• Puente de mando

    Cristina Abad. Sevilla. (España)
  • Carta de navegación

  • Sin Perdón

    -Si le he dicho que no, no ha sido por que tenga marcas en el cuerpo y en la cara.

    Lo que le dije la otra mañana de que se parecía a mí no es verdad. Usted no es fea como yo, sólo que ambos tenemos cicatrices.

    Usted es una mujer muy hermosa y si quisiera un servicio gratis la elegiría a usted antes que a las otras dos. Sólo que no puedo… por respeto a mi esposa.

    -¿Su esposa?

    -Si, verá…

    -Es digno de admiración por ser fiel a su esposa. He conocido a muchos hombres que no lo son.

    -Sí, supongo que sí.

    -¿Ella vive en Kansas?

    -Sí…, sí. Se ha quedado cuidando a mis hijos.

    (William Manny -Clint Eastwood- a la prostituta marcada por dos vaqueros cobardes).

  • Morfeo a Neo en Matrix

    "Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."

Mucho más que un instinto

(Ese es el título de mi última columna de Nuestro Tiempo. Hace más de un mes que no escribo. Y no porque no haya pensado en mis lectores cada día. Pongamos que el otoño me ha dejado afónica… Vuelvo tímidamente, consciente de que la entrada es tramposa pero confiando en que el efecto placebo me sirva de remedio. Lo estoy deseando. Gracias por aguardar fielmente). 

Ahora, la columna:

Mucho más que un instinto

Hace pocas semanas Sharon Stone confesaba haber sufrido en el pasado dos abortos espontáneos que aún no ha podido superar. Nunca sabemos los dramas que esconde el celuloide. La protagonista de Instinto Básico, icono erótico de varias generaciones, envidiada a sus cincuenta y un años por la eterna juventud que reflejan sus anuncios de Dior, de quien es imagen, perdió dos hijos en el quinto mes de gestación y describe la experiencia como “algo horrible”. La revelación me ha despertado un sentimiento de simpatía porque contrasta con esa imagen de ‘femme fatale’ que muestra en sus películas de alto voltaje. En un momento de su vida, con varios fracasos matrimoniales a las espaldas y “la celebridad como profesión” –como ella misma reconoce-, Sharon quiso ser madre biológica y no pudo. El cine lo hace todo posible, pero la vida real no es tan generosa. Hoy es madre de tres hijos adoptados.

Para cuando vea la luz este artículo, hará tiempo que muchos volvimos de gritar en Madrid que ‘cada vida importa’, que el vientre materno no puede convertirse en una batalla campal con dos víctimas y ningún ganador: el niño no nacido y la mujer no madre. Habremos asistido al consabido baile de cifras de manifestantes, y nuestros gobernantes continuarán con su proyecto mortal arguyendo que la norma amplía el marco de libertad de la mujer; disipando, como si fueran jirones de humo, pesadillas del síndrome post-aborto mucho más espeluznantes que las de Sharon Stone.

La sensación de esfuerzo inútil que a veces nos embarga tras las manifestaciones tiene su fundamento. Una amiga estudiosa del tercer feminismo me decía hace unos días: “de poco sirven las pancartas y las alternativas al aborto si no generamos un discurso intelectual sólido y no ofrecemos a la sociedad propuestas proactivas que permitan a la mujer desarrollar todas sus capacidades”. Me hablaba con admiración de mujeres que vuelven de un feminismo radical con asombrosa lucidez y espíritu combativo, dejando en el camino jirones de piel.

Profesionales de primera línea, como la periodista alemana Eva Herman, que han sido capaces de enfrentarse a ideologías que ellas mismas sostuvieron y propugnaron, para elegir, en ejercicio soberano de su libertad, lo que consideran que les hace más felices: trabajar fuera de casa, conciliar o cuidar de los suyos y de su hogar.

Hay montones de mujeres cansadas de luchar contra sí mismas, de emplear sus mejores energías en las galeras de un trabajo extenuante mientras a sus hijos -en el caso de que se decidan a tenerlos- los crían la empleada o los abuelos, de acabar siendo extrañas en su propia casa. Pertenecen a una generación que intenta buscar un punto medio entre el sometimiento multisecular y las carreras suicidas del feminismo a ultranza. Quieren aportar su capacidad de humanizar a la sociedad, al trabajo y a la familia, y esperan del hombre que ocupe también el puesto que le corresponde en cada uno de esos ámbitos para construir una sociedad que explote toda la riqueza que comporta la complementariedad de varón y mujer. Una sociedad que entienda que tener una mujer madre en plantilla es un activo para la empresa que compensa las bajas maternales y los horarios reducidos, y que la ausencia del padre en la vida familiar supone un perjuicio para los hijos difícilmente reparable.

Ya se oyen voces, algunas sorprendentes, como la de la actriz de Pensilvania, nada sospechosa de ser “conservadora”: “Hubo un tiempo en que ser la famosa Sharon Stone fue uno de los objetivos de mi carrera. He comprendido que la adoración vacía, estar sola en la cumbre, no es sustituto de la familia. He estado enamorada de mi profesión y ahora también lo estoy de mi familia”. “Siento que el verdadero amor es equilibrio, calma, paz, paciencia y amabilidad, no una emboscada como yo viví”. “Recibo cientos de ofertas para hacer televisión, pero el horario es muy intenso y yo tengo niños pequeños. Si tuviera un padre que cuidara de ellos tal vez sería diferente, así que si lo encuentro ya veremos”. Bien por Sharon.

Los niños son poetas

Calle Valparaíso. Llueven las hojas de acacia bajo el sol de membrillo. Un niño tan pequeño que sorprende que camine se acuclilla agarrado a la mano de su madre. Después de observar la alfombra otoñal toma muy concienzudo algo entre el índice y el pulgar y se levanta exultante: ¡Mamá, mira! ¡UNA HOJA AMARILLA!

Equinoccio autumnal

Os dejo mi artículo del último Nuestro Tiempo en el que tengo la enorme suerte de compartir vecindad con Enrique, que ocupa la columna de invitado. También en ese número firmo el tema de portada “Mayoría de edad, un concepto en crisis”, con unas ilustraciones magníficas y un trabajo de edición por parte de Javier, Sonsoles y todo su equipo, que no aparece en la firma pero que yo aplaudo aquí en justo agradecimiento.

 

CRISIS VACACIONAL

Años atrás por estas fechas, los psicólogos solían prevenirnos de la crisis post-vacacional que se avecinaba, consistente en incorporarse al trabajo hecho unos zorros después del frenesí veraniego; pero este año, por primera vez desde hace muchos, tuvimos que enfrentarnos a una crisis pre-vacacional. En lugar de sufrir el hartazgo y el agotamiento derivados de obligarnos a pasarlo bien de la manera más cara y snob, allá por junio la crisis consistió en averiguárnoslas para pasarlo fetén en familia con el mínimo gasto posible, cosa que requería del concurso de la creatividad de todos. El balance revela ahora que aquel planteamiento mereció la pena: las vacaciones así planteadas nos pueden devolver como por ensalmo a la Arcadia que tanto anhelamos. Aquellos tiempos en que éramos felices con menos que nada: hacinados en un seiscientos en el que milagrosamente cabían cinco niños y dos adultos –imposible hoy gracias a la normativa de seguridad vial–, encadenando canciones infantiles, jugando a capicúa con las matrículas o resolviendo acertijos.

Si el viaje era corto partíamos con las ventanillas bajadas, por donde asomábamos la cabeza pese a la prohibición de los mayores, los ojos cerrados, la boca abierta, sintiendo el azote del viento sobre el pelo revuelto. De cuando en cuando se colaba una avispa y, entonces, el coche se convertía en un revoltijo de piernas y brazos, protestas y gritos, hasta que papá o mamá decían: “Para ahuyentar a las avispas lo que hay que hacer es estarse muy quieto y morderse la lengua”. Si el destino era lejano, entonces nuestros padres organizaban el viaje con nocturnidad, premeditación y alevosía, para burlar la canícula y evitar, con el sueño y las tinieblas, el insufrible “queda mucho” que cada cinco minutos pronuncian todos los niños viajantes del mundo. Al amanecer nos despertaba el frenazo del coche, el susurro materno –hemos llegado– y aquel aroma capaz de convocar la felicidad durante el resto del año. Salíamos entumecidos, atontados, con la boca pastosa pero felices. Qué poder tienen los olores para atravesar la barrera del tiempo.

Aquellas vacaciones tenían algo de salvaje, libertino y primigenio. Obviar los horarios, liberarse de los zapatos y de la ropa, lavarse menos, aventurarse por parajes ignotos, perder el rastro de un escarabajo en la arena, comer sin cubiertos. Era un placer subvertir el orden y la decencia. En la playa, en el campo se podían hacer todas las cosas que estaban mal vistas en la ciudad.

Yo recuerdo los viajes de Valencia a la casa familiar de Brenes, donde pasábamos el verano con los tíos y los primos: la cabaña secreta hecha con cajas de madera donde contábamos historias de miedo a la incauta luz de una vela, las andanzas suicidas por cornisas y terrazas, los atracones de mandarinas.

Y también los traslados a Marbella, donde mis padres alquilaban un apartamento frente a un famoso hotel, que aún existe. El apartamento tenía sólo un dormitorio y una sala con cocina americana. Con seis años aprendí a fabricarme una con los cojines del sofá y todos los años repetía el rito iniciático burlando la vigilancia del responsable de recepción para quien yo no existía. No nos daba para una habitación más grande.

Allí jugábamos a que éramos ricos y famosos: paseábamos por el campo de golf, nos sumergíamos en las aguas turquesas y, de cuando en cuando, nos colábamos–como en la canción de Mecano– en las fiestas de la jet, donde, ya no sé si me asiste la memoria o la fantasía, creo recordar haber visto a Gunilla Von Bismark y a Julio Iglesias, aunque de lo único que estoy cierta es de haber cantando con Mª Carmen y su acordeón la canción de “Los Pajaritos”.

De aquellos veranos marbellís me traje el primer baile con mi padre, un sombrero cordobés que me regaló mi madre y un retrato hecho en pastel por un artista local, que todavía anda por casa, y en el que, treinta años después, me sigo viendo demasiado mayor para mi edad. 

Una capa mágica

Es curioso. El tópico dice que una mujer nerviosa o preocupada no necesita que le solucionen los problemas sino sencillamente que la escuchen.

A mí me ocurre lo contrario. En esas circunstancias entro en estado de mutismo (mi ausencia del blog es testigo) y agradezco que me ignoren cuanto más mejor.

Quisiera tener una capa de desaparecer para llegar a casa, al trabajo, hacer todas esas cosas ingratas sin que nadie me mire ni me pregunte gentilmente, y volver a la consistencia física con todo resuelto y una sonrisa en los labios. (Esto de la capa es una de esas ficciones de la infancia que más deseo que la técnica haga posible).

Probablemente porque verbalizar lo que me ocurre supone una inversión de tiempo demasiado precioso, no resuelve el problema y me pone de peor humor al dejar patente mi dificultad para hacer varias cosas a la vez.

La picaresca no es lo mío

No soy avispada para la vida práctica, la verdad. No me gusta colarme en los sitios ni suplantar la personalidad de nadie, aunque sea en cosas de poca monta como buscar una buena esquina en Semana Santa, pasar por socia en el videoclub o saltar una valla prohibida.

Tampoco se me daban bien los cambiazos en el colegio ni en la universidad. Echar una miradica al folio del vecino o sacar una chuletita discreta, pase, pero no más. Me sudan las manos, tiemblo y se me pone una cara de culpable que me delata al instante.

En este tipo de cosas no cumplo el tópico hispano del Lazarillo de Tormes -injusto por otra parte. El otro día se lo dijo a X cuando fui a recoger sus pruebas del preoperatorio a una hora en que ella tenía otro médico.

-No te prometo nada.

–Que sí, mujer, y si te dicen que necesitas mi autorización, te das la vuelta y escribes en un folio la fórmula con un garabato que se parezca al mío.

En el camino ensayé. Llegué a la consulta y dije con naturalidad:

-Buenos días, vengo a por los resultados de un estudio preanestésico.

-Muy bien, ¿nombre?

-Fulanita de Tal y Cual. (Hasta aquí bien y sin trolas).

El médico se acercó a un archivador, rebuscó un poco y sacó una carpeta. Antes de volverse tomó un fonendoscopio y lo colocó sobre la carpeta y puso todo sobre la mesa. Después tecleó en el ordenador y levantó la mirada:

–Muy bien. Pues ya lo tenemos. Ahora, póngase de pie ahí que la voy a auscultar.

Al salir llamé a X:

-Oye, yo por ti hago lo que sea… menos operarme.

Propósito de la enmienda

Me llega por burofax la citación como TESTIGO de un juicio. Es la primera vez que participo en un proceso. Además de declarante da la casualidad de que soy víctima del delito de robo y que el sucedido de marras tuvo lugar hace tres años.

Podría generarme cierta curiosidad por novedoso o un sentimiento de buena ciudadanía. Pero el hecho de que el texto concluya: “le advertimos que de no acudir como testigo incurrirá en la multa de 200 a 5.000 euros”, me quita la emoción. 

Sobre la lentitud de la justicia no se menciona nada aunque sospecho que va implícito en la amenaza. Pasado el tiempo, pocas ganas y pocos recuerdos nítidos de los hechos quedan y la tentación de hacer novillos es casi irresistible para cualquiera.

Comprendo que son cosas del lenguaje administrativo (por cierto deplorable en su forma), pero me siento inculpada y a la vista del párrafo intimidatorio sólo me sale este propósito de la enmienda: nunca más colaborar con la justicia.

Llama de amor

En la calle Valparaíso. De frente, por la acera estrecha, con paso de marcha atlética y gesto triunfal, viene un señor de pelo cano. Calza deportivas y viste camiseta de tirantes y pantalón corto. En el puño lleva agarradas unas varas de nardo envueltas en celofán. La antorcha olímpica del esposo fiel.

Cocktail

Pasé la tarde del jueves combinando con Rocío sus dos pasiones: los libros y el maquillaje (en un porcentaje 70-30).

-¿Otro día volvemos a por la crema x?

-Vale, pero sin makimarujeos.

En la librería ojeamos “G.K Chesterton. Sabiduría e inocencia”, de Joseph Pearce que se nos antoja, pero retrasamos el placer de comprarla.

Yo me llevo “Edith Stein. Obras selectas” y “Edith Stein. Un prólogo filosófico (1913-1922)”, de Alasdair MacIntyre, una introducción a su pensamiento. A los dos libros les tenía muchas ganas.

De aperitivo, mientras tomamos algo, le leo unas citas maravillosas que anoté hace dos años.

-Da gusto poder hablar de los libros que nos gustan. ¿Sabes que he abandonado la fanta de naranja? Me he pasado a la Coca-cola.

-¡Noooo!

Cambio de papeles

Otra día más por el camino de baldosas amarillas donde nada es lo que parece.

Una niña de unos cinco años protesta de los cuidados maternales. “Deja mamá, que ya soy mayor”. 

Yo voy escuchando muy ufana en mi PDA: “what can you do for me, you nasty frog? My golden ball has fallen into the spring”.

Bisagras

Antonio el herrero recuerda cuando de chico acompañó a su padre a colocar nuestro portón de entrada. De eso hará treinta y tantos años.

Estos días de calor lo han dejado (al portón) un poco protestón y renuente. Hasta que Antonio decida que es hora de cambiar los pernios por inservibles o anticuados, su función es facilitar la entrada al que venga.

Al parecer, que la bisagra se conserve no depende sólo de la edad. También de lo suave y adaptable que sea. Una bisagra chirriante, vengativa, terca, es una bisagra vieja e inservible por pocos años que tenga. Conozco unas cuantas que hacen odiosa la llegada.

“Dicen que somos la generación bisagra”, me cuenta ML mientras apuramos una cola on the rocks de inauguración de la temporada. Nos educamos en el “porque lo digo yo” de nuestros padres y nos enfrentamos al “porque me da la gana” de nuestro hijos. En medio, en posición comprometida y haciendo juego como Dios le da a entender, la bisagra.

“Es importante ser flexible y compasivo”, dice M. Está claro. Y saber pedir aceite, añado. Tampoco estaría de más enseñar a usar la puerta con moderación. Pero todo es compatible. A final, a la bisagra la juzgarán por si cedió o no.