Matrioskas

15 Nov

 

Aquella posición le permitía a Daniel controlarla por el rabillo del ojo. Fingía estar absorto en la lectura, mientras la hermana agitaba las melenas de los muñecos en una conversación absurda -de besugos, dirían los mayores, no sabía porqué: ¡si los besugos no hablan!-.

No le gustaba la matrioska. Se lo había repetido a su madre muchas veces, pero nada. Allí estaba, oronda y brillante, con apariencia inofensiva e incluso bondadosa.

Lo que no podía entender era cómo su hermana vivía confiada con aquella presencia inquietante en la habitación, mientras sus ojos iban y venían, nerviosos, del libro a la repisa y de la repisa al libro.

La matrioska sonreía con labios rojos de culo de pollo y pañoleta a juego -ahora que estaba casi solo podía decirlo bajito: culo-culo-culo, sin que lo oyera la hermana-. Parecía mirarlo burlona. Lo que no podía sospechar es que él ya había descubierto su secreto.

Daniel la miró fijamente intentando detectar cualquier pequeño cambio en su cintura. No le gustaban las intrigas. No soportaba siquiera cuando sus amigos o su hermana le decían: “luego te cuento un secreto”. Daniel era transparente como el cristal de la lámpara que pendía sobre su cabeza.

Él sabía lo que la muñeca guardaba en su interior porque un día lo había visto a hurtadillas. Había visto a la matrioska reproducirse a sí misma -ahora los llaman clones-. Estaba abierta en dos y de su vientre salía otra matrioska que, rajada como una naranja, daba a luz a otra en un parto terrible e incruento. Si no fuera por su madre, que en aquel momento pasaba por allí limpiando el polvo, Dios sabe lo que hubiera sucedido.

De nada había servido a Daniel suplicar hasta el berrinche a su madre que se deshiciera de la muñeca-trampa. La matrioska era recuerdo de un viaje de fin de curso a Rusia y no estaba dispuesta a tirarla al cubo de la basura porque sí. Es más, hacía unos días que la muy impostora había ocupado el lugar de su oso de peluche, que ahora descansaba sobre la cama de su hermana.

A Daniel no le quedaba más remedio que erigirse en vigilante, y pasaba las tardes observando disimuladamente a la matrioska desde el ángulo de su ojo derecho y las noches, con la mirada fija en un punto imaginario de la oscuridad esperando la inevitable invasión de las matrioskas gigantes.

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4 comentarios to “Matrioskas”

  1. JAVATO noviembre 16, 2006 a 14:00 #

    MATRIOSKA Ó LA MUÑECA DIABÓLICA, ARGUMENTO PARA UNA PELICULA DE INTRIGA CON FINAL A LO MARTES 13

    SALUDOS

  2. batiscafo noviembre 16, 2006 a 14:00 #

    Ja, ja, ja. Te cedo los derechos de autor, Javato. Ya hablaremos… 😉
    Me alegra verte por aquí.

  3. eclisada noviembre 16, 2006 a 14:00 #

    Vaya, esta fotografía me ha recordado a mi infancia. Aquellas esperas en el aeropuerto esperando, después de semanas, a ver a tú papi y nada más verlo, decirle: ¿Qué me has traido?

    Y en uno de sus viajes a Moscú me encontré un juego como ese de muñequitas una dentro de otra, con las que pasaba las tardes de los domingos a los pies de mi padre jugando mientras el veia el futbol.

    Gracias por hacerme recordar buenos momentos de mi vida, a veces se nos olvidan

  4. batiscafo noviembre 16, 2006 a 14:00 #

    Ya ves, y yo mirándolo desde el lado oscuro… 😉

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