Black&White

4 Ene

De ayer me quedo con el contraste del blanco de los ojazos de Jorge sobre el fondo de su rostro mulato, que son como el cliché fotográfico del barrio sevillano donde Anabel y yo creíamos llevar una pizca de ilusión.

Torreblanca es tan Sevilla como Los Remedios, el Porvenir o el Centro, pero su estampa nunca aparecerá en los folletos turísticos. Viene a ser como un lunar en la cara bonita de la ciudad, un hijo pródigo o la oveja negra de la familia: negro sobre blanco.

Jorge ha cumplido un año de pobreza pero vive felizmente despreocupado en una casa mínima donde se hacinan su madre, dos tías, la abuela María, y seis primos. Uno de ellos, Carmencita, tiene su misma edad y juega en brazos de su madre. Cuando los pajes del Rey Melchor, le entregan un peluche, lo rechaza con gesto displicente y se lanza entusiasmada a despedazar los brillantes envoltorios de los regalos que han quedado esparcidos sobre la mesa del cuarto de estar-dormitorio.

La escala de valores de Jorge también difiere de las de los niños de la otra Sevilla. Encuentra más placer en la colchoneta roja de propaganda que los Reyes le han traído a su tío Enrique que en los sofisticados muñecos que le deja la avanzadilla real. No hay mayor felicidad que oírle lanzar grititos mientras realiza sus primeras tentativas como sparring sobre el plástico brillante.

Y yo me acuerdo de la historia que me contó hace unos días un taxista de Antequera, quejoso de la dictadura del consumismo a la que le someten sus nietos cuando llegan estas fechas.

“Cuando yo tenía dos años –dice a través del espejo retrovisor-, los Reyes me trajeron un caballo de cartón que me gustó muchísimo. A los pocos días se me perdió. Lo busqué por toda la casa, pero no aparecía. Me llevé un sofocón tremendo, pero al año siguiente, el caballito regresó por Navidad. Esa vez tomé precauciones y lo amarré bien fuerte a una mesa, pero ocurrió lo mismo que la vez anterior y el caballito se marchó de nuevo. Cual fue mi sorpresa cuando me lo volví a encontrar el día de Reyes. Yo no podía entender tanto desapego así que me dije: esta vez no te vas ni vivo ni muerto. Y me lié a patadas con el caballito hasta hacerlo trizas. Y, claro, ya no se fue más, y me quedé sin juguete. En mi ingenuidad, no podía entender que, en aquellos años de posguerra, mis padres eran tan pobres que sólo podían regalarme el mismo caballito cada vez Ahora los niños yo no tienen ese candor ni disfrutan tanto como nosotros que nos conformábamos con cualquier cosa”.

Bueno, pienso yo. Hay niños pobres en la cara oculta de la ciudad, como Jorge y como Carmencita, que conservan la inocencia y encuentran más prometedores unos papeles brillantes y arrugados, el palo de una escoba o un tarugo tirado por un cordel que un perfecto caballo de raza árabe con mando a distancia made in Japan. Detrás de esos niños suele haber un ángel que, como Roberto Benigni, se empeña a diario en hacer más bella la cruda realidad que rodea a la infancia de estos barrios, como la abuela María que, cuando Anabel y yo le preguntamos qué más necesita responde: que mis nietos sean buenos y crezcan sanos.

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