Todos tenemos fantasmas que nos acompañan de por vida. Fantasmas que por cotidianos no logramos espantar de nuestro alrededor, como moscas de un verano tórrido; fantasmas inofensivos que nos visitan inexorablemente en determinadas ocasiones y a los que se teme más que a las verdades de los viejos y de los niños.
Son tan previsibles que se pueden estudiar y catalogar. Yo, por ejemplo, tengo dos a los que he incluido en el apartado de “Fantasmas de las presentaciones”: uno de ellos es saludar con apretón de manos, porque desde pequeña me sudan mucho y sólo de pensar en tener que estrecharlas mi mal se agrava aún más.
Hay un momento ineludible en el que se me aparece y es el de la paz en la Misa. Soy capaz de hacer cualquier cosa por evitarlo, hasta huir del banco (qué difícil mantenerse como único ocupante en un banco de iglesia) o del mismo templo. Hay personas tan susceptibles y tan necesitadas de reconciliación que son incapaces de entender que quien no le estrecha la mano tenga algún motivo diferente al de la discordia, el orgullo o la displicencia.
El otro espíritu atormentado tiene forma de pregunta: ‘¿y tú, de dónde eres?’ Esta consulta inocente suele tener una respuesta sencilla: de Burgos, de Melilla, de Chihuahua o de Hong Kong. Nadie espera de tal interés la biografía completa del interfecto, como nadie aguarda al preguntar ‘¿cómo estás?’ una confesión pública.
Y, sin embargo, por más vueltas que le doy, no soy capaz de responder simplemente: de Madrid, de Valencia o de Cádiz.
No puedo decir ‘de Madrid’ porque sólo nací y viví allí un mes, no puedo decir ‘de Valencia’ -donde reside mi familia paterna y donde pasé mi infancia hasta cumplir los nueve años-, porque no llegué a nacer en esa ciudad, he vuelto muy pocas veces a ella y guardo recuerdos más limitados, aunque más entrañables también, que de Cádiz, donde transcurrió mi adolescencia. Y eso, por no hablar del resto de ciudades por las que he pasado hasta ahora: Pamplona, Huelva, Sevilla.
Las entradas y salidas de Andalucía han sido suficientes para que mi acento se haya vuelto irreconocible y ya me he resignado a verlo adaptarse al lugar y al interlocutor como un fantasma que toma posesión de un cuerpo.
Antes comenzaba mis respuestas diciendo ‘de Madrid’, pero acto seguido me traicionaba el subconsciente y acababa relatando mis periplos a lo largo y ancho de la piel de toro. Lo último que decidí fue responder: ‘soy valenciana’, pero, aun así, no puedo evitar añadir al final en un susurro culpable: ‘casi’.
Por eso, con todos los matices y diferencias, me ha consolado enormemente leer al comienzo de Dos ciudades, del poeta polaco Adam Zagajewski:
“Si los hombres se dividen en sedentarios, emigrantes y los que no tienen hogar, probablemente yo formo parte de esta última categoría, si bien la concibo de un modo archimaterial, sin una sombra siquiera de sentimentalismo o autocompasión.
Los sedentarios mueren donde nacieron. Existen casas de campo que una misma familia habita desde hace más de diez generaciones. Los emigrantes anidan en el extranjero y de esta manera hacen posible que sus hijos vuelvan a formar parte de la categoría de los sedentarios (aunque hablen otro idioma). De modo que el emigrante es un eslabón intermedio, un guía que coge de la mano a las generaciones venideras para conducirlas hasta otro lugar, que cree más seguro.
En cambio, un hombre sin hogar es alguien que, por obra del azar, por un capricho del destino, por su culpa o por culpa de su carácter, no quiso o no supo en sus años de infancia y de juventud entablar relaciones estrechas e íntimas con el entorno en que crecía y maduraba.
No tener hogar no implica, pues, vivir bajo un puente o en el andén de una estación de metro poco concurrida, como por ejemplo, nomen omen, la estación Europe de la línea Pont de Levallois-Gallieni. Sólo significa que la persona con esta tara es incapaz de determinar la calle, la ciudad o el pueblo que considera su hogar y, como suele decirse, su patria chica”.
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