En la cola del súper, después de apercibir con clarines a la clientela para que compráramos pepinos españoles, la señora cambia de tercio:
“Y Ortega Cano entre la vida y la muerte. Yo con la que no puedo es con la peluquera: Que si Ortega es marica… ¿Y ella que sabrá? Además, ¿qué? ¡Ni que fuera ladrón! Con la cantidad de toros que ha matado, jugándose la vida… Y pa’colmo, se ha llevado por delante al del otro coche. Accidentalmente, el pobre”.
Luego se para, coge aire, mira al ruedo con gravedad y sentencia:
“Caterva de calumniadores”.
Dos orejas, el rabo y vuelta al ruedo.


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