Frío

27 Nov

Este fin de semana el frío ha tomado Sevilla. Después de un mes de tanteos y breves incursiones para reconocer el terreno, ha debido encontrar un flanco débil en la pobre naturaleza humana, propensa a la nostalgia y los catarros, y ha clavado sin piedad su duro acero.

Otro año igual, sin más defensa que el pañuelo, el encogimiento y la memoria dorada y perezosa de las dunas. Siempre comentando los mismos errores: “hay que ver lo que está lloviendo este año, el pasado no llovió nada; qué tarde llega el frío esta vez, un poco más y tomamos las uvas en la playa”…

Salimos a la calle con la cabeza enterrada en los hombros y los labios apretados, con el mal presentimiento de las salas de espera, frágiles, inseguros, más pequeños que de costumbre, vueltos a nuestra humilde condición de criaturas.

Me pregunto porqué, cuando el frío arrecia, nos encogemos en lugar de plantarle cara. A veces me rebelo, me yergo, relajo mis brazos, desentumezco mis piernas y le suelto burlona: no podrás conmigo. Y lo curioso es que así tengo menos frío.

La llegada del invierno sabe a jarabe infantil y a carta a los Reyes Magos. Quizá por eso nos pone un poco tristes, porque nos recuerda que ya no somos niños, que los Reyes son los padres… y a veces ocurre que tampoco hay padres. No es mi caso, gracias a Dios. Pero pasa.

También es tiempo de hacer balance del año, de rematar el cambio de temporada y de vida, de ordenar armarios y afectos. Y eso es bueno, porque es signo de esperanza y de juventud.

Ayer, revolviendo en un armario encontré una fina tabla de madera africana similar a la que encabeza esta entrada. Los armarios y cajones son un mundo. En ella aparece un pescador negro lanzando sus redes desde la barca. Está  dedicada y firmada en Kinshasa, en 1998, y no tengo la menor idea de cómo llegó hasta aquí.

Luego, más tarde, rescatando fichas antiguas que me sirvan para alimentar el blog me he topado con una cita de “Lejos de África”, de Isak Dinesen.

Congo no es Kenia, pero en lo más crudo del crudo invierno he decidido refugiarme en la cálida sabana africana como un ave migratoria. “Un hombre blanco que hubiera querido decirte una cosa hermosa, escribiría: ‘No puedo olvidarte’. Los africanos dicen: ‘pensamos que nunca puedes olvidarnos”. Es una hermosa oración y un buen oasis.

Se me ha quitado el frío.

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