
A propósito de la recomendación profiláctica del Colegio de Médicos, ayer comentábamos en el desayuno si en las puertas de las iglesias también colocarían un cartel similar: “No beses, no des la mano. Di ‘la paz sea contigo”.
En mi parroquia dos mendigas se disputan el puesto de la entrada. Una gitana de mediana edad, zalamera y bien nutrida, celosa de su papeleta de sitio, que cubre los fines de semana, cuando más feligresía asiste; y una anciana mínima, que hace el turno de los días laborales sentada junto a la cancela.
Nunca pide nada, y yo, por costumbre de dar limosna dentro cuando pasan el cepillo -como se decía antaño-, tampoco le doy nada. Bueno, la saludo siempre, eso sí. La miro a los ojos, sonrío y le doy los buenos días. A veces se le enciende la cara y me contesta tímida, pero otras se queda ausente, cabizbaja, como si no me hubiera oído, dejándome con mala conciencia.
Por prisa de ir al trabajo nunca me paro a hablarle. Sé, porque alguna vez la he visto, que después de misa se pone a la puerta del supermercado donde pasa el resto de la mañana. Desconozco si tiene o no familia, si está enferma, desahuciada.
La otra semana la saludé al entrar y me coloqué en el antepenúltimo banco junto al pasillo, guardando la debida distancia de seguridad del fiel precedente y calculando no ocupar el último, que siempre es el recurso de los rezagados.
Al llegar “la paz” me entró la aprensión de todos los días. No por la gripe A -todavía el Colegio de Médicos no había lanzado su eslogan preventivo-, sino porque hace calor y a mí me sudan las manos.
En Sevilla hay un acuerdo tácito de inclinar la cabeza cuando llega el calor, que aquí alcanza el rango de “las calores”, pero siempre hay algún imprevisible fraterno que se lanza a chocarte los cinco aunque te resistas: “no se preocupe, hermana, que no me importa”. “Ya, pero a mí”…
Pues, como digo, al llegar el momento de la paz me asaltaron los temores ancestrales. Resistí la tentación de salirme de la iglesia simulando un golpe de tos –cosa que alguna vez he hecho cuando me ha fallado el cálculo- y miré muy fija y devota al frente, con los brazos bien cruzados.
Pasó “la paz” y cuando el sacerdote incoaba “Cordero de Dios”, note una presencia próxima, en el pasillo. Hice caso omiso, pero la silueta continuó a mi lado recortada a contraluz, hasta que unos golpecitos suaves en la espalda me sacaron del camelo y me obligaron a volver la cabeza.
La anciana mendiga estaba junto a mí sonriendo y tendiéndome la mano. Se la apreté con fuerza, y ella hizo un mohín entre impaciente y aliviado.
No reparó en que estaba húmeda. A los pobres poco les importa una mano sudada si no está vacía. Después la sentí regresar a su puesto en la entrada de la iglesia arrastrando los pies con pasitos cortos. El sacerdote y el pueblo oraban: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”. Me entraron unas ganas enormes de llorar.
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