Mi familia y otros animales III. Simba, el rey de la selva… y de la casa

13 Ene

Lo de las estrellas de mar fue una porquería en toda regla, como lo de los renacuajos y los gusanos de seda, que he olvidado mencionar en el inventario.

Por aquel entonces, cursaba primero de bachillerato y una de las materias que más me gustaban era Biología. Entre otras cosas, estudiábamos la reproducción asexual de las estrellas de mar, que, como es sabido, son capaces de reproducirse a partir de un sólo brazo.

Así que un buen día decidí pasar a la fase empírica. Bajé a la playa con un bote de cristal y me traje un montón de estrellas de mar, algunas de las cuales seccioné cuidadosamente. La observación duró semanas, pero en ese tiempo no detecté modificación alguna en su aspecto, aunque sí en el del agua, que fue adquiriendo una tonalidad pardusca y cierto olor sospechoso a descomposición.

Con los renacuajos tampoco tuve éxito: no logré que se transformaran en ranas y mucho menos en príncipes. Lo que sí conseguí fue la metamorfosis de los gusanos de seda que alimentábamos con hojas de morera o con lechuga, que era peor porque los ponía verdes y blandos hasta que enfermaban y se morían. Los más fuertes se envolvían como los faraones en aquellos capullos blancos y amarillos –las crisálidas- de los que, al cabo, salían convertidos en unas mariposas feísimas.

Pero, sobre todos los animales que habitaron en casa, destacaba Simba. No era una mascota exactamente, era uno más de la familia. Sé que suena exagerado, pero esto sólo lo pueden entender los que han tenido animales.

Simba –el rey de la selva- era un cocker canela que me regalaron mis padres a la vuelta de un verano que pasé en Valencia. Recuerdo aquella estampa del cachorrillo asomando por un bolso de tela que llevaba mi madre en bandolera.

De Simba guardo muchos recuerdos simpáticos y entrañables. Lo tuvimos seis años y nos hizo mucha compañía. Lo veo ahora comiendo en su escudilla, con aquellas largas orejas sujetas con una pinza de ropa por encima de la cabeza para no mancharse; derrapando por el pasillo de mármol para huír de un baño indeseable, lo que le valió a mi padre un batacazo de órdago; brincando al oír la cadena momentos antes de salir a la calle; o velando el sueño frágil de mi madre hasta extremos inverosímiles, como aquella vez que el portero, alarmado por el olor a gas que se expandía por el rellano, pensó que provenía de nuestra casa y que la señora habría muerto sin duda, porque el perro no ladraba por más que él aporreara la puerta.

Simba era un can noble que soportaba con maravillosa docilidad las curas del veterinario, como si intuyera que eran para bien. El facultativo perruno era vecino nuestro y estaba encaprichado con él, pero, por más que ejerciera de celestino con nuestra complicidad, no hubo forma de cruzarlo con ninguna coqueta perrita de la zona. Decíamos en broma que teníamos un perro sarasa. Y, en el fondo, lo pensábamos.

Simba era leal y afable, si es que se le pueden aplicar a un animal estos calificativos, pero sibarita y caprichoso en extremo. Nunca conseguí educarlo y siempre acababa dormitando por los sillones de los que no había forma de echarlo.

Murió a los seis años de repente, después de unas semanas de malestar con otitis y vómitos. Aquella mañana triste y gris de colegio lo cogí en mis brazos para evitar que se hiciera daño entre convulsión y convulsión, y pude sentir bajo mis manos el ritmo acelerado de su corazón, que se fue haciendo más lento y más tenue hasta que se paró por completo, como la locomotora de un tren al llegar a la estación.

Todos echamos mucho de menos a Simba y pasaron varios años hasta que el agradecimiento y los buenos recuerdos cubrieron el hueco que su ausencia dejó en tantos rincones de la casa y del corazón.

Quien no entienda de animales pensará que todas estas vivencias son una bobería y un exceso sentimental. Lo considero un síntoma de pobreza. La pequeña fauna que acompañó mi infancia y mi adolescencia me enseñó muchas cosas. Vaya para todos ellos el pequeño homenaje de mi gratitud.

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Una respuesta to “Mi familia y otros animales III. Simba, el rey de la selva… y de la casa”

  1. Terzio enero 13, 2007 a 14:00 #

    “…Simba, el león blanco justo y fiel!…” Parece que estoy viendo al leoncito de los dibus animados.

    En mi casa los perros duraban un par de horas. Nos los regalaban por la mañana, y por la tarde ya no estaban.

    Inexorable anti-canismo familiar.

    Eso sí: Tres gatos, dos galápagos, seis o siete perdices, un gallinero completo, dos pavos, siete u ocho palomas. Y cada cual con su función y provecho.

    Mis tías eran muy pragmáticas en la gestión doméstica.

    Ahora, uno de mis cuñados mantiene una docena de perros de raza en su chalet-granja. Heterodoxias y decadencia de las firmes convicciones familiares.

    O témpora…! etc.

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