Misericordia

31 Oct

El otro día hablaban en los blogs amigos  de Rocío Arana y García Maiquez de esos “versos que se clavan y te rondan en momentos importunos”  y yo en estos días me repito “como un mantra” los versos, ya mencionados en otra ocasión, de Rosales: su presencia más honda te será concedida si esperas con los ojos. La esperanza es el modo de tener el milagro.  Pues que se clavan, a ellos me agarro “como a un clavo ardiendo” cuando apremia la vida y no cabe abdicar de la sonrisa.

La esperanza es la memoria de la Redención, cuyos méritos nos apropiamos cuando sabemos confiar. Por contra, el pecado contra el Espíritu Santo, la desesperanza, es el único pecado que no puede ser perdonado.

En la vida de Cristo hay un misterio que me consuela hasta lo indecible y que tiene como escenario el Huerto de los Olivos.

Me conmueve ver a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, un sólo Dios con el Padre y el Espíritu Santo, asumir en su naturaleza humana incluso las consecuencias del pecado del hombre: el cansancio, el dolor, la soledad, la angustia, el temblor. Me conmueve ver su alma humana debatirse a la aciaga hora de beber el cáliz que se le presenta, y padecer el abandono humano más total que le hará gritar: “Eli, Eli, lama sabachthani”.

Me consuela porque es muestra de la condescendencia divina, de su amor paterno, y porque esa soledad y ese dolor de Dios hacen que el hombre ya nunca más se pueda sentir abandonado, sino arropado por los brazos más tiernos y fuertes que cabe imaginar.

Me viene al corazón una vez más la oración “Misericordia” de Luis Rosales.

Señor, Señor,

gravitación de horizontes en sereno equilibrio,

playa de soledades donde el cielo y el mar fueran estatuas,

mansedumbre sin voz, hierba de siempre, sosiego de mis ojos,

escúchame:

tú sabes que yo nunca he negado el presente

y el presente eras tú cuando yo te buscaba

por los rincones de mis ojos heridos,

por la corriente viva de las aguas empapadas  de cielo,

y en la nieve,

a ti, Señor,

amor sin determinaciones,

presencia sin instante

a ti, Señor, en la nieve absoluta;

nunca en el mar

porque el mar nos lleva lejos de ti,

nos aísla, nos hace dioses sobre la arena de la playa,

por su oculto brillar de premura en acopio,

por la ciega oración de los sentidos;

nunca en el mar

donde nacen las olas con los labios cerrados,

porque el mar quiebra su línea para no espejar el cielo,

y yo te busco, Señor, Dios de misericordia,

con los ojos anegados en llanto,

sin saber nada, sin desear nada,

pero tambié sin olvidar nada para entregarme a ti.

Suprime mi sonrisa, cámbiala por el gozo:

esa sobria y precisa alegría que no turba ni ofende,

suprime mi sonrisa, Señor, hoy que comienza

esta ascensión callada por la fiebre del pasmo;

dime, dime, Señor, ¿qué es este gozo mío?,

¿por qué sabe a madera mi voz cuando te nombro?

¿por qué un cuerpo de hombre se desdobla en la sombra?;

dime tú, luz rendida, advenir sosegado,

¿a qué suerte de visión encendida le llamamos amor?,

¿no ha llegado la noche donde todo se junta?,

cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío.

He aquí que fue el silencio el primero de tus dones,

era el silencio:

tierra sin hierba en noche estremecida,

después sólo tus ojos entre el ser y la nada;

¿qué evidencia de amor movió su lengua?;

era el silencio,

toda la tierra en éxtasis como un mar asombrado;

fue cántico la vida porque el silencio era

sobre el haz de las aguas la unidad de las cosas.

Comprended

que el silencio es como una oración inmóvil,

como el desangrarse de un corazón;

oíd, montes, mares, islas:

he aquí que el silencio es amor;

yo lo pongo a tus plantas y con él la norma,

la intención de perseverar en el instante puro;

no lloro lo perdido, Señor, nada se pierde.

He aquí que ahora tengo un amor abandonado a ser puro

instante supremo,

un amor cuya sola presencia era ya una oración;

fue tránsito en sus ojos la ceguera del agua,

y vibraba en su piel

el vaho manso y caliente que desprenden los lirios;

todo por ti, Señor, pura brisa sin norma,

porque el amor es como un gran desierto lleno de su presencia,

cielo postrado, mar sin orillas, alba,

su soledad fue abriendo una puerta en el viento;

todo por ti, Señor, total forma gozosa

vivido, dulce, grave, transparente y herido:

hay que ordenar la espuma y dejar correr el agua;

oíd, montes, mares, islas:

era el amor,

sin nada,

el milagro sin límites de su ensimismamiento;

yo lo entrego en tus manos de nieve y llanto míos,

con él te ofrezco el universo entero;

no lloro lo perdido, Señor, nada se pierde.

Aún me brindaste el don del llanto,

fue impotencia de ser como tú deseabas,

cristiana certidumbre de sentirme incompleto;

fue vanidad de perfección, decía:

Yo no burlaré el dolor;

y era el llanto, Señor, la oración de la carne,

tú tan sólo comprendes esta impureza mía

porque nada me ha engañado tanto como mi sinceridad;

no lloro lo perdido, Señor, nada se pierde.

He aquí que aún me queda el dolor,

ese dolor conmovido y callado que tienen los puertos

y las manos de los locos;

mis oídos y mi lengua olvidan las palabras,

gasta el dolor mi cuerpo como un leño encendido,

y yo pregunto, yo, hombre tan sin consuelo,

nacido de mujer, nacido para siempre,

para siempre, Señor, por la iluminación de tu misericordia;

yo pregunto: ¿qué es el dolor?;

oíd montes, mares, islas:

yo no he de hablar de la amargura de mi alma,

porque el dolor no es la sombra de tu cuerpo

sino tu cuerpo mismo,

tu cuerpo de cristal encendido tan claro:

el dolor es la llama de tu visitación.

Yo lo pongo a tus plantas y con él la soledad

donde mi propia carne se desposó conmigo;

soledad de la infancia que me hizo pecar tanto,

y que hoy vuelvo a sentir

como el descendimiento de la cruz donde estuve,

como el desprendimiento del peso de su cuerpo para el hombre crucificado.

Y he aquí que era la soledad mi última tentación;

tú me escuchas, Señor, número tan divino,

total forma gozosa, presencia sin instante,

tú haces rodar el sol por la pendiente del día

y hs visto las estrellas abriéndose en el cielo,

tú que afirmas mis pies en la tierra que pasa,

tú que has puesto en la angustia de mis labios de hombre

una sola palabra de temblor aterido;

todo te lo devuelvo para quedar desnudo

y ya, sin voz, ante ti, te pido que no apagues

la hora mansa y la paz de mi entrega absoluta;

no lloro lo perdido, Señor, nada se pierde;

oíd, montes, mares, islas:

gracias, Señor, por esta total nada serena que a mi inquietud le brindas,

sin un temblor,

humanamente solo,

misericordia pido, Señor, misericordia.

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