Capote

9 Ene

Truman Capote ocupa un lugar en mis neuronas desde que el otro día vi la película dirigida por Bennet Miller y protagonizada por Philip Seymour Hoffman sobre el periodo de vida que el escritor estadounidense dedicó a escribir A sangre fría, su libro más celebrado y antecedente del Nuevo Periodismo americano.

La compleja personalidad de Capote y su pasión por la literatura, alimentadas ambas por las condiciones de abandono a que fue sometido en su infancia, conducen mis pensamientos a esa encrucijada donde confluyen la herencia cromosomática, los experiencias vitales y la libertad personal. ¿Hay factores determinantes en la vida de una persona? ¿Qué podemos y que no podemos cambiar en nuestra biografía? ¿Hasta que punto es el hombre el único animal capaz de conducirse a sí mismo al éxito o al fracaso?

La novela de Truman Capote y el film, por ende, narran el asesinato de la familia Clutter de Kansas y la estrecha relación que Truman Capote entabló con uno de los asesinos, Perry Smith, durante los cinco años que median desde la detención hasta la condena a la horca. En la película, Seymour Hoffman hará decir al escritor y periodista impresionado e identificado con la historia personal del criminal: “Perry y yo somos como dos hermanos que vivimos en la misma casa. La única diferencia es que él salió por la puerta de atrás y yo por la de delante”.

Creo firmemente, que Dios da la oportunidad a todos de salir por la puerta de delante, pero qué difícil enjuiciar los esfuerzos realizados para lograrlo cuando el alma viene marcada desde la cuna por el zarpazo del desengaño y la crueldad.

En todo caso, Capote tampoco salió muy airoso por la puerta de delante. “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, dirá de sí mismo a través de uno de sus personajes en Música para camaleones.

Las veleidades amorosas de su madre, que lo mantenía encerrado con llave mientras se entregaba a ocasionales amantes, marcaron una infancia traumática y solitaria, como cuenta el propio Truman a Perry Smith en una de las escenas carcelarias. En sus días de soledad, el pequeño Truman desarrollará su genial talento literario y las bases de una personalidad entreverada de inteligencia, inseguridad, egolatría y amaneramiento.

Años después lo rememora: “Empecé a escribir cuando tenía 8 años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Entonces, un día, comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble, pero implacable amo”.

Probablemente ese amo fue una suerte de redención durante su vida, pero no pudo impedir el proceso de autodestrucción del escritor, fruto de la depresión y de la dependencia de psicofármacos combinados con alcohol que acabaron por causar su muerte en 1984.

Muchos han visto en el personaje frívolo de Holly Golightly de Desayuno en Tiffany’s un retrato de la madre de Capote. De hecho, el nombre de su progenitora (Lillie Mae) se parece mucho a Lulamae, el nombre sureño de Holly. Sobre el particular hay mucha literatura, pero no abundaré en ella, más que para apuntar que, en la adaptación cinematográfica de Blake Edwards, tanto las exigencias de la moralidad pública como la protagonización por parte de Audrey Hepburn suavizaron el retrato de los protagonistas y la historia de la novela de Capote: la relación entre un joven escritor gigoló mantenido por una amante acaudalada algo mayor que él y una jovencita atractiva, con rasgos de bisexualidad y sin recursos, que busca desesperadamente un amante cada noche para sostener sus excesos. ¿Pinceladas autobiográficas, bosquejos de las mujeres admiradas por el escritor, manifestaciones del eterno femenino? Qui lo sa.

De Capote leí con sumo gusto El arpa de hierba y narrativa breve. No leí Desayuno en Tiffany’s ni A sangre fría. Sobre el primero, reconozco que me gusta la versión en celuloide, que volví a ver recientemente, protagonizada por la adorable Audrey y por Peppard: la sugerente y elegante trama de los desarreglos vitales de Holly y Varjak.

Pero hablábamos de Capote, de su talento literario y de su extraña personalidad. Otro día hablaremos de Audrey.

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