Dos días después de la desarticulación del Comando Nafarroa. Sin previo aviso “o casi” y en pleno trasiego estudiantil.
Habré pasado miles de veces por ese aparcamiento durante los cinco años de carrera, sobre todo los tres primeros, cuando éramos nómadas y repartíamos las clases entre Económicas, el Central y Arquitectura, y ún no existía el edificio de Ciencias Sociales.
¿Qué culpa tendrán los profesores que allí comunican su saber, qué delito las generaciones de alumnos que se preparan para servir a la sociedad, los bedeles, las limpiadoras, los jardineros, el cerezo japonés?
Son los cobardes métodos del terror. Claro, el arma de la palabra es mucho más difícil de blandir que una pistola, que el mando de un detonador.
Ya son seis los atentados que ha padecido la Universidad de Navarra, mi universidad, y nadie ha sido capaz de amordazar el amor a la verdad y a la libertad que se transmite en ella.
¿Qué creéis que habéis logrado? Más abyección, más miseria.
P.S: Un abrazo afectuoso a todos los alumnos, profesores, representantes académicos, personal de la Universidad, de la revista Nuestro Tiempo, Anacó, Sonsoles, a los heridos, especialmente…


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