• Puente de mando

    Cristina Abad. Sevilla. (España)
  • Carta de navegación

  • Sin Perdón

    -Si le he dicho que no, no ha sido por que tenga marcas en el cuerpo y en la cara.

    Lo que le dije la otra mañana de que se parecía a mí no es verdad. Usted no es fea como yo, sólo que ambos tenemos cicatrices.

    Usted es una mujer muy hermosa y si quisiera un servicio gratis la elegiría a usted antes que a las otras dos. Sólo que no puedo… por respeto a mi esposa.

    -¿Su esposa?

    -Si, verá…

    -Es digno de admiración por ser fiel a su esposa. He conocido a muchos hombres que no lo son.

    -Sí, supongo que sí.

    -¿Ella vive en Kansas?

    -Sí…, sí. Se ha quedado cuidando a mis hijos.

    (William Manny -Clint Eastwood- a la prostituta marcada por dos vaqueros cobardes).

  • Morfeo a Neo en Matrix

    "Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."

Primera nevada

La primera y única nevada que viví me sorprendió una mañana de diciembre con su silencio abismal, tumbativo, certero como una corazonada.

Su presencia no provenía de la entraña de la tierra, como ese rara quietud que precede a los terremotos, ni de lo hondo del corazón. Su movimiento era de fuera a dentro. Llegaba de detrás de aquella ventana de la habitación 44 del colegio mayor, de la copa del árbol, de la verja oscura, del césped, de toda mi adolescencia gaditana agazapada en el cartapacio y la caja de flores. Y luego estallaba en copos de emoción que la gente del norte no podía comprender.

Nada más despertar supe por instinto que aquel silencio sólo podía ser nieve. Me pasé el día abriendo ventanas y la tarde resbalando en bolsas de basura por las cuestas del campus y lanzando bolas a los compañeros en los intermedios de clase, una de las cuales acabó en el abrigo de la pequeña Lulú, que era como moteábamos a la profesora de Economía por su parecido con el personaje de los dibujos animados. Mª Jesús me suspendió cuatro veces la Economía de primero, pero yo no volví a repetir una nevada en Pamplona. 

La primera y única nevada que cuajó en mi vida tuvo lugar en mitad de una Novena de la Inmaculada. Antes hizo un frío tan desconocido que pensé que se me habían gangrenado los pies dentro de las botas. 

Después de clase, riadas de estudiantes caminábamos hacia el polideportivo que palidecía a la luz de las farolas, como meta y metáfora de aquel partido triunfal entre la Mujer con corona de doce estrellas y el dragón infernal que acababa siempre derrotado en el vestíbulo, donde se había instalado una decena de confesonarios.

Yo solía estar donde el coro que Ochoa de Olza montaba entre todos los colegios mayores, ensayándonos primero por separado y luego todos juntos. Era un milagro que aquello saliera bien, pero siempre salía. Porque era un director magnífico y porque nosotros nos enardecíamos como si fuéramos los animadores de aquel partido apocalíptico.

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