El lunes recibimos el puñado de libros que habíamos encargado en la librería. Del montón asoma La nueva tiranía, de Juan Manuel de Prada.
Ojeo la solapa por si se trata de un libro inédito o más bien de la recopilación de sus artículos publicados en prensa. Me desilusiono al ver que el contenido no es novedoso, al tiempo que escamoteo el libro antes de que nadie le eche los tejos. Leo la introducción dudando si no será demasiada sobredosis de Prada, de su látigo, de sus epitetonianos excesos.
Cuando me percato, he terminado el capítulo que desgrana las señas de identidad del mátrix progre, como acierta a denominar la telaraña donde la corrección política anestesia a la ciudadanía con sus promesas edénicas.
Sin comerlo ni beberlo he recorrido medio libro sonriendo ante cada ferocidad, asintiendo eufórica a referencias de escritores y cineastas de común aprecio.
La nueva tiranía, editada por Libros Libres, no es una mera convocación de textos, tiene su propio hilo conductor, que trae a la memoria aquel sedal del Pescador del Padre Brown cuyo tirón decisivo está presente en una primavera romana; ahonda en las raíces de la traditio universal y personal, fustiga sin piedad a los profetas del pseudoparaíso.
Merece la pena leerlo. Os dejo un anticipo:
“Las tiranías siempre han mirado con suspicacia la dimensión intelectual y espiritual del hombre. Alguien que se sabe ser pensante y traspasado de trascendencia es más consciente de su vocación de libertad. Pero a la tiranía le interesa el hombre esclavizado: despojado de libertad, en el caso de las tiranías más rudimentarias y antediluvianas; o, mejor todavía, el hombre que ha olvidado que la libertad es una posesión consustancial a su condición humana y que, en su lugar, la considera algo que graciosamente se le concede desde una instancia de poder. Pero para que este espejismo resulte efectivo primero hay que lograr, mediante una minuciosa labor reeducadora, que el hombre reniegue de su libertad intrínseca; y para ello la tiranía contemporánea dispone de poderosas herramientas propagandísticas. En esta labor de mutilación humana, la tiranía emplea dos métodos muy eficazmente quirúrgicos: por un lado, la “desvinculación” del individuo, que lo torna mucho más vulnerable e inconsistente, al obligarlo a romper lazos con toda forma de tradición cultural que sirva para entender sus orígenes y su lugar en el mundo; por otro lado, su “fisiologización” salvaje, su conversión en un pedazo de aburrida carne que no tiene otro anhelo sino la satisfacción de unos cuantos apetitos y pulsiones, como un perro de Paulov.
Mediante la “desvinculación” se trata de borrar del “disco duro” del individuo todo sentido de pertenencia, quebrando aquellos vínculos que le sirven para hacerse inteligible. Por supuesto, la primera víctima de este proceso desvinculador es la educación: todas aquellas disciplinas que nos proponen un explicación de nuestra genealogía intelectual y espiritual, proporcionándonos una explicación unitaria de las cosas, son expulsadas de los planes de enseñanza, o condenadas a la irrelevancia. La historia, la filosofía, el latín y, en general, cualquier otra disciplina que postule una forma de conocimiento basado en la traditio (esto es, en la transmisión de saber de una generación a otra) son arrumbadas en el desván de los armatostes inservibles. Se transmite a los jóvenes la creencia absurda de que pueden erigirse en “maestros de sí mismos” y convertir sus impresiones más contingentes y caóticas en una nueva forma de conocimiento. Al privarlos de un criterio explicativo de la realidad, la nueva tiranía los condena a zambullirse en la incertidumbre y la dispersión; carentes de un criterio que les permita comprender la realidad, se les condena a ceder ante el barullo contradictorio de impresiones que los bombardean, a dejarse arrastrar por la corriente precipitada de las modas, por la banalidad y la inercia.
La tiranía, sin embargo, presenta esta amputación bajo un disfraz de libertad plena. Sabe perfectamente que las personas a las que no se les proporciona un criterio para enjuiciar la realidad son personas mucho más manipulables; por ello se esfuerza en presentar esa “desvinculación” como un espejismo de libertad”.


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