Cae una lluvia fina, blanca y fresca sobre la ciudad como colcha limpia de enfermo. Y yo, que espero paciente el fin de mi convalecencia, me dejo cubrir por ella con mansedumbre.
Mi mal tiene difícil remedio, por eso, siguiendo el consejo casero de que las fiebres hay que sudarlas, hoy me someto al calabobos como a una vacuna, por si fuera verdad eso de que la mancha de mora con otra verde se quita. Cada situación tiene su música y a mí cuando llueve me viene desgarrado aquello de Maná: “Me tienes como un peeerro herido”.
En Andalucía llueve tan poco que no hay sinónimos. Me dan una envidia tremenda el txirimiri vasco, el calabobos burgalés y el orbayu asturiano, por no hablar de los nombres gallegos: barbaña, babuxa, barruñeira, chuviñada, froallo, lapiñeira, marmaña, patumeira, zarampallada, zarzallo. ¡Qué hermosas y ricas variaciones!
Los días lluviosos del sur siempre dan la misma película en blanco y negro, y cuesta quitarse la tizne de los dedos y del alma. Miras la cartelera y sale otra vez el mismo título: lluvia. “Sigue lloviendo, sigue lloviendo el corazón”.
En las escenas sólo destaca el color naranja, como el rojo en “La lista de Schindler”. La naturaleza ha determinado el naranja como señal de peligro, por eso lo usan los reptiles y los arácnidos venenosos. Ahí están los autobuses de la Tussam, que son un peligro público, y los naranjos aún poblados, las pintadas en las aceras…
Me paro bajo un árbol mientras espero no sé si a que cambie el semáforo o a que me parta un rayo –una de dos-, pero me ataca el ámbar y con él la vida del Porvenir que bulle tentadora sobre mi monotonía.
Cambio de tonada. Llega Silvio en mi auxilio: “Si me dijeras pide un deseo/ preferiría un rabo de nube/ que se llevara lo feo/ y nos dejara el querube./ Un barredor de tristezas/ y un aguacero en venganza/ que cuando escampe parezca nuestra esperanza”.
Sevilla no está hecha para la lluvia. Te pasas todo el camino sorteando cosas color naranja y charcos como Melvin (Jack Nicholson) en “Mejor imposible”. La lluvia en Sevilla no es ninguna maravilla (ya sé que no es la traducción), el orballo gallego, sí. A mí no me importaría ser gallega –siempre lo he dicho-, pero, como no lo soy, me conformo con trasladarme a Combarro y soñar que camino junto a sus hórreos a la orilla de la ría.
Llego al trabajo y, de primeras, echo un rápido vistazo a la prensa digital. En El Mundo, una noticia sobre María Amelia, la abuela de la blogosfera.
La bloguera más longeva del planeta tiene 95 años y es de Muxía: www.amis95.blogspot.com. Su nieto, que es muy cutre según la abuela, le regaló un blog la pasada Navidad, y la buena señora cuenta ya con 130.000 visitas. Su bitácora está traducida al japonés, alemán, inglés, italiano y a varios idiomas imposibles, y recibe comentarios desde todos los puntos cardinales.
Ahora entiendo el sentido de esta lluvia que amo y detesto como un enfermo acostumbrado a su mal crónico; esta nostalgia que crece hasta la morriña de babuxa o chuviñada. Yo quiero ser como María Amelia, y tener 130.000 visitas y cientos de nietos cada día, y 95 años bienvividos.
¡Ay!, me viene otra canción de Silvio como un flotador bajo esta lluvia: “Hoy quisiera ser sabio/ y muy viejo y poderte decir/ lo que aquí no he podido decirte,/ hablar como un árbol,/ con mi sombra hacia ti”.
Comentarios recientes