido en una soledad infinita, su ira se ha convertido en una gratitud sin fronteras. Éste es en quien debo convertirme. Lo veo tan claro como veo la inmensa belleza del vacío y de la misericordia del padre. ¿Seré capaz de dejar al hijo menor y al hijo mayor que crezcan y lleguen a la madurez del padre misericordioso?”.

Gran pregunta de la que depende nada más y nada menos que la felicidad. Ahí están Nouwen, Raskalnikov, Ana Karenina, Julia Marchmain o Cristina de Lavrans como modelos. Es la libertad. Hagan juego.

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4 comentarios to “El regreso del hijo pródigo”

  1. Terzio enero 23, 2007 a 14:00 #

    No sé.

    El libro, no me gustó; confieso que no tuve paciencia para pasar de las primeras hojas; y confieso que lo volví a regalar, sin complejos (y confieso que me regalaron media docena entre Reyes, Santo y cumpleaños…y todos los volví a regalar, como los hobbits).

    Además, ese cuadro de Rembrandt no es de los que me gustan de Rembrandt; quizá sea de los que menos me gustan de Rembrandt.

    Tú entrada sí me gusta, Batiscafo.

    +T.

  2. batiscafo enero 24, 2007 a 14:00 #

    Gracias, aunque mi pobre entrada no tiene ningún encanto esta vez. Te permito hasta discrepar de ella.

    Siguiendo a Pennac en “Como una novela”, un lector debe ejercer los derechos básicos de la lectura: el derecho a no leer, a saltarse las páginas, a releer, a picotear y a tantos otros.

    A mí sí me gustó el libro. 🙂

  3. Enrique enero 24, 2007 a 14:00 #

    Un gran final, memorable, para una muy buena entrada. Gracias.

  4. Virginia Alfaro. septiembre 20, 2010 a 14:00 #

    Observo en esta obra “El regreso del hijo pródigo” las manos del padre algo dispares, una es masculina sin duda, la otra un tanto cuanto femenina.

    Me puede informar alguién si existe un significado.

    Gracias y saludos de México.

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