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El haz y el envés

13 abr

No se me había ocurrido considerar la duda y la fe como el haz y el envés de una hoja hasta que el arzobispo de Sevilla calificó de “unamuniano” el pregón de Antonio García Barbeito y le ofreció amistoso su báculo para dispersar incertidumbres.

En Sevilla se montó el zipi-zape con que si el pregón era o no pregón y si era o no cristiano. Como si la iniciativa hubiera partido de él. Barbeito es Barbeito y todo el mundo lo sabe. Pues no habérselo encargado.

A mí me gustó precisamente por no ser un pregón al uso, porque se dirigía a otro sector de la población que no es cofrade pero es Sevilla, y porque era profundamente cristiano en sus tientos de claroscuro. Que nadie escapa a la misericordia divina y hay que hacerse todo para todos.

De esto hace ya tres semanas y ha estallado la Pascua Florida, pero ahora viene Ratzinger, en una lectura tardía que hago de Introducción al Cristianismo a hermosear con su rayo de luz teológica el haz y el envés de esa hoja:

Tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe. Para uno la fe estará presente a pesar de la duda, para el otro mediante la duda o en forma de duda.

La duda impide que ambos se encierren herméticamente en su yo y tiende al mismo tiempo un puente que los comunica. Impide a ambos que se cierren en sí mismos: al creyente lo acerca al que duda y al que duda lo lleva al creyente; para uno es participar en el destino del no creyente; para el otro la duda es la forma en la que la fe, a pesar de todo, subsiste en él como exigencia.

La primera y la última palabra del credo -”creo” y “amén”- se entrelazan mutuamente, encierran todas las demás expresiones y constituyen el contexto de todo lo que se halla entre ellas. (…) Ya dijimos antes que la palabra “amén” pertenece a la misma raíz que la palabra “fe”.”Amén” dice, a su modo, lo que significa creer: permanecer firme y confiadamente en el fundamento que nos sostiene, no porque yo lo he hecho o lo he examinado, sino precisamente porque no lo he hecho ni lo he examinado.

(…) Esto no quiere decir que lo que aquí sucede sea un entregarse a lo irracional. Es, por el contrario, un acercarse al logos, a la ratio, a la inteligencia, y así a la verdad misma, ya que el fundamento sobre el que se sostiene el hombre no puede ni debe ser a fin de cuentas sino la verdad.

Feliz Navidad

24 dic
Detalle de la Navidad en La Sagrada Familia de Gaudí

Detalle de la Navidad en La Sagrada Familia de Gaudí

“En este episodio de la naturaleza humana, que es el Nacimiento, hay un carácter individual y peculiarísimo, algo psicológicamente sustancial, que no puede interpretarse como una mera leyenda o la simple historia de la vida de un gran hombre. Porque no inclina nuestras mentes, sistemáticamente, a la grandeza, hacia esa admiración ampulosa y exagerada de los reyes y de los dioses, a que, en todas las edades, se encontró propicia la mente humana, sino que es algo consustancial en
nosotros, que nos sorprende desde dentro de nuestro propio ser, como si, explorando nuestra habitación espiritual, diéramos, de pronto, con un aposento ignorado hasta entonces, del que saliera una clara luminosidad.
Algo que, aun a los más endurecidos corazones, traiciona con una irresistible atracción hacia el bien. Algo que no está hecho con lo que el mundo llamaría “materia fuerte”. Algo que es todo lo que hay en nosotros de ternura eterna.
Algo que es la palabra rota y la razón perdida, que se concretan y se hacen positivas. Algo por lo que los reyes exóticos llegaron de un país lejano y por lo que los pastores dejaron sus correrías por la montaña, y por lo que la noche y la caverna imperaron solas, recibiendo algo que era más humano que la Humanidad misma.

(G.K. Chesterton, El hombre eterno, LEA, Bs. As., 1987, pp. 201-221)

Migas de Pulgarcito

24 nov

Para volver al camino, sin desfallecer en el intento, estas, que más que migas son hogazas de pan tierno.

Son palabras de Benedicto XVI a 260 artistas en la celebración de X aniversario de la Carta que Juan Pablo II les dirigió. Al acto, que tuvo lugar el pasado 21 de noviembre en la Capilla Sixtina, asistieron, entre otros, los cineastas Kristof Zanussi, Nani Moretti, Samuel Maoz y Pupi Avati, los arquitectos Zaha Hadid y Santiago Calatrava, los escritores Susanna Tamaro y Claudio Magris, el compositor Ennio Morricone, o el tenor Andrea Bocelli.

Una función esencial de la verdadera belleza, de hecho, ya expuesta por Platón, consiste en provocar en el hombre una saludable “sacudida”, que le haga salir de sí mismo, le arranque de la resignación, de la comodidad de lo cotidiano, le haga también sufrir, como un dardo que lo hiere pero que le “despierta”, abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la mente, poniéndole alas, empujándole hacia lo alto. La expresión de Dostoyevski que voy a citar es sin duda audaz y paradójica, pero invita a reflexionar: “La humanidad puede vivir –decía– sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero sin la belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí”. Se hizo eco de sus palabras el pintor Georges Braque: “El arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza”. La belleza golpea, pero por ello mueve al hombre hacia su destino último, lo pone en marcha, lo llena de nueva esperanza, le dona la valentía de vivir hasta el final el don único de la existencia. La búsqueda de la belleza de la que hablo, evidentemente, no consiste en una fuga irracional o en un mero esteticismo.
 
Con demasiada frecuencia, sin embargo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad, empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace ser todavía más esclavos, quitándoles la esperanza y la alegría. Se trata de una belleza seductora pero hipócrita, que estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia sobre el otro y que se transforma, rápidamente, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación en sí misma. La auténtica belleza, por el contrario, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de salir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo. Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano.

(…) Queridos artistas, al concluir, quisiera dirigir también yo, como ya lo hizo mi predecesor, un cordial, amigable y apasionado llamamiento. Sois los custodios de la belleza, tenéis, gracias a vuestro talento, la posibilidad de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ampliar los horizontes del conocimiento y del compromiso humano. ¡Agradeced los dones recibidos y sed plenamente conscientes de la gran responsabilidad de comunicar la belleza, de comunicar la belleza a través de la belleza! ¡Sed también, a través de vuestro arte, anunciadores y testigos de esperanza para la humanidad¡ ¡Y no tengáis miedo de relacionaros con la fuente primera y última de la belleza, de dialogar con los creyentes, con quien, como vosotros, se siente peregrino en el mundo y en la historia hacia la Belleza infinita! La fe no quita nada a vuestro genio, a vuestra arte, es más, los exalta y los nutre, los anima a atravesar el umbral y a contemplar con ojos fascinados y conmovidos la meta última y definitiva, el sol sin crepúsculo que ilumina y hace bello el presente.

El texto completo, aquí.

Por los clavos de Cristo

29 ago

cristo

Baeza y Baena se escriben casi igual, aunque una está en Jaén y la otra en Córdoba. Ayer aparecían en la misma página del ABC a cuenta de la obligación de retirar los crucifijos, según dicta la futura Ley de Libertad Religiosa.

En Baeza hace dos años la imparable Junta de Andalucía ya exigió a los profesores la retirada de los crucifijos de las paredes de un colegio, el colegio de San Juan de la Cruz, para más INRI. Él que la amaba tanto que la llevaba en el nombre. A ver dónde está el guapo que es capaz de quitarla de ahí.

Los profesores se las han averiguado para que la cruz esté presente, aunque sea de quita y pon. Así que cada día tiene su propia cruz, su vía crucis, su procesión que va por dentro…del centro escolar.

Salen ganando. Quisieron prohibir también el canto de villancicos, las ofrendas florales y los belenes, pero lo único que han conseguido es exacerbar la curiosidad de los chavales por lo prohibido. Lo que son las cosas, con perdón: ahora, en clase, en lugar de mirar furtivamente revistas de cochinadas, los adolescentes se repartirán bajo cuerda estampas religiosas. Ya ocurrió en la época de la dominación comunista y seguimos sin hacer propósito de la enmienda. 

En Baena, el alcalde socialista se ha negado a retirar del salón de plenos el crucifijo. Dice que “dado que la inmensa mayoría de los baenenses se consideran cristianos, este crucifijo ni atenta contra la Constitución ni mucho menos contra los derechos de los ciudadanos de Baena”.

Con sentido común y más razón que un santo añade guasón: “Basta con observar cómo ustedes corren debajo de los santos para portarles en procesión o cómo corren detrás del obispo para besar su mano”. Y cierra el tema: “Este Cristo estará aquí mientras yo sea alcalde”. Amén. Un aplauso a la sensatez.

Me recuerda a un episodio similar que viví hace más de diez años. Trabajaba yo en el Ayuntamiento de Gibraleón, que entonces estaba gobernado por el PP. En el pasillo de la zona noble, muy cerca del salón de plenos y del despacho de alcaldía, junto a mi oficina de prensa, había un ensanche del pasillo recubierto con un cortinón de terciopelo rojo. Delante, protegido por un cristal, estaba el Cristo del Cementerio (cuya imagen serena encabeza esta entrada), una talla del siglo XIII, de estilo gótico y tamaño natural, la mayor riqueza artística del municipio.

Era mi compañero de oficina, el más puntual. El primero que tenía la luz encendida cuando yo enfilaba el oscuro pasillo a eso de las 7.30 de la mañana. Siempre sospeché que se quedaba trabajando por las noches.

Ya entonces, la oposición y algunas autoridades eclesiásticas, según se dice, presionaron para que el Cristo se alojara en alguna iglesia, lugar que parecía más apropiado para que los fieles le rezaran, pero el alcalde decía que nones. Que el Cristo no se iba del Ayuntamiento mientras él estuviera allí.

Yo me alegraba porque no quería perder a un colega de trabajo tan especial. Junto a mi despacho estaba el servicio de obras y por allí pasaba medio Gibraleón a pedir licencia después de hacer una paradita delante del Señor.

Desde mi puesto de trabajo oía a los lugareños, olontenses, panzurranos, suspirar y musitar devotos sus oraciones.

Acuciada por la nostalgia, he buscado su paradero en internet y he sabido que a principios de agosto, la corporación actual, que es del PSOE, lo trasladó al Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico para su restauración. El alcalde -en aquellos tiempos compañero en la Agencia de Desarrollo Local- ha prometido que el Crucificado regresará a las dependencias municipales, pero, ay, no sé, con la manía que le han cogido a los crucifijos los gobiernos nacional y autonómico que tenemos, siento que me falla la fe. Aunque, mira tú el alcalde de Baena.

Formas de no perder la cabeza

22 jun
Foto de la vidriera en San Dunstan, Canterbury, que tomé hace un par de años

Foto de la vidriera en San Dunstan, Canterbury, que tomé hace un par de años

Decía con mucho acierto Chesterton que “Enrique VIII tuvo que cortarle la cabeza a Tomás Moro porque era la única forma de apoderarse de ella”.

Una de las tentaciones del poder, sobre todo cuando quien lo ostenta es torpe y/o malvado, consiste en lograr que el pueblo abdique de su soberana cabeza y, con ella, de la libertad de conciencia. Para tal fin resulta muy útil hacerse previamente con los instrumentos que intervienen en la formación de la misma, that is la educación, la familia.

Cuando los súbditos, el pueblo o la ciudadanía -en terminología moderna- protesta e intenta defenderse del abuso, entonces hay que tacharlo de radical y esclavo de tabúes ancestrales. De no lograrse la sumisión mediante el ridículo y el complejo, se recurre a la ley injusta y a la negación del derecho a objetar, y santas pascuas, aquí paz y después gloria, si cabe la expresión.

La única forma de resistir que, llegado el caso, cabe es la desobediencia civil. Ejemplos abundan en la Historia: Sócrates, Gandhi, Luther King, Tomás Moro. Ellos, perdiendo la cabeza -metafórica o literalmente-, lograron conservarla.

Moro, del que hoy celebramos su descabezado ingreso en el Cielo, tenía muy claro a quién servía y por qué orden:

Habéis de comprender -dijo al jurado- que en lo que afecte a la conciencia, todo súbdito fiel y honrado ha de respetar su propia conciencia y su alma más que ninguna otra cosa en el mundo; especialmente cuando su conciencia es como la mía, es decir, que la persona no da ocasión de calumnia, tumulto ni sedición frente a su príncipe.

Y también conocía el color del alma de su amigo Enrique VIII y los límites de su amistad:

El rey es de tal manera que si le ofrecen una buena casa por mi cabeza, me la mandará cortar de inmediato.

 En la tumba de los Roper de la iglesia de San Dunstan reposa esa cabeza, después de haber lucido para escarmiento en la pica de la Torre de Londres.

Chesterton dijo en los años veinte del siglo:

Tomás Moro es más importante en este momento que en cualquier otro, más aún, quizá, que en el gran momento de su muerte; pero no es tan importante como lo será de aquí a unos cien años. Se le llegará a considerar como el más grande de los ingleses, o por lo menos como el mayor personaje histórico de la historia inglesa.

Casi cien años después, bajo la sencilla losa negra de  la iglesia anglicana de San Dunstan, la cabeza de Santo Tomás Moro continúa sirviéndonos de advertencia. Finalmente Enrique VIII no pudo adueñarse de ella. Del resto del cuerpo, paradójicamente, sólo suponemos que está en la fosa común de la Torre de Londres.

El retrato de Oscar Wilde

15 jun

Como Dorian Gray, el hedonismo que adoran los personajes de la novela de Oscar Wilde conserva intacto su diabólico esplendor un siglo después.

La diferencia con nuestro tiempo estriba en que el escritor libertino tuvo la valentía de autorretratarse en el espantoso cuadro de Basil Hallward.

Quizá fue por arrostrar la verdad de sus excesos por lo que pudo al fin volver la mirada hacia su hogar y encontrar reposo en aquel hotel de París donde moría enfermo:

“Mi falta de rectitud moral –reconoció- se debe en gran medida al hecho de que mi padre no me permitiera convertirme al catolicismo. La faceta artística de la Iglesia y la fragancia de su magisterio quizá hubieran podido curar mis vicios. Hace mucho tiempo que deseo ser recibido en ella”.

 

Aquí dejo algunas “pinceladas” del retrato. Esta primera, del cínico lord Henry, que no puede ser más actual:

Sólo dispone de unos pocos años en los que vivir de verdad, perfectamente y con plenitud. Cuando se le acabe la juventud desaparecerá la belleza, y entonces descubrirá de repente que ya no le quedan más triunfos, o habrá de contentarse con unos triunfos insignificantes que el recuerdo de su pasado esplendor hará más amargos que las derrotas. Cada mes que expira lo acerca un poco más a algo terrible. El tiempo tiene celos de usted, y lucha contra sus lirios y sus rosas. Se volverá cetrino, se le hundirán las mejillas y sus ojos perderán el brillo. Sufrirá horriblemente… ¡Ah! Disfrute plenamente de la juventud mientras la posee. No despilfarre el oro de sus días escuchando a gente aburrida, tratando de redimir a los fracasados sin esperanza, ni entregando su vida a los ignorantes, los anodinos y los vulgares. Ésos son los objetivos enfermizos, las falsas ideas de nuestra época. ¡Viva! ¡Viva la vida maravillosa que le pertenece! No deje que nada se pierda. Esté siempre a la busca de nuevas sensaciones. No tenga miedo de nada… Un nuevo hedonismo: eso es lo que nuestro siglo necesita. Usted puede ser su símbolo visible. Dada su personalidad, no hay nada que no pueda hacer. El mundo le pertenece durante una temporada.

 

Y esta otra, de Dorian, aplicando él solito los primeros trazos tenebrosos a la obra de su autodestrucción:

En lo más íntimo de su alma deseaba ser algo más que un simple arbiter elegantiarum, a quien se consulta sobre la manera de llevar una joya, de cómo anudar una corbata o sobre cómo manejar un bastón. Dorian Gray trataba de inventar una nueva manera de vivir que descansara en una filosofía razonada y en unos principios bien organizados, y que hallara en la espiritualización de los sentidos su meta más elevada.

El culto de los sentidos ha sido censurado con frecuencia y con mucha justicia, porque al ser humano su naturaleza le hace sentir un terror instintivo ante pasiones y sensaciones que le parecen más fuertes que él, y que es consciente de compartir con formas inferiores del mundo orgánico. Pero Dorian Gray consideraba que nunca se había entendido bien la verdadera naturaleza de los sentidos, que habían permanecido en un estado salvaje y animal sencillamente porque el mundo había tratado de someterlos por el hambre y matarlos por el dolor, en lugar de proponerse convertirlos en elementos de una nueva espiritualidad, en la que el rasgo dominante sería un admirable instinto para captar la belleza.

Su objetivo, efectivamente, era la experiencia misma y no los frutos de la experiencia, tanto dulces como amargos. Prescindiría del ascetismo que sofoca los sentidos y de la vulgar desvergüenza que los embota. Pero enseñaría al ser humano a concentrarse en los instantes singulares de una vida que no es en sí misma más que un instante.

Tu es Petrus

15 may

A medianoche, de regreso del aeropuerto adonde había llegado procedente de Tel Aviv, Mª Luisa me hablaba de la alegría de los cristianos de Tierra Santa por la visita del Papa y de la generosidad de musulmanes sencillos de corazón que no vacilaron–perteneciendo a credo tan dispar- a la hora de aportar su óbolo para la palia que querían regalarle al Santo Padre las del Opus Dei de Jerusalén.

Y también de las férreas medidas de seguridad, la escasez de invitaciones y el empeño de la comunidad cristiana porque el Papa pudiera celebrar con dignidad la Santa Misa junto a los santos lugares.

Y de la incomprensión de algunos sectores radicales, y de los medios de comunicación de Israel y de todo el mundo. “Quieren que Benedicto XVI se posicione -me decía-. Toda declaración les parece insuficiente. No entienden que el Papa sólo pueda estar de lado de todos los que sufren injusticia”.

Lo explica en Zenit el padre Thomas D. Williams, L.C., teólogo estadounidense, profesor de la Universidad “Regina Apostolorum” de Roma.

“Benedicto habla en nombre de los judíos, alabando su herencia religiosa y defendiendo su derecho a la seguridad y autonomía. Habla en nombre de los palestinos y su derecho a la soberanía y libertad. Habla en nombre de los musulmanes, recordándoles lo mejor de su tradición religiosa con sus profundas convicciones y sentido culto al único Dios. Habla por los cristianos en su difícil estatuto de pequeña y sufrida minoría. En una palabra, habla a todos y para todos”.

Parece nada, pero es la receta que ofrece el Cristianismo en la tierra sufriente de Cristo desde hace más de 2000 años: amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Sigue el padre Williams:

“Paradójicamente, en medio de toda la manipulación del mensaje de Benedicto XVI y de todas las protestas por que no se alinea lo suficiente con ningún grupo, vemos la grandeza y singularidad de su presencia aquí. Ningún otro líder en el mundo puede hablar con la misma autoridad moral o imparcialidad. Su verdadero rechazo a ejercer la política partidista es la causa de que a menudo su mensaje sea rechazado y por eso es tan desesperadamente importante”.

El Papa, en su empeño por “ser un puente de diálogo y cooperación constructiva en la edificación de una cultura de paz que reemplace el presente punto muerto de temor, agresión y frustración” sufre en carne propia la infamia, el descrédito, la injuria.

Tu es Petrus. No es el discípulo más que su Maestro.

Sanjuán

19 abr

Ayer me invadió una luz pascual y atlántica para remediar el nubarrón.

Pensaba en esta casa al pie de su escalera señorial: en su zaguán y su espacioso vestíbulo, en las salas y antesalas y en lo distintos que son los hogares de ahora, tan poco respetuosos con el visitante al que urgen a abusar de la intimidad nada más cruzar el umbral.

Entonces me vino la ocurrencia de que quizá en algunos lugares de Andalucía llaman al zaguán “sanjuán” -además de por la evidente semejanza fonética- en memoria del joven, atento y ya jerárquico apóstol que llegó el primero a la puerta del sepulcro abierto de Cristo, se asomó y esperó la llegada de Pedro, más viejo, más roca que él.

Cosas de la imaginación o de la sabiduría popular.

Al césar lo que es del césar

6 abr

Publicado hoy en Aceprensa

 

Religión y política en Semana Santa

Lazos blancos ¿ofenden?

Los límites entre la propiedad del césar y la de Dios siempre han sido difíciles de establecer. El mismo Jesucristo hace una llamada de atención a respetar la frontera, pero no precisa el contenido exacto de cada dominio ni hasta dónde llega la obediencia debida a cada cual.

Estos días resurge la cuestión a cuenta de la decisión de las hermandades de lucir lazos blancos contra el aborto en las estaciones de penitencia de Semana Santa. La secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín, y la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, se han apresurado a resolver el dilema del poder temporal y celestial pidiendo a las cofradías que “no mezclen política y religión”. No hay más que leer algunos titulares para ver hasta dónde llega el desvarío: “Los lazos contra el aborto dividen las procesiones de Semana Santa”, “La Iglesia azuza su campaña contra el aborto desde el púlpito”.

Tal y como hablan algunos políticos y publican determinados medios de comunicación, parece como si fuera la primera vez que oyen a la Iglesia y los católicos pronunciarse contra el aborto. Ustedes dedíquense al culto y déjennos a los políticos la ley, dicen.

Olvidan que la ley tiene por objeto el bien común y la salvaguarda de los derechos, conceptos prejurídicos sin los cuales la norma carece de fundamento y de fin. El primero y esencial es el derecho a la vida. La ley del aborto es un abuso de poder y un contrasentido, aunque el positivismo jurídico se empeñe en hacer un dios de la norma y fundir así las dos caras de la moneda.

No es preciso ser católico ni cristiano para entender una cuestión tan básica como ésta. El cristianismo añade la visión del hombre como criatura de Dios, y por lo tanto no dueña de su vida, pero tampoco de la ajena. Esto choca de raíz con el planteamiento del hombre como ser autónomo, pero es un freno a todo tipo de totalitarismos.

Hoy por hoy, la Iglesia Católica es la mayor garante de los derechos humanos, desde la concepción hasta la muerte natural. Esto le ha valido diversas etiquetas a lo largo de la Historia. Sin ir muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio, en la España del tardofranquismo se hablaba de “curas rojos”; hoy, de curas fundamentalistas. Es el precio de optar radicalmente por el ser humano, en especial por el más desvalido.

El sistema democrático prevé que la ciudadanía actúe de contrapeso contra los excesos del poder, algo que nuestros gobernantes no conciben, según se deduce de las críticas a las recientes manifestaciones y concentraciones por el derecho a vivir. Quizá lo que resulta fundamentalista es reducir el “respeto por las opiniones ajenas” a hacer oídos sordos, a no atender ni valorar el clamor popular, y la voz de los expertos: los médicos, las mujeres víctimas del aborto, etc.

Cofrade y por la vida

No debería sorprender que las hermandades de Semana Santa manifiesten su posición ante un tema tan “vital”, en el más pleno sentido del término. Las hermandades no son partidos políticos, son asociaciones de laicos cuya misión es revitalizar la vida cristiana de sus socios y el compromiso de los católicos con su tiempo. Lo realmente tergiversador sería desnaturalizar estas expresiones de la religiosidad popular, convirtiéndolas en una cáscara cultual vacía e inofensiva.

De fondo está también la cuestión de si se puede ser cofrade y no estar a favor de la vida. Más aún, si se puede ser cofrade y no expresar de alguna manera la oposición a leyes antipersona. No obligatoriamente con lazos blancos, pero por qué no también de esta forma. A fin de cuentas Jesucristo murió por todos los crímenes, también los cometidos contra los niños no nacidos. Que una propuesta así levante tantas ampollas indica que quizá la vida interna de las hermandades puede y debe mejorar.

Al final han sido muy variados los modos en que las hermandades de toda España han respondido a la propuesta de reaccionar contra la nueva ley del aborto. En Valencia, Castellón y Madrid, se ha secundado la iniciativa del lazo blanco, en otras muchas provincias se han leído oraciones por el don de la vida.

Los cristianos son también ciudadanos de este mundo y como tales tienen el derecho y el deber de intervenir en la vida pública por doble motivo. Fue el mismo Jesucristo quien mandó a Pedro a pagar el estáter de los impuestos debidos a Roma, aun a sabiendas de que con ellos el imperio realizaba políticas corruptas e inhumanas. Haría bien el gobierno en meditar hasta dónde llega su poder y qué deberes tiene con sus súbditos. A fin de cuentas, también el césar es de Dios.

 

Tras los pasos del padre Brown

2 mar

No había seguido hasta ahora sus peripecias. Había leído El hombre que fue jueves, Ortodoxia, Herejes, Correr tras el propio sombrero (a medias), Autobiografía, pero no los relatos del candoroso y sagaz curita católico de cara de pudín de Norfolk.

Como ahora no tengo tiempo y éste que no tengo he de distribuirlo, como los cinco panes y los dos peces, entre las obligaciones perentorias e importantes, protestonas y discretas, de cuando en cuando me leo una historieta.

En La inocencia del Padre Brown he encontrado la famosa frase del hilo de pescar que Cordelia cita a Charles, tras la muerte de Lady Marchmain, cosa que ya sabía, aunque no por ello gocé menos con el hallazgo. Y, entre otras deliciosas paradojas, esta sustanciosa conversación teológica entre el ladrón Flambeau, disfrazado de clérigo, y el padre, en el parque de Hampstead.

El curita de Essex hablaba con la mayor sencillez, de cara hacia las nacientes estrellas. El otro inclinaba la cabeza, como si fuera indigno de contemplarlas.

(Sólo esto ya habla con elocuencia de la connaturalidad cristiana con la grandeza, del gozo que supone saberse rey y administrador de la creación, y de la humildad, a pesar de todo, o precisamente por).

 

No hubiera sido posible encontrar una charla más clerical e ingenua en ningún blanco claustro de Italia o en ninguna negra catedral española. Lo primero que oyó fue el final de una  frase del padre Brown que decía: «…que era lo que en la Edad Media significaban con aquello de: los cielos incorruptibles».

El sacerdote alto movió la cabeza y repuso:-¡Ah, sí! Los modernos infieles apelan a su razón; pero, ¿quién puede contemplar estos millones de mundos sin sentir que hay todavía universos maravillosos donde tal vez nuestra razón resulte irracional?

-No -dijo el otro-. La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto por la razón.

El otro levantó la austera cabeza hacia el cielo estrellado, e insistió:-Sin embargo, ¿quién sabe si en este infinito universo…?

-Infinito sólo físicamente -dijo el curita agitándose en el asiento-, pero no infinito en el sentido de que pueda escapar a las leyes de la verdad. (…)

-La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; piense usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pueda afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: «No robarás.»

 

(…) Hasta aquí la discusión. Luego Flambeau se desenmascara y le insta a que le entregue la cruz de plata, y una vez que se topa de bruces con la lucidez y la perspicacia del Padre Brown, que ya lo había calado y había puesto a salvo la reliquia, viene este fin magistral y actualísimo, medicina para los fideísmos y los ateísmos imperantes:

 

-¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace más que oír los pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia? Además, debo confesarle a usted que otra condición de mi oficio me convenció de que usted no era un sacerdote.

-¿Y qué fue ello? preguntó el ladrón, alelado.

-Que usted atacó la razón; y eso es de mala teología.

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