Tengo la honra de pertenecer a una de las últimas promociones itinerantes de la Facultad de Periodismo de la Universidad de Navarra, que era como se denominaba aquel conjunto de saberes que evoca el eslogan del oficio: “El periodista sabe de todo y es especialista en nada”.
Nuestra facultad, como el saber, no ocupaba lugar. A lo largo de la carrera peregrinamos de Económicas a Arquitectura, pasando por el aula 34 del Central, hasta estrenar Derecho en las postrimerías de la carrera. Cuando poníamos punto y final a nuestra etapa universitaria, comenzaba la Facultad de Comunicación, con sus tres ramas, sus planes de estudio, sus troncales, obligatorias y aquello tan anárquico de la libre configuración. Nosotros poníamos las últimas piedras y la maquinaria colocaba los pilares del edificio de Vicens. Al final nos marchamos sin la primicia.
Años después hice un viaje a Pamplona, y sentí cierta envidia de la juventud que brujuleaba por aquellos espacios siderales de flamantes aulas y dotadísimos estudios. Entraban ganas de comenzar de nuevo la carrera.
Tuve ocasión de referir algo más tarde mis impresiones al profesor Orihuela, que pasó por Sevilla. Él no lo recordará porque de aquello hace diez años, pero su fulgor aún dura. “No creas que tienen tanta suerte. Ellos disfrutan de buenos medios pero vosotros tuvisteis por maestros a los primeros”.
Hace unos días mi facultad cumplió cincuenta años y los recuerdos se agolparon en la memoria del corazón. No pude asistir, pero ahora, desde esta tribuna, brindo por aquella generación de nómadas y sus jefes de tribu.
Mi generación comenzó con una broma de los de quinto, que irrumpieron en clase y nos hicieron un simulacro de examen. El profesor Guasch se enfadó tanto que proclamó suspenso general. Y culminó con otra sorpresa de Carlos Soria que estrenaba la asignatura de Ética Periodística y nos dejó perplejos al sustituir la prueba de los temas cantados con bolita por un examen de conciencia sobre nuestro estudio de la materia, con autocalificación incluida. Aún me pregunto por qué no me puse más nota.
Los estudios de radio ocupaban la segunda planta de la torre del Central que escalábamos armados con nuestras máquinas de escribir y sus hojas de calco. Internet era una incipiente base de datos, los ordenadores iban a pedales, carecíamos de platós y para hacer las prácticas nos prestaban una mesa de mezclas un ratito “de par de mañana”. El Proyecto Periodístico de Giner lo fabricamos con recortables y las prácticas de diseño blandiendo el tipómetro de Valentina Villegas con sus “síseros, picas y sentímetros”. A la sazón, era decano Álex Navas y nos movíamos entre la espiral del silente humo de las pipas de López Escobar y las hojas volanderas de Carlos Barrera.
No llegamos a disfrutar de las clases de D. Luka pero sí de las de Gómez Antón, al que nombramos padrino promocional. Era imposible distraerse de las geniales lecciones sin caer bajo la losa de su silencio reprobador. Mercedes Montero y D. Gonzalo Redondo impartían Historia. El mundo se dividía en dos: los que suspendían en la exposición de los temas de la primera y los que sucumbían bajo las preguntas filosóficas del segundo.
También dejaron su huella los talleres literarios de Teresa Imízcoz y las clases de Redacción de Peter y de Paco Sánchez, a los que luego traté más en NT. Muchos de aquellos libros construyeron y fraguaron mi amor adolescente por la literatura que todavía me castiga con sus celotipias del periodismo, mi otro amor.
Para hacer justicia, tendría que nombrar a tantos: García-Noblejas, Vidal-Quadras, Lozano Bartolozzi, Alfonso Nieto, D. Eduardo Terrasa… Y a sus vástagos intelectuales -“bendita sea la rama que al tronco sale”- dice un refrán de mi tierra: Mateye Laporte, Ana Azurmendi, José Luis Orihuela, Beatriz Plaza…
Éramos nómadas, no teníamos recursos técnicos pero bebíamos del néctar de los maestros y olfateábamos en el aire el rastro de la objetividad, como sabuesos.
Al salir de aquellas aulas nos dijeron que todo depende del color del cristal, pero los que por allí pasamos sabemos que lo aprendido pertenece a ese conjunto de pocas cosas verdaderas. Está escrito en caracteres de plomo y lo resello cada vez que regreso y algún profesor –como Martín Algarra y Sánchez Aranda- me recuerda afectuosamente como aquella brillante alumna que nunca fui.
(Publicado en El Periscopio, mi columna de la revista Nuestro Tiempo, en el número correspondiente a los meses de verano. Espero que pronto veamos NT en versión digital, como antes, y pueda hacer un link como Dios manda, y leerla nada más salir, aunque… siempre nos quedará el placer del papel y ese temor a que alguien la robe. Esta revista, con su nuevo formato, se ha convertido en un bien demasiado apetecible).






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