El secreto del abuelo

23 Dic

El abuelo Pedro abrió la puerta del jardín, aquel portón de roble tachonado que tan bien conocía el peso de su cuerpo. Avanzó sopesando cada pisada, arrastrando las zapatillas de paño sobre la piedra.

Bajo el relente se encontraba mejor, como cuando pasaba las noches pescando en alta mar, con los ojos fijos en el faro parpadeante. Ahora, frente a sí, los árboles del bosque entrechocaban sus ramas emulando en mala copia el fragor furioso y oscuro del océano en los días de tormenta.

Hacía muchos años que no veía el mar, y, desde su regreso, tras el accidente aquel, quedó prendido un atisbo de nostalgia azul en su mirada que no lograba arrancarse.

Al abuelo Pedro, con sus 90 años, todo le parecía ya demasiado pequeño y previsible, y cada año crecía más en su interior el hondo deseo de embarcarse en una nueva travesía por un mar inabarcable y pródigo. Tenía la certeza de que ésta sería la última Nochebuena antes de emprender el viaje.

Tosió secamente y se dejó caer en el sillón de orejas. Dentro bullían las conversaciones femeninas y un trasiego festivo de la cocina al salón y del salón a la cocina. Los niños correteaban por los pasillos jugando al esconder y de cuando en cuando se dejaba oír un golpe seguido de llantina.

La puerta de la terraza cedió de nuevo con un quejido breve y unos pasos aguardaron tímidos.

-Abuelo…
-Qué, José. Ven, estoy aquí.

El abuelo aupó al nieto y lo sentó en las rodillas. Desde ahí podía oír el resuello fatigoso del niño y su rostro casi traslúcido. El niño tiritó y el abuelo envolvió el cuerpo del pequeño con su pelliza.

José era el más pequeño y querido de sus nietos. El único de su hija María, que, tras aquel parto horrible, se había quedado delgada y frágil como un junco. Sólo Dios sabía porqué seguía viviendo ese niño con tantos ruidos dentro del pecho y aquellas convulsiones angustiosas y cada vez más frecuentes.

-Abuelo, ¿por qué estás aquí afuera con este frío? –preguntó el niño al recostar su cabecita sobre el corazón del abuelo.
-Shhhh… Estoy esperando.
-¿A quién?
-¿Quieres saberlo de verdad?
-Sí –susurró quedo el niño.
-A la Virgen María y a San José, que van a pasar con la borriquita.

José miró al abuelo con asombro.

-¿Y tú los verás?
-Claro. ¿Quieres que te cuente la historia?
-Sí.
-Tú te acuerdas de que María y José fueron a Belén para empadronar a Jesús cuando naciera, y que, al no encontrar lugar en la posada, tuvieron que pasar la noche en un establo frío y maloliente de las afueras de la ciudad donde nació el Niño…

El niño asintió atento.

-Pues cada año, por Nochebuena, en algún lugar de la tierra, la Sagrada Familia pasa llamando a la puerta de aquellos que quiere llevarse al Cielo. Y si le abren, el Niño nace en su casa y después, se los lleva al Belén de la Gloria con ellos.
-¿Y si pasan por aquí, tú los meterás en casa?
-Pues claro.
-Yo quiero verlos también, abuelo. ¿Podré?
-Pues no sé, José. Podemos intentarlo. Tienes que estar quieto aquí y mirar fijamente a esa estrella que luce tan brillante.

José obedeció abrazado al abuelo y permaneció un rato callado. Al final preguntó en un murmullo:

-Abuelo.
-¿Qué?
-¿En qué habitación los meteremos?
-En la mía. Ya la tengo preparada por si acaso.
-¿Y mamá se enterará?
-No. Solamente tú y yo, así que me tienes que prometer que no se lo contarás a nadie, ¿vale?
-Te lo prometo. Oye, abuelo, ¿tú tienes ganas de ir al cielo?
-Claro.
-Yo también.

Y volvió a fijar la vista ansioso en aquel punto de luz que brillaba en medio de la noche.

-¡Abuelo!
-¿Qué, José?
-¡Que veo una sombra!
-¿Sí? A ver… ¡Uy, es verdad! Quédate quieto.
-Mira –y el abuelo dibujó con el dedo índice un perfil-: las orejas del burro, el manto de María, San José de pie, llevando el ronzal…

El abuelo Pedro sintió sobre su pecho la tensión del niño.

Dentro, de la casa, se oyó la voz de María.

-José, ¿dónde está mi niño?

El pequeño miró ansioso al abuelo.

-Es mamá que me llama.
-Corre, ve.
-Vale, pero diles que no se marchen, que en casa tienen sitio.
-Sí, se lo diré. No te preocupes. Oye, José…
-¿Qué, abuelo?
-Acuérdate de que este secreto queda entre nosotros. No se lo contarás a nadie, ¿eh?
-A nadie, abuelo.
-Anda, dame un beso. ¿Me quieres mucho?
-Te quiero más que a nadie en el mundo, abuelito.

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2 comentarios to “El secreto del abuelo”

  1. Terzio diciembre 23, 2006 a 14:00 #

    Ay!

    Yo tuve una abuela como ese abuelo.

    Bueno, la mía era mejor: Una noche de Julio que me enseñó el cielo, todavía la recuerdo.

    Mi madre también me señalaba estrellas; y mi padre, las vísperas de Reyes, tenía que ver.

    Está muy bien escrito.

    Gracias.

    +T.

  2. batiscafo diciembre 24, 2006 a 14:00 #

    Gracias a ti, Terzio. La última abuela que me quedaba, que murió el día de mi cumpleaños, era genial. No me enseñó a leer las estrellas, pero de ella aprendí muchas otras cosas estupendas.

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