Un inconveniente convenientemente considerado

10 Nov
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Me produce una envidia casi incontrolable saber que Londres se ha inundado durante mi ausencia, mientras yo me limito a estar en el campo. Mi propio barrio de Battersea, por lo que he oído, se ha visto favorecido como particular lugar de encuentro de las aguas. Battersea era ya, apenas hace falta decirlo, la más hermosa de las poblaciones. Ahora que dispone del esplendor adicional de los grandes mantos de agua, debe de haber algo particularmente incomparable en el paisaje (marino) de mi romántico pueblo. Battersea debe de parecer un trasunto de Venecia. El barco que llevaba la carne del carnicero debe de haberse deslizado sobre esas ondulantes vías de plata con la extraña suavidad de una góndola. El verdulero que llevaba las coles a la esquina de la calle Latchmere debe de haberse inclinado sobre el remo con la gracia inefable de un gondolero. No hay nada tan perfectamente poético como una isla, y un barrio, cuando se inunda, se convierte en un archipiélago.

Hay quien opina que estas visiones románticas del agua o el fuego faltan ligeramente a la verdad. Pero, en realidad, la visión romántica de tales inconvenientes es tan práctica como la otra. El auténtico optimista, que ve en estas cosas una oportunidad para el disfrute, es al menos tan lógico y mucho más sensato que el consabido “contribuyente indignado”, que sólo ve en ellas una ocasión para quejarse.

Haciendo caso al sabio consejo de Chesterton en “Correr tras el propio sombrero” -que leí ayer, como si fuera una premonición-, me enfrento a esta mañana de hoy que se prometía ajetreada, aunque previsible, y ha devenido en contratiempo o aventura, según se mire, pero con ribetes delirantes de “Día de la Marmota” en “Atrapado en el tiempo”.

La dura realidad me obliga a regresar a la entrada de “Tuberías” de hace un mes para continuar un capítulo más del “Misterioso robo de las conducciones de gas”.

Esta vez han sido diez metros de cobre, sobre el garaje, en aquel mismo lugar donde hace unas semanas José se descolgaba procedente del jardín vecino. Diez metros de ausencia, que han dejado las alcayatas viudas y los fogones mudos.

Una llamada urgente de casa me saca de la rutina. Me ausento del trabajo para resolver el engorro, mentando, en este luctuoso mes de noviembre, a todos los antepasados del ladrón. Abro la cancela y calibro el estropicio y la comezón que se instala en la boca de mi estómago, no sé si por hambre, por desolación o por las dos cosas al tiempo.

Después de resolver las llamadas pertinentes al seguro y al instalador del gas, me dispongo a regresar al trabajo, cuando me topo en la cancela, pero por dentro, nada más y nada menos que con la personificación de la pesadilla.

José se parece a Platero en que es pequeño y peludo, y poco más. Bueno, y en que es terco y recurrente, como los borricos. Suave y blando, sólo en apariencia. El diálogo que entablamos no tiene desperdicio. Yo, en jarras y furibunda; él, tranquilo, con cara de antiguo inquilino: “No Sra., que yo no vengo a robar. Le doy mi palabra. Que yo sólo venía a pedir un cigarrillo”. Y me espeta para mi sorpresa: “¿No tendrá uno?”.

Le explico cuál es mi opinión sobre el valor de sus palabras y sobre la cara tan durísima que tiene y lo vuelvo a echar de mis dominios, como si fuera un mal sueño.

José se va sin prisas, mendigando cigarrillos, mientras yo llamo a la policía, que me atiende, para mi sorpresa, con cajas destempladas. Me voy contrariada, quejándome de las fuerzas de seguridad, del alcalde y de la burocracia, con gesto de “contribuyente contrariado”.

Al cuarto de hora me llama la pasma. Han detenido a José, con las manos en la masa, y lo llevan a la comisaría. Que me persone para abrir diligencias. ¡Bien! Ciudadanía: 1; Anarquía: 0. Adiós a mi mañana de trabajo. Decido, para mi salud mental, tomármelo con filosofía o con literatura.

Llego a la comisaría y me atiende un señor grande con trazas de madero disfrazado de paisano. Me siento como en Istad, con el inspector Wallander. A José lo llevan al calabozo y aún tiene tiempo de lanzarme una mirada de inquilino desalojado mientras se quita los cordones de las zapatillas.

Allí, en mi Istad particular, me entero de lo que José provocó en el cuarto de hora que media entre mi salida de casa y la llamada de la policía, sin nocturnidad, sin alevosía y con una capacidad inaudita de “trabajo”: el robo de una tubería de agua en un colegio anejo, con inundación incluída, y varios metros más de tubería de mi casa que arrancó sin anestesia justo antes de que mi Wallander particular se lanzara sobre él. ¡Qué pena no haber estado allí! “Sra., Ud. no ha visto los últimos daños…”. Entro en casa y la comezón estomacal se vuelve nausea.

Mejor concluyo con Chesterton: 

No creo que sea un absoluto fantasioso o increíble pensar que incluso las inundaciones de Londres pueden tomarse y disfrutarse poéticamente. No parece  que hayan provocado más que inconvenientes; y los inconvenientes, como ya he dicho, no son más que el aspecto más accidental y menos imaginativo de una situación verdaderamente romántica. Una aventura no es más que un inconveniente convenientemente considerado. Un inconveniente es sólo una aventura considerada equivocadamente. El agua que rodeó las casas y tiendas de Londres debería, en todo caso, haber aumentado su encanto y embrujo previos.

Pues eso. También cabe una oda a una tubería seccionada o al gas que fluye libremente. No obstante, deseo con todas mis fuerzas que éste sea el último capítulo del “Misterioso robo de las conducciones de gas”. Del juez depende.

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