Sigo dándole vueltas al libro del Papa, leo reacciones, declaraciones, explicaciones, aclaraciones. No sólo las que aplauden la puesta al día de la Iglesia, ni las que consideran este paso insuficiente. Sino las católicas bienpensantes, las que se preguntan con la mejor intención si esta actuación papal –entre otras- ha sido o no prudente, las que consideran arriesgado que Benedicto XVI conteste a preguntas de un periodista como si no advirtiera –y mira que es inteligente- que ya no es sólo Ratzinger (como cuando La sal de la tierra y Dios y el mundo), como si no conociera las leyes de la opinión pública: que Ud. no sabe Santidad, cómo nos las gastamos los periodistas. El propio Seewald está sorprendido y dolido por la simplificación de su libro.
Al margen de que la dirección de la comunicación actual del Vaticano deja mucho que desear, cosa que pienso, estoy convencida de que todo esto es muy bueno.
Este Papa reservado y discreto, ama tanto la verdad –cooperatores veritates, es su lema-, y confía tanto en la capacidad de la razón humana para alcanzarla, que no teme poner el dedo en la espina de la cuestión.
No va a decirnos que las cosas tienen una solución mágica, a golpe de declaración dogmática. El Papa, como buen profesor que ha sido y que es –recuérdese que los ministerios son tres: enseñar, gobernar y santificar-, quiere enseñarnos a pensar, a pensar la fe y a ponerla en la encrucijada de los dilemas éticos. Porque entiende que sólo redimiendo la racionalidad –machacada por el pensamiento postmoderno- puede el hombre encontrar a Dios.
Para ello, utiliza por palestra los dolores, zozobras y gozos del hombre y por micrófono los medios de difusión. Su auditorio está formado por todos los hombres del mundo, a quienes propone sus enseñanzas y con quienes mantiene un diálogo abierto y amistoso, personalizado en el periodista Peter Seewald.
En esa aparente debilidad e ingenuidad reside su fortaleza. Todo el orbe habla estos días de las palabras del Papa, muchos buscan su ganancia en el río revuelto, pero los sencillos de corazón perciben la autenticidad, humanidad y belleza de su mensaje. El libro –ya sin reduccionismos ni tergiversaciones- será, sin duda, y gracias a tanto jaleo, un bestseller. Será realmente Luz del Mundo.
El Papa que nos enseñó a razonar. Podría ser una de las señas de identidad de este pontificado.


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