El rencor es el descontento fundamental del hombre consigo mismo, que se venga, por decirlo así, en el otro, porque del otro no me llega lo que sólo se me puede conceder con una apertura de mi alma.
Releyendo citas tomadas hace algún tiempo me encontré anteayer con ésta de Ratzinger en Mirar a Cristo. El marco litúrgico me acompañaba con su exigencia de poner el corazón a setenta veces siete revoluciones de perdón.
La frase es dolorosa pero curativa, como el agua oxigenada que nuestra madre nos echaba en las rodillas peladas tras la caída. Si acaso, oculto tras el descontento, hay un gesto de piedad semejante al soplo maternal sobre la herida, y un tono esperanzado de cura, sana, porque hoy, mañana, si no pierdo de vista que de mí depende, alcanzaré esa salud de corazón capaz de bombear a la potencia requerida.
Así pues, el rencor no es consecuencia de la injusticia sufrida sino de la estrechez personal que nos lleva a mirar a los demás por el ojo del canuto.
Quizá el problema es que somos poco niños. Nos negamos a jugar con las reglas de los demás, esperamos de ellos lo que no nos pueden dar, nos duelen demasiado las caídas y el curasana nos suena a camelo. Echar la culpa a la afrenta nos exime del esfuerzo de enfrentarnos a nosotros mismos.
"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."