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Zahorí en Valparaíso

15 abr

En aquella ladera llovía de arriba a abajo con ímpetu monzónico, pero también de abajo a arriba, a través de la mina que brotaba en lágrimas por los estanques y transmitía su ligero temblor de siglos al verdín y a las carpas rojas. Llovía dentro de la casa y el agua dibujaba ectoplastias en los muros y en las alfombras recogidas a destiempo.

Del costado del Cristo también manaba agua, agua y sangre: una risa de resurrección que contagiaba al magnolio, a los naranjos y pomelos, a los cañaverales y hasta a los perros del cementerio en un ensayo de penúltimo día.

Y yo, frente al ventanal donde, lo que son las cosas, Don Juan pudo ver su apartada orilla, flanqueada por dóciles palmeras, quieta y callada, como los peces, como los perros, como sus amos; yo en la vieja capilla, rodeada de libros y de buenas intenciones, hacía acopio de aguacero en mi alberca,  suplicando ese temblor fontanal, ese manantial de la doncella, que hoy parece atraer poderosamente mi vara zahorí.

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