No se me había ocurrido considerar la duda y la fe como el haz y el envés de una hoja hasta que el arzobispo de Sevilla calificó de “unamuniano” el pregón de Antonio García Barbeito y le ofreció amistoso su báculo para dispersar incertidumbres.
En Sevilla se montó el zipi-zape con que si el pregón era o no pregón y si era o no cristiano. Como si la iniciativa hubiera partido de él. Barbeito es Barbeito y todo el mundo lo sabe. Pues no habérselo encargado.
A mí me gustó precisamente por no ser un pregón al uso, porque se dirigía a otro sector de la población que no es cofrade pero es Sevilla, y porque era profundamente cristiano en sus tientos de claroscuro. Que nadie escapa a la misericordia divina y hay que hacerse todo para todos.
De esto hace ya tres semanas y ha estallado la Pascua Florida, pero ahora viene Ratzinger, en una lectura tardía que hago de Introducción al Cristianismo a hermosear con su rayo de luz teológica el haz y el envés de esa hoja:
Tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe. Para uno la fe estará presente a pesar de la duda, para el otro mediante la duda o en forma de duda.
La duda impide que ambos se encierren herméticamente en su yo y tiende al mismo tiempo un puente que los comunica. Impide a ambos que se cierren en sí mismos: al creyente lo acerca al que duda y al que duda lo lleva al creyente; para uno es participar en el destino del no creyente; para el otro la duda es la forma en la que la fe, a pesar de todo, subsiste en él como exigencia.
La primera y la última palabra del credo -”creo” y “amén”- se entrelazan mutuamente, encierran todas las demás expresiones y constituyen el contexto de todo lo que se halla entre ellas. (…) Ya dijimos antes que la palabra “amén” pertenece a la misma raíz que la palabra “fe”.”Amén” dice, a su modo, lo que significa creer: permanecer firme y confiadamente en el fundamento que nos sostiene, no porque yo lo he hecho o lo he examinado, sino precisamente porque no lo he hecho ni lo he examinado.
(…) Esto no quiere decir que lo que aquí sucede sea un entregarse a lo irracional. Es, por el contrario, un acercarse al logos, a la ratio, a la inteligencia, y así a la verdad misma, ya que el fundamento sobre el que se sostiene el hombre no puede ni debe ser a fin de cuentas sino la verdad.






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