Me marcho unos días -bastantes- a Palencia. No es un lugar que me pille de paso precisamente ni se me hubiera ocurrido elegirlo como destino vacacional, pero allá me voy, con una maleta “porsi” de entretiempo, anacrónica en estas latitudes sureñas, unos cuantos libros -Vida y destino, de Grossman (para intentar otra vez); El ardor de la sangre, de Nemirovsky; ¿Qué es el cine?, de Bazin (a ver si lo termino), y El Quijote, para releer- y muchos deseos de conocer ciudades imprescindibles, en particular León y su espléndida catedral gótica.
Y con la ilusión de volver a uno de los parajes que más me enamoran de nuestra geografía, un lugar agreste donde aún planea el buitre leonado y el espíritu de los antiguos monjes del alto medievo: la ermita de San Frutos, junto a Sepúlveda, aislada en su silencio por el curso caprichoso de las Hoces del Duratón que la circundan y parten en dos la meseta castellana, como después de un terremoto.
P.D.: No sé si en la casa en la que estaré habrá internet, ni tampoco si tendré ganas, tiempo y/o energías para escribir alguna entrada, de ahí el tópico preventivo del titular. En todo caso, bienvenidos al nuevo curso y hasta pronto. Yo me incorporo un poquito más tarde, como en los buenos tiempos de estudiante.





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