Ni te fíes ni te confíes

4 Nov

Esta mañana las tenía todas conmigo.

Los hados se habían conchabado para brindarme unas horas de asueto y esta vez sí que iba a alcanzar mi largo y acariciado sueño de meses: hacer deporte.

Mi anhelo nada tenía de elite. Sólo era una modesta excusa para soltar adrenalina, mala leche y alguna pena acumulada, a golpe de pulmón.

Lo que tienen los deseos vehementes es que cumplirlos se transforma en cuestión de supervivencia. Pasa con el trabajo a las puertas de unas vacaciones: un minuto más sobre la mesa y hubiéramos perecido.

¡Mañana de deporte! Allá voy, pertrechada con dos libros, chandal, zapatillas y el bolso Mary Poppins: con el móvil, la BlackBerry y todos sus avíos. Por si acaso…

Y pasó.

Un teléfono frenético, un can canallesco, un trueno atronador. Y todo da un giro caleidoscópico, copernicano y surrealista.

Mañana de trabajo febril. Primero sobre el tejado de los vestuarios, aún con sol y gruñidos caninos y amenazantes dos metros abajo; y después en el banco del cambiador, a la espera de un paraguas que me rescate, viendo llover sueños rotos.

Saldo final: treinta correos electrónicos, siete llamadas, sensación de sobrepeso, óxido en las rótulas y un suspiro.

El único consuelo gamberro, imaginar qué pensaría el que está al otro lado del teléfono o del mail si me viera de tal guisa… y convertirlo en historia. No te fíes. Nada es lo que parece a simple vista.

Esta mañana las tenía todas conmigo. O eso creía.

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