Antonio el herrero recuerda cuando de chico acompañó a su padre a colocar nuestro portón de entrada. De eso hará treinta y tantos años.
Estos días de calor lo han dejado (al portón) un poco protestón y renuente. Hasta que Antonio decida que es hora de cambiar los pernios por inservibles o anticuados, su función es facilitar la entrada al que venga.
Al parecer, que la bisagra se conserve no depende sólo de la edad. También de lo suave y adaptable que sea. Una bisagra chirriante, vengativa, terca, es una bisagra vieja e inservible por pocos años que tenga. Conozco unas cuantas que hacen odiosa la llegada.
“Dicen que somos la generación bisagra”, me cuenta ML mientras apuramos una cola on the rocks de inauguración de la temporada. Nos educamos en el “porque lo digo yo” de nuestros padres y nos enfrentamos al “porque me da la gana” de nuestro hijos. En medio, en posición comprometida y haciendo juego como Dios le da a entender, la bisagra.
“Es importante ser flexible y compasivo”, dice M. Está claro. Y saber pedir aceite, añado. Tampoco estaría de más enseñar a usar la puerta con moderación. Pero todo es compatible. A final, a la bisagra la juzgarán por si cedió o no.
"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."