Un gato funambulista pasea sus andares por la guía de la lona de la pérgola. Se ha parado sobre el travesaño metálico y mira hacia abajo muy fijo, con el lomo arqueado y tenso.
Es el primer gato de la temporada y me alegro de que sea negro y de que haya venido a verme o a dejarse ver en un día plomizo y desguarnecido. Me consuela y me da tema de conversación hoy que, por prurito periodístico, hay que decir algo para no dejar la reflexión pre-electoral colgada de su soga hasta dentro de cuatro años que es lo que me sale del cuerpo en estos momentos: dejar a los muertos que entierren a sus muertos.
Hoy es muy lunes de resaca post-electoral. No quiero añadir más valoraciones. Ojeras, cansancio, depresión. Esto no lo arregla Bourjois “efecto 10 horas de sueño”, Adaldrida. Me duele hasta la piel. Soy Tauro, que es lo mismo que decir que soy española por los cuatro costados: el norte, el sur, el este y el oeste. Y me pesa el sur, sobre todo. Este sur que se hunde en su folklore y en su desidia, aunque Antonio Burgos en su pregón de ayer se atreva a decir:
“En estos tiempos del relativismo que ha borrado las fronteras entre el bien y el mal; del laicismo de una sociedad que niega todos los valores y principios morales y éticos, y se burla de la religión, y la desprecia, y la margina en los colegios… En una España que pone en duda la tradición de su fe, Sevilla, saliendo en masa a ver sus cofradías, emocionándose ante un Crucificado, conmoviéndose con el andar humano de un Cristo Nazareno, diciéndole a una Virgen sencillamente la oración sin palabras de unas lágrimas… En estos ritos no aprendidos que traemos en la masa de la sangre, el pueblo llano y soberano de Sevilla proclama colectivamente el sentimiento y la emoción de su fe, la cercanía familiar de lo divino”.
No me consuela la idisincrasia andaluza, Antonio, este a Dios rogando sin dar palo al agua, ni martillo al clavo, esta fe un tanto fiducial, en la que caben la saeta y el cobro de las peonás no trabajadas; la levantá y la llave de la cámara de los horrores; Y sin embargo hoy me agarro a ella, como el gato negro se aferra a su travesaño mientras mira con espanto el vacío de cuatro años por delante.
No ha terminado la Cuaresma y el azahar rompe la vigilia con sus excesos. Son las cosas de esta ciudad, de este pueblo andaluz:
“¿Que por qué la Semana Santa aquí no es triste? Pues porque hemos visto muchas veces esta película, usted. Siglos la llevamos viendo. Y sabemos que termina bien. Vamos, divinamente, porque es cosa de Dios. Sabemos que aunque lo pase muy malamente, al final, el bueno, el Muchacho, el Hijo de la Señora Guapa, gana y se sale con la suya, que es morir para salvarnos. Y que después, además, resucita el Domingo: en Santa Marina concretamente. Y si sabemos que la película tiene un final feliz, ¿a qué ponernos tan tristes y tomarnos las cosas por la tremenda como en Castilla?”.
Sí, éste es el único consuelo verdadero. El mundo no es de la derecha ni de la izquierda, el mundo es de Dios, pero Dios lo alquila a los valientes. Aquí no vale vivir de okupa ni de las rentas de señorito andaluz latifundista. Hay que trabajar la tierra con las manos, porque hay muchas bocas ávidas de verdad, de dignidad, de libertad: “la libertad con que Cristo nos ha liberado”.
Miro a la pérgola de nuevo. No queda rastro del gato negro. Me pregunto si habrá caído de pie o, por el contrario, habrá consumido alguna de sus siete vidas.



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