Calle Valparaíso. Llueven las hojas de acacia bajo el sol de membrillo. Un niño tan pequeño que sorprende que camine se acuclilla agarrado a la mano de su madre. Después de observar la alfombra otoñal toma muy concienzudo algo entre el índice y el pulgar y se levanta exultante: ¡Mamá, mira! ¡UNA HOJA AMARILLA!
Palomas
3 sepOdio las palomas. Ahora mismo, mientras escribo en mi habitación, oigo su ulular cansino. Empieza una y se contagian las demás, hasta que llega otra y rompe la salmodia con un graznido.
Hace casi una década que vivo en este barrio ocupado -con “k”- por las palomas. Anidan en todos los rincones, defecan en los porches de las casas, aletean impúdicas cuando se aparean en las ventanas. Es tan difícil ignorarlas como acabar con ellas.
No entiendo que de niños los mayores nos entretuvieran dándoles de comer y nos hicieran esas fotos cubiertos de palomas de la cabeza a los pies. Hubiera sido más educativo que nos enseñaran a usar una escopeta de perdigones. Al menos, en lugar de disfrazar nuestra crueldad de carreras espantapájaros bobaliconas habríamos desarrollado la puntería. Eso o algo socialmente útil, como alimentar a las familias pobres con el dinero del alpiste.
Las odio por parasitarias. Por esos andares de concejal de pueblo, con las manos huecas a la espalda y el buche repleto. Las gaviotas al atardecer en las playas tampoco son agradables pero vuelan alto y surcan el mar y tienen un toque canalla que las salva.
Lagos
31 agoLa literatura permite regresar al paraíso de antes del pecado original. A lugares como Lagos, amainada ya la cólera, sin calor, sin dolor en las piernas, sin esa atonía del levante que me deja boqueando igual que pez fuera del agua. Es decir, en estado preternatural.
Con la distancia del papel, de la pantalla y de los días, puedo exultar de aquellas horas portuguesas del sábado. El horizonte refulgente a los pies del acantilado de Ponto da Piedade, con Portimao y Faro a la izquierda y cabo San Vicente a la derecha; las rocas en medio del mar como tótems en un desierto azul o como restos del naufragio. El encaje de la costa, festoneada de veleros antiguos, yates y barcas a motor jugando al esconder.
Nos bañamos en una cala, a la sombra de una cueva y parecíamos figuritas de un belén extemporáneo, hasta que las olas nos lamieron los pies, como ovejitas, y nos marchamos antes de que nos cerraran definitivamente el paso y tuvieramos que salir con la crecida por la chimenea. Por todas partes había playas caprichosas de accesos imposibles.
Luego fuimos al pueblito, lleno de tiendas bonitas de ropa de hogar y de prendas veraniegas. Lo perdurable y lo contingente. Comimos en el puerto junto a una chica hippie con rastas que hacía pulseras y collares. Ahí descubrimos que alquilaban barcas para recorrer la costa. Regateamos, y a la primera.
El cocodrilo, el mamut, el zapato, el dromedario, nos señalaba nuestro barquero. Cada gruta parecía la base de una sortija de diseño exclusivo con su esmeralda engarzada llena de peces de plata.
María y Lolita se dieron un baño improvisado y casi nos hicieron zozobrar. Luego intentaron trepar a la barquita y tuvimos que rescatarlas brillantes y sonrientes como sirenas. De tanta pena casi las devolvemos al mar.
Bodeguera jerezana
30 julLinda es bodeguera. La conozco desde hace algún tiempo y estos días jerezanos en la finca de Pozoalbero he vuelto a estar con ella.
El año pasado me recibió contenta de interrumpir su soledad, pero este año, desde que me saludó, supe que la vida le había cambiado.
A la impresión entre distinguida y misteriosa que le otorga la asimetría de sus ojos, uno azul celeste y otro marrón, se añadía un alborozo comedido en sus gestos, cierta gravedad, como de quien tiene otras ocupaciones más sustanciales.
Sólo después del recibimiento observé que tras ella asomaban dos crías de un mes, una blanca con un parche negro en el ojo y otra manchada que se disputaban con frenesí la leche materna, hasta que Linda, filialmente acosada y dolorida, protestó y se subió de un salto a la caseta.
Amén de otros menesteres, he pasado muy buenos ratos viéndolas jugar al escondite, al pillar, y jugando yo también con ellas. El jardinero me dijo: “¿ha visto? Son pura raza, como la madre”. Ratonero bodeguero andaluz, una estirpe local habituada a la caza ‘menor’ en bodegas y trasteros.
Y bien cierto que es. Había visto a Linda perseguir a los enormes lagartos del jardín pero no emplearse con los roedores. Recurrimos a sus servicios después de estudiar ciertos movimientos sospechosos en el patio de la entrada. Pese a la aversión, no quise perderme la película.
Después de corretear y husmear con atención entre las buganvillas y las cintas, Linda se paró en seco con el rabo tieso, y una pata y una oreja levantadas. Después se lanzó como un rayo contra una rata mediana que atrapó y depositó exánime en el porche. En la operación aún tuvo tiempo de percatarse de que otra huía por una bajante, pero al ver que no podría alcanzarla se marchó a corretear aparentemente distraída por el jardín.
Me quedé por el porche y la vi regresar tres o cuatro veces al patio, diligente y profesional -ahora dirían que ”concilia”-, hasta que al fin la pilló desprevenida. Era una rata enorme.
In fraganti
23 marNo me gusta la mar de los turistas, decorada con su paseo y sus palmeras foráneas desmochadas por el viento, sucedáneo de playa californiana.
Me gusta como ayer: recién levantada, con sus dunas despeinadas por el viento. Nada sumisa al bañista. Arisca y brava para el paseante que es azotado por la arena en las pantorrillas.
Te deja con la íntima venganza satisfecha de haberla pillado sin arreglar, vestida sólo con sus enaguas de puntillas blancas.
Creer para ver
27 sep
Ancha es Castilla, mar de paja atada en gavillas, como supervivientes de un naufragio; templo de girasoles, que rezan con sus corolas postradas el Ángelus de Millet.
Ora… et labora Castilla con su horizonte roto por campanarios de iglesias y monasterios románicos que aquí son catedrales. Lerma, Santo Domingo de Silos, Carrión de los Condes, Frómista. Los monjes ponen música al viento que canta en gregoriano su liturgia de las horas: Ora, pro nobis, ora pro nobis. A mi mente acude aquella “nada” de El Mudejarillo. Y esa nada abre las puertas al Todo y es bálsamo que cura los golpes del peregrino.
Aquí las gentes caminan tranquilas como si no esperaran nada, y al mirarte señalan lo único importante. Se encuentran dos por la calle y dice uno: –¿Qué hay? Y el otro responde: -Mejor. Y no hace falta más.
En Castilla todos los días es domingo y fiesta. San Antolín de Palencia, el Toro Vega en Tordesillas. Y la vida transcurre sencillamente entre pinchos y leche fría con canela. Mirando se percata uno de que la clave está en lo que contaban de un cazador que fue al campo acompañado de un amigo. El cazador aguardaba en silencio y de pronto advertía en un susurro: “¡ahí hay perdices!”. Apuntaba, disparaba y el perro salía a cobrarlas como un rayo. Y luego exclamaba: “¡ahí hay liebres!”. Y el amigo, maravillado, le preguntaba: ¿pero cómo las ves tú y yo, en cambio, no veo nada? Y el cazador le respondía: “Es muy fácil: yo me creo que esto está lleno de liebres y de perdices. Por eso las veo”.
Lo comprobé en la primera ocasión que tuve, remontando las Hoces del Duratón. Alejada de la algarabía del grupo pude sorprender a dos corzos mientras pastaban junto al río. Al verme, se quedaron estáticos por un momento y desaparecieron en dos saltos. Fue un regalo que nadie más recibió, excepto Bek, que iba en silencio detrás de mí.
La casa que me ha albergado estos días se llama “El Brezo” y está cerca de Palencia, camino de Monte El Viejo. Es pequeña, familiar para pocas personas. Allí he pasado casi el mes estudiando los Libros Sapienciales de la Biblia que, como el viejo Canal de Castilla han regado y fecundado la vida y la oración de generaciones de místicos y poetas de todo el mundo, también de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa.
Eros y Ágape en el Cantar de los Cantares. Job, el “fracaso” de los buenos y la confianza en Dios, su goel. Los primeros barruntos de la vida y justicia ultraterrena en el mundo judío. En fin, unas cuantas cosas importantes.
Entre esas cosas importantes, gente inolvidable y buena. Y algunos buenos libros –Vida y Destino, de Grossman; El ardor de la sangre, de Nemirovsky; Firmin, de Savage (menos), y El Amor, de Pieper. (En la biblioteca de la casa hallé Demonios, de Dostoievsky, que llevaba meses buscando, pero no pude leerlo aunque ya sé dónde encontrarlo) Y algunas películas, buenas también: “Bon Voyage”, “Cometas en el cielo” y “Bella”. Y lugares: Burgos, Segovia, Salamanca. Y Potes, que, a la sombra afilada de los Picos de Europa, conserva el fragmento más grande del lignum crucis.
La venganza
27 mayLos gorriones hacen la competencia a los mirlos y me inquieta no saber porqué han enmudecido de pronto esos grandes cómicos del trino. Quizá sea porque les sienta mal la humedad ambiente, porque ya no le encuentran la gracia a lo que hacemos, o porque acabó su función y ahora le toca el turno a otros.
Por lo que vengo observando, los mirlos hacen carrera artística en solitario pero los gorriones se organizan al modo de las antiguas corralas. En la calle Gaspar Alonso –esa del acerado traidor- ocupan los canalones y los tubos del aire acondicionado de las casas de ambas aceras. Desde allí turnan su piar obligándome a girar la cabeza de un lado a otro.
Lo sorprendente no es la calidad sino la mecánica del asunto. Los primeros días –subyugada aún por los mirlos y presa de la algarabía- califiqué la representación de género menor, algo así como una zarzuela; después pensé que la sucesión tenía más de espectáculo tenístico que coral, y ya hoy, que llevaba en la cabeza la explicación de Finkielkraut sobre que “el hombre moderno ya no tiene por qué tomar por el Ser verdadero lo que es método. Habita en el espacio que el método le ha modelado y consume lo que ese método produce”, pienso que lo que hacen los gorriones es reírse de nosotros. Nos imitan, critican nuestro mecanicismo y de alguna manera se vengan, por eso están ahí, sobre el producto de nuestra técnica.
El filósofo recoge una cita de Rüdiger Safranski: “La vida humana se vuelve tautológica cuando no encuentra más que las huellas de su propia actividad”. Eso hacen los pájaros, remedan nuestros símbolos digitales y absurdos como diciendo: vais listo si pensáis que podéis doblegar a la naturaleza y salir indemnes.
Mirlos
4 abrDe madrugada anuncian que hoy es el día sexto y que todo sigue siendo bueno. Ponen a la nota discordante de la oración una coral de acción de gracias. Negros, comunes, necesarios como el pan de cada día, nunca blancos, únicos y admirables.
Mirlos por doquier, con sus negras plumas y su pico amarillo, tan lejanos del mal agüero de los cuervos, con su frac de cobrador, como de la urraca cascarrabias y avariciosa. He pasado todo el invierno esperándolos, como el niño anhela la llegada del circo en primavera.
Con su repertorio de silbos y saltitos, el gesto inclinado de sus cabezas y su mirada burlona, parecen prestidigitadores capaces de regalarme la sonrisa que necesito cada mes de abril, como el mago saca de su chistera una moneda o un conejo blanco.
Causalidades de la vida
27 febTras un telón de lluvias torrenciales los actores ultimaban los ensayos. El lunes se encendieron por sorpresa las luces y comenzó la función primaveral. Una coreografía perfecta de nandumbus, azahares y flores de almendro que inundó Sevilla de aromas dulces y calientes.
Y yo, que me creía mera espectadora, descubro de pronto mi sitio en el escenario. El sábado me compré en H&M un pantalón negro, rémora del invierno, y una casaca amarillísima y muy coqueta para contrarrestar el luto. Alguien me ha debido de asignar el papel de abeja Maya. Y yo sin saberlo.
(Entrada dedicada a Adaldrida en su estreno como profesora).
La naranja del pequeño Chaplin
24 ene
No hay fruta más perfecta que la naranja. Su esfera, símbolo de infinitud; la exactitud del colorido -sin matiz ni degradación posible- la brillantez simétrica de sus radios al partirla transversalmente, la tersura de los gajos cuando el corte es longitudinal. Por no hablar de su sonido radical al desgajarlos (qué hallazgo de onomatopeya).
Tan plena y definitiva es que no hay otra fruta cuyo nombre le corresponda con tal propiedad que genere un color universal. No existen ‘las verdes’, ni ‘las azules’, ni ‘las rojas’, pero existen las naranjas. Y existen en todos los idiomas.
Podría decirse en mi contra: fruta no, pero así es la rosa. Ah, más la flor es compleja y así vemos rosas blancas, amarillas, rojas, mientras la naranja es simplicísima, es naranja y nada más, es naranja per se y per accidens, si se me permite la licencia ontológica.
Esta reflexión insustancial y absurda surge a propósito de Charles Chaplin en el 30 aniversario de su muerte. El pequeño Chaplin era tan pobre que por Navidad sólo recibía una naranja como obsequio; así lo recuerda su hija Geraldine y así lo recoge Luis María Anson hoy en la tercera de El Cultural de El Mundo.
¿Qué vería en la naranja el niño Charles?, ¿qué haría con ella?, ¿en qué medida contribuyó al desarrollo de su genio creador? No lo sé. Pero aventuro que quizá guarde alguna relación la creatividad con la profundización en el ser de las cosas, que incluye no sólo lo que las cosas sean en sí sino lo que son con relación a Adán que las nombró y lo que son para nosotros que las usamos, también y sobre todo en ese preciso instante en que los días no nos parecen azules sino verdes, negros o naranjas, como el cielo de la Sevilla Reinventada de Toi.
Y eso sin caer en el error de pensar que “todo depende del color del cristal con que se mire”, sabiendo que el cristal es cristal y el color es color, pero que a veces necesitamos jugar a ser Dios y divertirnos o expresar nuestra confusión cambiando el orden y la utilidad de las cosas que nos fueron dadas, como tan bien saben hacer los niños cuando aún son pequeños, y más los niños pobres, como haría el pequeño Charlie con su naranja, seguro, antes de comérsela aunque tuviera hambre o precisamente por ello. Lo que supo seguir haciendo de mayor.
En eso, quizá, consista el Arte.



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