Es emocionante trabajar con obras, sobre todo si son faraónicas. De pronto todos nos involucramos en la performance. Los artistas, que son los obreros, y el público, que somos los que nos afanamos a diario en este lugar.
Los días antes de iniciar su desconcierto de percusión, los artistas preparan las tarimas, forran las escaleras, cambian los escenarios, quitan puertas de donde las hay y las ponen donde no las hay. El público descubre el encanto de la provisionalidad, de la arbitrariedad, del juego. Se palpa la expectación.
Donde estaban la fotocopiadora, los casilleros, la trituradora, la guillotina y demás instrumentos de tortura, ahora hay un vacío sideral, un agujero blanco del que entran y salen los albañiles. La escalera ha perdido su sentido y ya no conduce a ningún lugar. El pasillo, por su parte, apenas sirve para lo propio. Es realmente un “pasillo” donde han ido a parar todas esos artilugios que convierten su transito en un rally. Un día no hay teléfono, al siguiente falla la red. Pero todo se restaura enseguida y con eficacia.
Sobre mi mesa y la de mi compañera hay una rejilla de aire acondicionado por el que llueve polvo y algún que otro pedrusco. ML compró hace algún tiempo en IKEA dos papeleras plásticas transparentes que acaban de estrenar su condición de casco protector.
Por la ventana ya no se ve a la viejecita de la casa de enfrente, ni a los gatos funambulistas. El cielo está azul pero granizan cascotes y una pala amenaza con engullirnos entre sus fauces.
Realmente es imposible caer en la rutina.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Imposible caer en la rutina. Así es, la rutina no existe nada más que para los que buscan novedades.
¿”dos papeleras plásticas transparentes que acaban de estrenar su condición de casco protector”? Pero Mlle. Batiscafo, ¿no andará usted con papeleras en la cabeza?
Ja, ja. Tienes razón, Enrique. Últimamente no busco novedades pero… ¡ellas me encuentran!
Lobo, no veas el glamour que dan las papeleras. Son como la “maceta” que llevaba la infanta Elena en no recuerdo la ocasión pero en versión psicodélico setentona.