Odio las palomas. Ahora mismo, mientras escribo en mi habitación, oigo su ulular cansino. Empieza una y se contagian las demás, hasta que llega otra y rompe la salmodia con un graznido.
Hace casi una década que vivo en este barrio ocupado -con “k”- por las palomas. Anidan en todos los rincones, defecan en los porches de las casas, aletean impúdicas cuando se aparean en las ventanas. Es tan difícil ignorarlas como acabar con ellas.
No entiendo que de niños los mayores nos entretuvieran dándoles de comer y nos hicieran esas fotos cubiertos de palomas de la cabeza a los pies. Hubiera sido más educativo que nos enseñaran a usar una escopeta de perdigones. Al menos, en lugar de disfrazar nuestra crueldad de carreras espantapájaros bobaliconas habríamos desarrollado la puntería. Eso o algo socialmente útil, como alimentar a las familias pobres con el dinero del alpiste.
Las odio por parasitarias. Por esos andares de concejal de pueblo, con las manos huecas a la espalda y el buche repleto. Las gaviotas al atardecer en las playas tampoco son agradables pero vuelan alto y surcan el mar y tienen un toque canalla que las salva.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."